Arquitectura

El Centro Pompidou Paraná: ladrillos de tierra colorada y el giro del arte contemporáneo hacia el Sur Global

La noticia de que el primer Centro Pompidou de las Américas se construirá en Foz de Iguazú, en la Triple Frontera entre Brasil, Argentina y Paraguay, no es un hecho aislado. Se inscribe en una larga tradición de descentralización cultural que, desde mediados del siglo XX, ha buscado romper con el eje hegemónico París-Nueva York. El proyecto, diseñado por el arquitecto paraguayo Solano Benítez, representa un punto de inflexión: por primera vez, una institución europea de primer orden traslada su modelo a un territorio periférico, pero lo hace apropiándose de la materia prima local, la tierra colorada, y de los saberes constructivos de la región.

Para comprender la magnitud de esta iniciativa, es necesario retroceder en el tiempo. El Centre Pompidou de París, inaugurado en 1977, fue un símbolo de la modernidad tardía: un edificio que exhibía sus entrañas, que apostaba por la transparencia y la flexibilidad. Su creador, Renzo Piano, y su socio Richard Rogers, rompieron con la tradición museística. Pero ese gesto, revolucionario en su momento, también consolidó un modelo de centralidad cultural: París como capital indiscutible del arte. Las décadas siguientes vieron multiplicarse las sucursales: el Pompidou-Metz (2010), el Pompidou Málaga (2015), el Pompidou Bruselas (2018), el Pompidou Shanghái (2019). Todas ellas, sin embargo, operaron bajo una lógica de expansión desde el centro hacia la periferia, importando arquitectos estrellas y soluciones formales de alto costo.

El Centro Pompidou Paraná rompe con ese esquema. No se trata de una franquicia más, sino de una alianza entre la Secretaría de Estado de Cultura de Paraná y la institución francesa que, según los planes, abrirá sus puertas en diciembre de 2028. Su ubicación no es casual: Foz de Iguazú es un nodo geopolítico y cultural de primer orden. La Triple Frontera, que comparten Argentina, Brasil y Paraguay, es un territorio de intensos intercambios, pero también de tensiones históricas. Allí conviven comunidades indígenas guaraníes, inmigrantes libaneses, chinos, árabes y europeos, además de una población brasileña y paraguaya que ha crecido al ritmo del turismo y del comercio. Las Cataratas del Iguazú, Patrimonio Mundial de la Unesco, atraen a millones de visitantes cada año. El aeropuerto internacional, a diez minutos del parque nacional, será el vecino directo del museo.

Solano Benítez, ganador del León de Oro en la Bienal de Venecia de 2016, no es un arquitecto convencional. Su obra se ha caracterizado por el uso intensivo del ladrillo cerámico, pero no como un material nostálgico o folclórico, sino como una tecnología de vanguardia. En proyectos como el Pabellón de Paraguay en Venecia o el Centro de Arte y Tecnología de Asunción, Benítez ha demostrado que la tierra cocida, combinada con sistemas estructurales innovadores, puede competir en eficiencia y belleza con el hormigón o el acero. Su arquitectura parte de lo que el territorio ofrece: materia prima local, mano de obra capacitada, clima y cultura constructiva. No importa soluciones formales, las inventa.

La elección de la tierra colorada no es un gesto meramente estético. La región de Paraná y Misiones posee suelos lateríticos, ricos en hierro y aluminio, que le dan ese tono rojizo inconfundible. Esa tierra, históricamente asociada a la agricultura y a la explotación forestal, ahora se convierte en material de construcción. El proyecto de Benítez prevé la fabricación de ladrillos in situ, con arcillas locales, lo que reducirá la huella de carbono del transporte y dinamizará la economía de la zona. Según datos del Instituto Nacional de Estadística de Brasil (IBGE), la construcción civil en la región emplea a más de 15.000 personas, y se espera que el museo genere unos 2.000 puestos de trabajo directos durante su edificación.

