La entrevista concedida por el escritor Juan Mattio al diario Clarín no es, en apariencia, más que una conversación amable entre un autor y un medio de circulación masiva. Sin embargo, la densidad de las afirmaciones que el novelista despliega en ella constituye un documento de alto valor para comprender las tensiones estéticas y políticas que atraviesan la literatura argentina contemporánea. Mattio, nacido en 1983, sostiene una tesis que incomoda a buena parte del campo cultural: el realismo, entendido como la poética hegemónica de la modernidad burguesa, ha perdido su capacidad de contar el mundo. La frase, que sirve de título a este análisis, no es un gesto provocador aislado, sino la conclusión de una trayectoria que el propio autor reconstruye con precisión: el tránsito desde el noir de Tres veces luz, pasando por el ensayo y la reflexión metateórica, hasta la ciencia ficción paranoica de Materiales para una pesadilla y La nación de los sueños diurnos.
El inicio del relato que Mattio ofrece es anecdótico, pero encierra una clave de lectura. A los 19 años, viviendo en Hurlingham, atravesado por esa sensación de fracaso absoluto que suele acompañar la juventud, encontró en la literatura no un refugio de belleza, sino un espacio de inquietud compartida. Lo que descubrió en los escritores que leyó fue que esos autores estaban tan agitados como él, que vivían el mundo con vértigo. Ese reconocimiento no es menor: define una concepción de la literatura como dispositivo de percepción intensificada, no como mero adorno narrativo. La elección de Ricardo Piglia como figura tutelar, y la lectura de Borges a través de Piglia, refuerza esa orientación. Mattio afirma que Piglia le enseñó a leer más que a escribir, es decir, a abordar un texto y extraer su verdadero sentido. La posterior necesidad de matar al padre, formulada en términos casi freudianos, revela un mecanismo de evolución consciente: La nación de los sueños diurnos fue, según sus palabras, el intento de empezar a despegarse de esa influencia.
La trayectoria editorial del autor permite verificar empíricamente ese movimiento. Tres veces luz fue una incursión en el noir, un género que, aunque asociado a la tradición anglosajona, Mattio abordó desde una sensibilidad local. Luego vino La sombra de un jinete desesperado, un volumen de ensayos sobre literatura que el propio autor describe como un ordenamiento de apuntes más que como un proyecto autónomo. Finalmente, dos novelas que lo consolidaron como referencia del fantástico argentino: Materiales para una pesadilla y La nación de los sueños diurnos, publicada por Caja Negra. Este último sello es significativo: Caja Negra ha construido un catálogo donde conviven la teoría crítica, la filosofía y la ficción de vanguardia, lo que sitúa la novela de Mattio en un cruce entre la narración especulativa y el pensamiento contemporáneo.
Al comparar las declaraciones de Mattio con el estado del campo literario argentino, surge una tensión productiva. Por un lado, el autor reconoce que las literaturas no miméticas han ganado centralidad en los últimos años. Esto coincide con un fenómeno más amplio: la expansión del fantástico, la ciencia ficción y el terror en los catálogos de editoriales independientes y en la crítica académica. Autores como Samanta Schweblin, Mariana Enríquez o Michel Nieva han llevado esas poéticas a un lugar de visibilidad inédita. Sin embargo, Mattio se niega a convertirse en defensor dogmático de esa estética. Su advertencia es precisa: no sostiene que el fantástico sea la única posibilidad, y recuerda que la hegemonía del realismo es una construcción histórica reciente. La referencia a Borges es pertinente: el realismo, como forma dominante, nace con la novela y el ascenso de la burguesía, hace apenas doscientos años. Dante, Virgilio y Homero no escribían realismo. La observación desactiva la naturalización del canon realista y lo devuelve a su condición de convención histórica.
