Julia Navarro (Madrid, 1953) ha construido una de las trayectorias más sólidas y reconocibles de la literatura en lengua española de las últimas dos décadas. Con nueve novelas publicadas antes de esta entrega y traducciones en más de treinta países, según datos de Penguin Random House, la autora se consolidó como un fenómeno editorial con títulos como ‘La hermandad de la Sábana Santa’, ‘La Biblia de barro’, ‘La sangre de los inocentes’, ‘Dime quién soy’ y ‘Dispara, yo ya estoy muerto’. Sin embargo, su décima novela, ‘Una familia moderna’ (Plaza & Janés), marca una inflexión en su obra: si sus thrillers históricos combinaban rigor documental con intriga, esta nueva entrega se sumerge de lleno en los debates públicos que atraviesan la sociedad contemporánea.
El libro sale a la venta el 15 de septiembre de 2026 en España, Estados Unidos y Latinoamérica, con una tirada inicial de 300.000 ejemplares, una cifra que confirma la vigencia comercial de Navarro en un mercado editorial que, en la última década, ha visto cómo las ventas de narrativa de ficción se diversifican hacia formatos digitales y audiolibros. La apuesta de Plaza & Janés por una tirada de este volumen en un contexto de incertidumbre para el sector sugiere que la editorial confía en la capacidad de convocatoria de la autora, pero también en la pertinencia temática de una novela que se instala en el centro del debate público.
La trama gira en torno a una familia que funciona como microcosmos de las tensiones generacionales e ideológicas del presente. Martha, exbailarina de ballet en la setentena, y Thomas, un reconocido filósofo, observan con desconcierto cómo el mundo que creían conocer se transforma. Su hija Felicitas dirige un exitoso canal digital y es madre soltera por elección; su nieta Penny es una adolescente provocadora y desconcertada; y Lucía, la empleada doméstica hondureña que lleva más de treinta años sosteniendo los cuidados en la casa, representa la realidad de la inmigración y las jerarquías ocultas de la vida doméstica.
El envejecimiento es uno de los ejes explícitos de la novela. Navarro reconoce la influencia del libro de Nora Ephron ‘No me gusta mi cuello’ en la concepción de Martha, una narradora obsesionada con las marcas del paso del tiempo, en particular con sus brazos. La autora vincula esa obsesión con un impulso antropológico más profundo: la búsqueda de la eterna juventud como intento de frenar la muerte y como expresión de un deseo de inmortalidad que, según plantea, acompaña a la humanidad desde sus orígenes, aunque hoy disponga de más herramientas tecnológicas para intentarlo.
Sin embargo, el tema que estructura el subsuelo ideológico de ‘Una familia moderna’ es el del movimiento ‘woke’ y la corrección política. En entrevista con EFE y recogida por distintos medios, Navarro sostiene que ‘vivimos en una sociedad más infantil y banal, aparentemente más libre pero que está perdiendo cuotas de libertad a fuerza de ser políticamente correcta’. La autora califica lo políticamente correcto como ‘una nueva forma de censura’, a la que describe como ‘absolutamente brutal’, y sostiene que la posibilidad de que alguien sea cancelado por discrepar de las ideas dominantes le parece ‘monstruoso’. Para argumentar su posición, recurre a ejemplos históricos: se pregunta si habría que romper todos los cuadros de Caravaggio por haber sido asesino, o si habría que volar la Acrópolis porque la mayoría de los restos arqueológicos de la Antigüedad fueron levantados por esclavos. ‘Si juzgáramos con los ojos de hoy todo lo que se ha creado, a lo mejor nos quedaríamos sin nada’, plantea.
La comparación entre sus declaraciones y el contexto español resulta reveladora. En un país donde el debate sobre la memoria histórica, la tauromaquia, el uso del lenguaje inclusivo y la gestión migratoria ocupa un lugar central en la agenda pública, la postura de Navarro se alinea con una corriente de intelectuales que advierten sobre los riesgos de un pensamiento único asociado a la izquierda cultural. La autora no oculta que fue ‘muy partidaria del movimiento woke cuando surgió’, según declaraciones a Cosmopolitan, lo que introduce un matiz relevante: su crítica no proviene de una posición reaccionaria preexistente, sino de una evolución personal que ella misma describe.
En materia migratoria, Navarro es particularmente explícita. Califica como ‘auténtico fracaso’ la política migratoria de la Unión Europea y empatiza con quienes cruzan fronteras en busca de una vida mejor. En relación con los sucesos de Ceuta del 30 de julio, sostiene que los ceutíes tienen ‘toda la razón’ y que el Gobierno no supo gestionar la crisis. ‘Si yo tuviese 20 años, viviera en Marruecos y tuviese la oportunidad o supiese cómo hacerlo, de escaparme de un país que es una autocracia, donde no hay oportunidades para los jóvenes, donde los gobernantes se forran pero no dan oportunidades a la sociedad, haría lo que han hecho esos jóvenes, intentaría marcharme’, afirma. Y añade: ‘Por muchos muros que se levanten, la historia de la humanidad es una historia de migraciones’.
Mediante el personaje de Lucía, la empleada hondureña que sostiene los cuidados durante más de tres décadas, Navarro introduce en la ficción la dimensión cotidiana de la inmigración: la economía del cuidado, la dependencia afectiva y la desigualdad estructural que persiste incluso en familias que se definen como progresistas. En declaraciones a RTVE, la autora describe a Lucía como ‘la persona que les hace tomar contacto con la realidad, la que tiene los pies en el suelo’, y señala que a través de ella pueden verse los problemas de quienes sufren la inmigración irregular.
El personaje de Penny, la nieta adolescente, encarna otra de las preocupaciones centrales del libro: la intransigencia juvenil y lo que Navarro describe como la imposición de un pensamiento único. ‘Todo aquel que tenga una discrepancia puede ser condenado a la cancelación’, advierte, y apuesta por un entorno donde la discrepancia sea un elemento más de la convivencia. ‘Si no hay discrepancia, no se puede avanzar’, sentencia.
La decisión de Navarro de abandonar el registro histórico y sumergirse en el presente tiene implicancias que exceden lo literario. Por un lado, plantea un interrogante sobre la recepción de su lector habitual, acostumbrado a tramas de intriga y reconstrucción histórica. La propia autora admite no saber cómo reaccionará ese público, aunque sostiene que ‘no se puede escribir siempre el mismo libro’ y que ‘escribir para gustar a los lectores no entra en mis planes’. Por otro, su apuesta por temáticas contemporáneas la inserta en una discusión más amplia sobre el rol de la ficción en la esfera pública: si la novela debe funcionar como refugio o como intervención en los debates de su tiempo.
En síntesis, ‘Una familia moderna’ no es solo la décima novela de una autora superventas. Es un ejercicio de desplazamiento de registro que traslada a la ficción las fracturas de una sociedad que, según la propia Navarro, confunde la sensibilidad con la censura y la libertad con la banalidad. Con una tirada inicial de 300.000 ejemplares, el mercado parece dispuesto a apostar por ese desplazamiento. La pregunta que queda abierta es si el público que la siguió durante dos décadas en los laberintos de la historia aceptará acompañarla en el terreno, más resbaladizo, del presente inmediato.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
