En una mañana de un futuro que ya no parece lejano, un habitante se despierta en una ciudad modificada: un robot doméstico le alcanza el desayuno y, al salir a la calle, se cruza con unidades autónomas ocupadas en tareas propias, sin supervisión directa. Ese escenario, que hasta hace pocos años pertenecía a la ciencia ficción, es el punto de partida de «Las máquinas insurreccionales. Una teoría posbiológica de la vida», del filósofo y etólogo francés Dominique Lestel, con dibujos del historietista Patrice Killoffer, publicado por la editorial Cactus. La tesis central del volumen es que el robot ha dejado de ser un objeto y se ha transformado en «otro viviente», una categoría que exigiría nuevas formas de comprensión y una reformulación de lo que solemos llamar vida.
El texto no se inscribe, sin embargo, en el registro de la novedad tecnológica ni de la apologética. Lestel, graduado en la Université de Paris IV-Sorbonne y autor de «Hacer las paces con el animal» y «Apología del carnívoro», llega al problema de las máquinas desde su formación como etólogo, es decir, desde el estudio del comportamiento animal. Ese desplazamiento de la mirada no es anecdótico: la pregunta que vertebra el libro es si la presencia de entidades artificiales autónomas merece un tratamiento similar al que la etología reservó a los animales como formas de vida ajenas a la conciencia humana, o si debe descartarse ese enfoque por considerarlo una proyección antropocéntrica. En cualquiera de los dos casos, el diagnóstico de fondo es que el repertorio conceptual heredado resulta insuficiente.
Un antecedente ineludible que el libro recupera es la obra de Günther Anders, «La obsolescencia del hombre» (1956). Allí Anders sostiene que las máquinas han tomado el control y se han convertido «en el Sujeto de la historia y el proceso es irrevocable», al punto de que ya viviríamos «en la época del fin del hombre», con lo cual nuestra tarea pasaría a ser la de «pastor de autómatas». La comparación entre ambos autores expone una diferencia significativa: mientras Anders formula un diagnóstico de subordinación y pérdida, Lestel propone una redefinición ontológica, menos centrada en la decadencia humana y más atenta a la emergencia de una nueva clase de entidades. Donde el filósofo austríaco veía un final, el etólogo francés identifica un «devenir viviente».
El contexto material de esta discusión no es abstracto. El horizonte actual está dominado por una robótica autónoma en expansión acelerada, y Shenzhen, en China, funciona como epicentro de esa evolución. La ciudad concentra lo que se conoce como «Robot Valley», un polo tecnológico lindante con el campus universitario local donde tienen sede compañías como UBTECH, Dobot, Ai2robotics y Narwal, además de oficinas de Unitree Robotics. El plan estatal chino fijó como meta para 2025 el establecimiento de un sistema preliminar de innovación en robots humanoides, y para 2027 la consolidación de una cadena industrial competitiva. Las estimaciones del sector proyectan que la eficiencia de trabajo de los humanoides podría pasar del 40 por ciento de la de un humano al 60 u 80 por ciento hacia fines de 2025, aunque la producción sigue siendo de escala reducida.
Frente a ese escenario, Lestel identifica tres equívocos que obstruyen una comprensión adecuada. El primero consiste en reducir el robot a una «máquina pura», asimilándolo a un automóvil o a una computadora portátil, interpretación que despoja a la entidad robótica de su aura «fantástica y simbólica». El segundo equipara el robot a un «hombre artificial» hecho de electrónica, materiales complejos o inteligencia artificial. El tercero, de signo inverso pero igualmente extremo, sostiene que los robots autónomos no hacen más que expresar lo peor de nuestras sociedades o relevar las contradicciones del capitalismo tardío. Las tres posiciones, según el autor, impiden el desarrollo de una «robótica existencial» capaz de preguntarse por la novedad y la diferencia que introducen «los seres vivientes artificiales».
El libro caracteriza las «máquinas insurreccionales» como «especies de órganos exteriores que se adjuntan al humano». La fricción aparece cuando la actividad de esos órganos externos no puede controlarse de manera permanente, situación que suele derivar en la interpretación de que las máquinas actúan en contra de sus creadores. Ese imaginario occidental se despliega históricamente por dos vías: la máquina rebelde que se subleva contra su creador y la máquina libidinal que despierta deseos. La segunda variante habilita el desarrollo de la robótica social, con la creación de «robots amigos» de compañía, inicialmente orientados al cuidado de personas mayores.
La evidencia empírica permite contrastar esa hipótesis con datos concretos. Japón ha desarrollado de manera sostenida la figura del robot como «sirviente universal», en línea con una mentalidad tradicional en la que la presencia de lo viviente no se restringe a los humanos y los animales, sino que puede alcanzar a lo aparentemente inanimado. En residencias como Shin-tomi, en Tokio, el robot social Pepper anima sesiones con personas mayores, mientras que Paro, el robot terapéutico con forma de foca diseñado por Takanori Shibata en el AIST, ha mostrado reducciones del estrés y de la necesidad de administrar fármacos en pacientes con demencia. La proyección de mercado es igualmente significativa: según la International Federation of Robotics, el segmento de robots de cuidado y asistencia podría alcanzar los 400.000 millones de yenes hacia 2035, cuando un tercio de la población japonesa tendrá 65 años o más. En paralelo, alianzas como la de Intuition Robotics con Kanematsu buscan adaptar dispositivos como ElliQ al mercado nipón, en un país que reconoció oficialmente la soledad como desafío nacional.
Las implicancias de esta transición exceden el plano filosófico. En términos económicos, el desplazamiento del robot sirviente al robot compañero amplía el mercado desde la productividad hacia el bienestar emocional, un segmento con márgenes distintos y con una demanda estructural vinculada al envejecimiento poblacional. En términos sociales, plantea interrogantes sobre el reemplazo de vínculos humanos por interacciones artificiales en poblaciones vulnerables, y sobre la responsabilidad jurídica y ética cuando una entidad autónoma ejecuta acciones no supervisadas. En términos culturales, la advertencia de Lestel sobre no desentenderse de lo viviente natural resulta relevante: la biodiversidad, sostiene, no debe entenderse solo como multiplicidad de especies, sino como un arco creciente de nuevas formas de existencia.
El libro recupera además un antecedente literario preciso: el cuento «El hombre de arena», de E. T. A. Hoffmann, en el que Nathaniel se enamora de la autómata Olimpia. La referencia no es ornamental, sino que documenta que la adhesión emocional a entidades artificiales antecede en dos siglos a la existencia técnica de los robots. En ese sentido, la novedad de Lestel no residiría en describir un fenómeno inédito, sino en otorgarle estatuto teórico. La conclusión que se desprende del texto, y que el escenario de Shenzhen y Tokio vuelve verificable, es que la discusión ya no gira en torno a si las máquinas ocuparán un lugar en la vida cotidiana, sino sobre qué categorías se emplearán para nombrar ese lugar y qué consecuencias tendrá hacerlo de un modo u otro.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