El argumento central de Mattio merece un examen detenido. Cuando afirma que el realismo está exhausto porque perdió capacidad de contar el mundo, no está negando la existencia de grandes novelas realistas contemporáneas. Está señalando un límite epistemológico: el realismo, como técnica de verosimilitud, presupone un mundo estable, observable y representable mediante la descripción. Pero el presente, atravesado por la aceleración tecnológica, la virtualidad, la crisis climática y la fragmentación de la experiencia, excede esos marcos. La ciencia ficción paranoica, categoría que Mattio cultiva, permite narrar esa excedencia. La paranoia, en este contexto, no es un síntoma patológico, sino un método de lectura: la sospecha de que hay un orden oculto detrás de los datos visibles. Ese gesto conecta con la tradición de Philip K. Dick y con la narrativa de Piglia, donde la trama conspirativa funciona como modelo de interpretación del poder.
Resulta llamativo, y a la vez coherente, que Mattio anuncie que su próxima novela será realista. Lejos de contradecir su tesis, la confirma: si el realismo está agotado como poética hegemónica, escribir realismo hoy implica una operación de extrañamiento, una suerte de ejercicio arqueológico sobre una forma que ya no se da por sentada. El autor no quiere quedar pegado a ninguna estética, y esa negativa a la identidad fija es, quizás, la marca más consistente de su proyecto. En la entrevista también aparece una dimensión psicológica que explica su productividad: Mattio afirma que no tener un proyecto de escritura lo desordena psíquicamente, que habita mejor el mundo cuando está dentro de un proyecto. Después de terminar Materiales para una pesadilla en 2021, pasó dos años sin escribir, un período que describe como denso. Materiales para una pesadilla, dice, le salvó la vida durante cinco años. Esa confesión revela que la escritura, para él, no es solo una práctica artística, sino una estructura de sostén subjetivo.
El contexto geopolítico y cultural en el que se inscribe esta entrevista añade capas de análisis. La publicación en 2026, en un escenario de consolidación de la inteligencia artificial generativa y de transformación acelerada de los modos de producción y circulación de la literatura, vuelve especialmente pertinente la discusión sobre el realismo. Si las máquinas pueden generar descripciones verosímiles con una eficiencia creciente, la pregunta por lo que la literatura puede hacer que la técnica no puede se vuelve urgente. La respuesta implícita de Mattio es que la literatura debe volver a la periferia, porque el centro es el peor lugar del mundo para pensar. Esa afirmación resuena con la tradición del pensamiento latinoamericano sobre la marginalidad como posición epistémica privilegiada, desde la teoría de la dependencia hasta los estudios decoloniales. Mattio no la desarrolla en términos académicos, pero la moviliza como intuición estética.
En términos comparativos, la posición de Mattio se distingue de otras voces del campo. Mientras algunos autores reivindican el realismo como forma de compromiso político con la representación de la desigualdad, Mattio sostiene que esa representación ya no alcanza. No se trata de abandonar la política, sino de encontrar formas narrativas capaces de captar la complejidad del poder contemporáneo, que opera en capas superpuestas: lo financiero, lo digital, lo burocrático, lo mediático. La ciencia ficción paranoica, con su lógica de conspiración y su desconfianza estructural hacia la superficie de los hechos, ofrece un repertorio de herramientas para esa tarea. Al mismo tiempo, la voluntad de Mattio de no quedar fijado a ninguna poética lo protege de la tentación de convertir el fantástico en una nueva ortodoxia, riesgo que el propio campo literario argentino ha comenzado a discutir.
La conclusión que se desprende de la entrevista es estrictamente factual: Juan Mattio sostiene que el realismo está exhausto como forma de contar el mundo, que las literaturas no miméticas han ganado centralidad, que la periferia es un lugar privilegiado para pensar, y que su próxima novela será realista. Estas cuatro afirmaciones, leídas en conjunto, describen a un autor que concibe la literatura como una máquina de desestabilización de las convenciones, incluidas las propias. La publicación de La nación de los sueños diurnos por Caja Negra y el reconocimiento creciente de su obra confirman que esa estrategia encuentra eco en un presente donde la representación directa del mundo se vuelve cada vez más problemática. La entrevista, en última instancia, no ofrece certezas, sino una hipótesis de trabajo: que narrar el presente exige abandonar la pretensión de transparencia y asumir la opacidad como material literario.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
