Cultura

Juan Gabriel Vásquez, primer latinoamericano en ganar el premio Lee Hochul por la paz: un puente literario entre Colombia y Corea del Sur

La noticia tomó por sorpresa a propios y extraños. En una edición que celebra su décima entrega, el premio literario por la paz Lee Hochul, otorgado en Corea del Sur, distinguió por primera vez a un autor latinoamericano: el colombiano Juan Gabriel Vásquez. El anuncio, realizado en Seúl, no solo rompe una tendencia de diez años que había favorecido a escritores asiáticos y europeos, sino que establece un puente inesperado entre dos naciones separadas por más de 15.000 kilómetros pero unidas por una historia de conflicto armado, intervención extranjera y búsqueda incansable de reconciliación.

El galardón, creado en memoria del escritor surcoreano Lee Hochul (1932-2016), quien dedicó su vida a promover la reunificación de las dos Coreas, reconoce a aquellos autores cuya obra confronta las heridas del conflicto, la discriminación, la violencia y la guerra. En el caso de Vásquez, el jurado destacó dos de sus novelas más celebradas: El ruido de las cosas al caer (2011), que explora el legado de la violencia del narcotráfico en Colombia, y La forma de las ruinas (2015), una indagación sobre la memoria histórica y los fantasmas políticos de su país. Ambas obras, según el acta, representan una contribución fundamental a la literatura de paz.

La elección de Vásquez no es casual. Colombia y Corea del Sur comparten una herida profunda: la primera vivió más de cinco décadas de conflicto armado interno entre el Estado y grupos guerrilleros, mientras que la segunda permanece técnicamente en guerra con Corea del Norte desde 1953, cuando se firmó un armisticio que nunca derivó en un tratado de paz definitivo. Esa similitud fue el eje del discurso del escritor en Seúl. «Es una herida del país que su obra lleva de una manera muy similar a la literatura colombiana, que lleva la herida de nuestra guerra y los intentos renovados por buscar la paz, por buscar negociaciones de paz», declaró Vásquez durante una entrevista concedida en la capital surcoreana.

El dato histórico que une a ambas naciones es contundente: Colombia fue el único país de América Latina que envió un batallón a la Guerra de Corea (1950-1953). Más de 5.000 soldados colombianos combatieron bajo el mando de las Naciones Unidas. De ellos, 163 murieron en combate y cientos resultaron heridos. Ese episodio, a menudo olvidado en la memoria colectiva colombiana, fue rescatado por Vásquez durante su primera visita a Seúl. El escritor reveló que conocer a varios veteranos colombianos sobrevivientes le dio un valor especial a su viaje y le sirvió como fuente de información para un proyecto literario en curso: una novela sobre la experiencia colombiana en el conflicto de la península coreana.

La obra de Vásquez, traducida a más de 30 idiomas, ha sido reconocida con premios como el Alfaguara (2011) y el International IMPAC Dublin Literary Award (2014), este último por El ruido de las cosas al caer. En 2018 fue condecorado con la Orden de Isabel la Católica y nombrado Caballero de las Artes y las Letras de Francia. Su militancia literaria se caracteriza por una prosa precisa, de raigambre periodística, que indaga en los pliegues oscuros de la historia colombiana sin caer en el panfleto. Es, en palabras del jurado, un autor que «convierte la memoria en un acto de resistencia».

El premio Lee Hochul, que en ediciones anteriores distinguió a figuras como el surcoreano Hwang Sok-yong y la japonesa Yoko Tawada, tiene una dotación económica de 50.000 dólares y una medalla conmemorativa. Pero su valor simbólico excede lo material: se entrega en un país que, pese a vivir bajo la amenaza nuclear constante, ha construido una sociedad vibrante y democrática. Esa contradicción fue abordada por Vásquez: «El Sur sigue técnicamente en guerra con el Norte, pero en el día a día se siente una vida de paz. Es una realidad contradictoria que me interpela como escritor».

La ceremonia de entrega, celebrada en el Centro de Artes Escénicas de Seúl, contó con la presencia de autoridades culturales surcoreanas y representantes diplomáticos de Colombia. En su discurso, Vásquez evitó el tono triunfalista y optó por una reflexión sobre el lenguaje. «La primera víctima de cualquier guerra es la verdad, y la verdad pasa por el lenguaje», afirmó. Y advirtió que las nuevas herramientas de discurso público, como las redes sociales y «la vida entendida a través de los algoritmos», han facilitado la labor de los «manipuladores de la verdad».