Pero el impacto no será solo económico. El Centro Pompidou Paraná aspira a ser un espacio de producción de conocimiento, no solo de exhibición. Su programa incluirá residencias para artistas latinoamericanos, talleres de arquitectura experimental y un archivo dedicado a las culturas de la Triple Frontera. En ese sentido, se alinea con una tendencia más amplia: la irrupción de los museos del Sur Global como agentes de redefinición de los relatos artísticos. El Museo de Arte Moderno de São Paulo, el MALBA en Buenos Aires, el Museo del Barro en Asunción o el Museo de Arte Contemporáneo de Panamá han ido tejiendo una red alternativa. El Pompidou Paraná podría consolidar esa red.

Sin embargo, el proyecto no está exento de desafíos. La crisis económica en Argentina y la volatilidad del real brasileño afectan la financiación. El presupuesto estimado, según fuentes del gobierno de Paraná, ronda los 80 millones de dólares, una cifra significativa para una región que aún enfrenta problemas de infraestructura y desigualdad. Además, la asociación con una institución europea plantea el riesgo de reproducir lógicas coloniales: ¿será el Pompidou Paraná un satélite de París o un centro autónomo? Benítez insiste en que su arquitectura es una respuesta: «No se trata de importar soluciones, sino de producir las nuestras».

La historia de los museos en América Latina está llena de intentos por descentralizar. En los años 60, el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro y el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires intentaron romper con el academicismo. En los 90, el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas y el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) apostaron por la integración regional. Pero ninguno contó con el respaldo de una institución del peso del Pompidou. Si el proyecto se concreta, Foz de Iguazú podría convertirse en un laboratorio de lo que el teórico indio Homi Bhabha llamó «tercer espacio»: un lugar donde las culturas no se fusionan ni se enfrentan, sino que negocian.

La fecha de inauguración, diciembre de 2028, coincide con el cierre temporal del Pompidou de París por su «metamorfosis». Mientras el original se renueva, la sucursal sudamericana tomará el relevo. Es un símbolo poderoso: el centro se vacía para que la periferia hable. Pero también es un recordatorio de que las instituciones culturales, como los imperios, se expanden y se contraen. El Pompidou Paraná no es solo un edificio; es un enunciado sobre el futuro de la cultura en un mundo multipolar.

En términos comparativos, el Centro Pompidou Paraná se diferencia de otras expansiones recientes. El Louvre Abu Dhabi (2017), diseñado por Jean Nouvel, importó una cúpula de acero y aluminio y un discurso de «universalismo» que muchos criticaron como una forma de colonialismo cultural. El Museo del Futuro de Dubái (2022) apostó por la tecnología y el espectáculo. El Pompidou Paraná, en cambio, apuesta por la tierra, por lo local, por lo que el territorio ofrece. Es una diferencia sustancial.

Quedan preguntas abiertas. ¿Podrá el museo sostener una programación de primer nivel con recursos locales? ¿Se integrará realmente a las comunidades indígenas de la zona o será un enclave turístico más? ¿Cómo afectará la Triple Frontera, una región históricamente estigmatizada por el narcotráfico y el contrabando? La respuesta dependerá de la gestión, pero también del contexto político. En Brasil, el gobierno de Paraná ha sido un firme impulsor del proyecto. En Argentina, la crisis económica y la incertidumbre electoral podrían demorar las obras complementarias. En Paraguay, el apoyo es más tibio.

Lo cierto es que el Centro Pompidou Paraná ya es un hecho simbólico. La tierra colorada, ese material humilde y omnipresente, se convertirá en el rostro de un museo que pretende hablarle al mundo desde la Triple Frontera. Solano Benítez lo resume con una frase que bien podría ser un manifiesto: «La arquitectura no es un lujo, es una necesidad. Y la nuestra habla de lo que somos y de lo que podemos ser».

Así, el proyecto se inscribe en una cronología más amplia: la de los museos que, desde los años 70, han buscado descentralizar el arte. Pero también inaugura una nueva etapa: la de las instituciones que no se limitan a exhibir, sino a producir conocimiento desde el Sur. Si tiene éxito, Foz de Iguazú dejará de ser solo la ciudad de las cataratas para convertirse en un epicentro del arte contemporáneo global. El tiempo dirá si los ladrillos de tierra colorada resisten el peso de esa promesa.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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