En el Aula Magna de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires (FADU-UBA), un auditorio colmado de estudiantes fue testigo de un debate que excedió la presentación de un libro para convertirse en un diagnóstico sobre el estado actual y el porvenir del Diseño Industrial en Argentina. La ocasión fue la presentación de «El diseño de sentido (o el sentido del diseño)», de la diseñadora industrial y doctora en Diseño Analía Cervini, publicado por la editorial Experimenta Libros de Madrid. La autora estuvo acompañada por cinco profesores titulares de la materia troncal Diseño Industrial: Pablo Bianchi, Andrés Ferrero, Roxana Garbarini, Anabella Rondina y Marco Sanguinetti. El encuentro, realizado días atrás, se convirtió en un espacio de reflexión sobre la multiplicidad de variables que hoy atraviesan la disciplina, la irrupción de la inteligencia artificial (IA) y los desafíos de la enseñanza.
Para comprender la relevancia de este debate, es necesario remontarse a la evolución del Diseño Industrial en Argentina. La disciplina se institucionalizó en el país a fines de los años cincuenta y principios de los sesenta, con la creación de carreras universitarias en la Universidad Nacional de La Plata (1958) y en la UBA (1963), en un contexto de industrialización por sustitución de importaciones. En sus primeras décadas, el enfoque estuvo fuertemente orientado a la función y la producción en serie, influido por la escuela de Ulm y el funcionalismo. Sin embargo, a partir de los años ochenta y noventa, con la globalización y la crisis de la industria nacional, el diseño comenzó a diversificarse hacia áreas como la identidad, el emprendedurismo y la sostenibilidad. En ese tránsito, los libros de Cervini –»Identidad Estratégica» (2004, con Juan Kayser) y «En torno al Producto» (2005, con Paulina Becerra)– marcaron un hito al proponer una mirada local sin renegar de las corrientes globales. Como recordó Bianchi durante el coloquio, esos textos permitieron a los docentes de su generación construir «un pensamiento construido desde una mirada local que no renegaba de las miradas globales sino que buscaba una síntesis positiva».
El nuevo libro de Cervini, según sus palabras, define al diseño como «la tarea fundamental de producir sentido» y como «ser consciente de las razones que guían cada decisión proyectual y analizar los datos del presente para anticipar el impacto de nuestro diseño en escenarios futuros». Esta concepción amplía el campo más allá de lo funcional: «A diferencia de lo que ocurría décadas atrás, hoy ya no pensamos sólo en términos funcionales, sino que consideramos también las dimensiones estética, económica, social, ambiental y cultural», aclaró la autora. Esa ampliación de variables no es un capricho teórico, sino que responde a transformaciones concretas del mercado y de la sociedad. Según datos del INDEC, el sector de diseño y servicios creativos aporta alrededor del 2% del PIB argentino y emplea a más de 100.000 personas, con una creciente demanda de perfiles que integren sostenibilidad e innovación. En los últimos veinte años, la matrícula de las carreras de diseño en universidades públicas y privadas se multiplicó, y la FADU-UBA se consolidó como un polo de formación con más de 30.000 estudiantes.
El debate derivó luego hacia la relación entre diseño e inteligencia artificial. Cervini fue enfática: «El problema del uso de la IA es que lleva directamente al final del proceso evitando todo pensamiento proyectual». Esta postura resuena con las preocupaciones expresadas por otros referentes locales. En un artículo publicado en La Nación en 2025, el diseñador industrial y docente Martín Wolf señalaba que la IA generativa puede «acelerar la producción de variantes, pero también empobrecer la capacidad de imaginar soluciones originales». En la misma línea, un informe del Centro de Estudios para el Desarrollo Industrial (CEDI) de 2024 advertía que la automatización del diseño podría desplazar hasta un 15% de los puestos junior en estudios y agencias, aunque también crear nuevos roles en supervisión y curaduría de algoritmos.
Roxana Garbarini aportó una dimensión geopolítica y económica al señalar que, si bien hoy el acceso a la IA es económico, «con el tiempo esto puede cambiar y dar lugar a una suerte de tecno-feudalismo en función de la capacidad económica de cada usuario». Esta advertencia no es aislada. En el ámbito internacional, académicos como el economista Yanis Varoufakis han alertado sobre la concentración del poder tecnológico en unas pocas corporaciones, que podrían convertirse en los nuevos señores feudales de la era digital. En Argentina, la discusión se enmarca en un contexto de dependencia tecnológica: la mayoría de las herramientas de IA generativa son desarrolladas en Estados Unidos, China y Europa, y su uso masivo plantea interrogantes sobre la soberanía cognitiva y la fuga de talento.
Garbarini también subrayó que estudiar y formarse como profesional supone «una ventaja inconmensurable», pero conlleva la responsabilidad de «ser personas con pensamiento crítico». Y concluyó: «La educación tiene el poder de cambiar todo, así que debemos fijarnos el objetivo de que muchos más estudiantes y profesionales puedan desarrollar un pensamiento crítico frente a la realidad». Esta visión fue compartida por Anabella Rondina, quien enfatizó la necesidad de una formación que no se limite a lo técnico. En diálogo con Infobae en agosto de 2026, Rondina había anticipado que «el diseño del futuro será interdisciplinario o no será», y abogó por integrar saberes de la sociología, la ecología y la ciencia de datos en los planes de estudio.
El coloquio también sirvió para contrastar la situación actual con la de décadas pasadas. Bianchi recordó que en los años noventa, cuando él comenzaba su carrera docente, los estudiantes carecían de textos que sistematizaran una mirada latinoamericana del diseño. «Los libros de Cervini nos sirvieron para entender de una nueva manera ciertas cuestiones que los docentes nos planteábamos en forma intuitiva», afirmó. Y agregó: «Estoy seguro de que este libro va a brindar herramientas para poder pensar el diseño por otros 20 años más». Esa continuidad generacional es clave para entender la evolución de la disciplina: de un enfoque técnico-funcional a una perspectiva crítica y multidimensional, que hoy incluye la reflexión sobre el impacto ambiental, la inclusión social y la ética proyectual.
Las implicancias de este debate trascienden el ámbito académico. En un país con una industria manufacturera en retroceso relativo –el sector industrial representó el 15,6% del PIB en 2025, según el INDEC, frente al 18,9% en 2011–, el diseño industrial se reposiciona como una actividad de alto valor agregado y bajo impacto ambiental, alineada con la economía del conocimiento. Sin embargo, la adopción acrítica de IA podría acentuar la dependencia de plataformas extranjeras y la pérdida de puestos de trabajo calificados. De ahí la insistencia de los panelistas en formar profesionales con pensamiento crítico y capacidad de anticipación.
En síntesis, el coloquio en la FADU-UBA no fue solo una presentación de libro, sino un llamado de atención sobre el rumbo del diseño en un mundo signado por la automatización y la crisis climática. La historia de la disciplina en Argentina muestra que, en cada etapa, los diseñadores supieron reinterpretar las influencias globales para dar respuestas locales. El desafío actual es hacerlo sin renunciar al pensamiento proyectual, ese que, como dice Cervini, produce sentido y permite anticipar el impacto de cada decisión. La advertencia sobre un posible ‘tecno-feudalismo’ resuena como una alerta para el conjunto de la sociedad: sin educación crítica, la tecnología puede convertirse en un nuevo factor de desigualdad.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