Frente a ese panorama, el escritor defendió que los ciudadanos asuman una nueva responsabilidad: vigilar la precisión de las palabras. Sin embargo, se mostró pesimista: «Creo que a lo que hemos asistido en los años recientes es a la revelación de que la mentira es más atractiva, es más rentable, y eso desde luego distorsiona tremendamente la percepción de la realidad». Sus declaraciones resonaron en un contexto global donde la desinformación y la polarización política amenazan los procesos de paz en distintos continentes.

El reconocimiento a Vásquez también puede leerse como un gesto geopolítico. Corea del Sur busca diversificar sus lazos culturales más allá de Asia y Estados Unidos, y América Latina se presenta como un socio estratégico. Colombia, por su parte, atraviesa un momento delicado en la implementación del Acuerdo de Paz de 2016 con las FARC, con disidencias y nuevos grupos armados que desafían la estabilidad. La figura de Vásquez, crítico del gobierno de turno pero también de la violencia guerrillera, encarna una voz incómoda pero necesaria en ese debate.

La influencia de Gabriel García Márquez, mencionada por Vásquez durante la entrevista, es otro hilo conductor. «El nombre de Gabriel García Márquez está muy presente en Seúl», dijo. No es para menos: el Premio Nobel colombiano es uno de los autores latinoamericanos más leídos en Corea del Sur, y su obra Cien años de soledad ha sido traducida en múltiples ocasiones. Ese antecedente facilitó la recepción de la literatura colombiana en un país que, como Colombia, ha utilizado la ficción para procesar el trauma colectivo.

El premio Lee Hochul se suma a una lista creciente de reconocimientos internacionales a escritores latinoamericanos que abordan la memoria histórica y la violencia política. En 2025, la argentina Mariana Enríquez ganó el Premio Internacional de Literatura de la Feria del Libro de Guadalajara por su novela Nuestra parte de noche, y el mexicano Fernando Vallejo recibió el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. La diferencia es que este galardón coreano introduce un componente explícitamente pacifista, alineado con la agenda de reconciliación en la península.

¿Qué implicancias tiene este premio para la literatura latinoamericana? En primer lugar, visibiliza una tradición que, más allá del realismo mágico, ha construido un discurso propio sobre la guerra y la paz. Vásquez, con su estilo depurado y su obsesión por la memoria, representa una vertiente más cercana al periodismo narrativo que a la fantasía épica. En segundo lugar, abre un canal de diálogo con Asia Oriental, una región que hasta ahora había tenido escasa interacción con las letras colombianas. En tercer lugar, refuerza la idea de que la literatura no solo refleja conflictos, sino que puede intervenir en ellos al humanizar a las víctimas y desmontar los relatos oficiales.

El propio Vásquez ha sido crítico con la forma en que Colombia ha gestionado su memoria histórica. En La forma de las ruinas, por ejemplo, reconstruye el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán en 1948 y su impacto en la violencia bipartidista. En El ruido de las cosas al caer, explora el narcotráfico y la corrupción desde la perspectiva de una generación que creció en medio del miedo. Sus novelas no ofrecen soluciones políticas, sino que plantean preguntas incómodas sobre la responsabilidad individual y colectiva.

La entrega del premio en Seúl también tuvo un componente emocional. Vásquez visitó el Monumento a los Veteranos de la Guerra de Corea, donde rindió homenaje a los soldados colombianos. Allí, según relató, pudo conversar con algunos sobrevivientes que le narraron episodios del conflicto. Esa experiencia, dijo, será el corazón de su próxima novela. Aún sin título, el proyecto promete explorar un episodio poco conocido de la historia colombiana y conectarlo con las tensiones actuales de la península.

En un mundo donde las guerras en Ucrania y Oriente Medio dominan los titulares, el gesto de Corea del Sur al premiar a un escritor colombiano adquiere un significado adicional: la paz no es solo un acuerdo firmado, sino una construcción cultural que requiere memoria, lenguaje y arte. Vásquez lo sabe. Por eso, al recibir el galardón, no habló de victoria sino de responsabilidad. «La literatura no detiene las guerras», pareció decir, «pero puede evitar que olvidemos lo que las guerras hacen con nosotros».

El premio Lee Hochul, en su décima edición, no solo corona una trayectoria literaria. También tiende un puente entre dos países que, desde orillas opuestas del planeta, comparten el dolor de una herida abierta y la obstinada esperanza de cerrarla. Juan Gabriel Vásquez es ahora el primer latinoamericano en cruzar ese puente. Su obra, y la novela que prepara, serán el testimonio de que la memoria, cuando se escribe con precisión, puede ser un acto de paz.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *