El pasado 5 de agosto de 2026, el gobierno chileno, encabezado por José Antonio Kast, concretó una decisión histórica: retirar a Chile del Movimiento de Países No Alineados (MNOAL), organización internacional de la que el país formaba parte desde 1971. Esta salida, tildada por algunos de «torpeza» y por otros de «giro pragmático», se produce 55 años después del ingreso al bloque, que actualmente congrega a 120 Estados miembros, muchos de ellos en desarrollo.
La instrucción, transmitida a las representaciones diplomáticas chilenas, fue clara: abandonar el bloque de manera completa e inmediata, sin transición ni negociación. Esta determinación no surgió en el vacío; responde a una reestructuración de la política exterior chilena que prioriza la eficiencia en el uso de los recursos diplomáticos y la maximización de beneficios tangibles. Sin embargo, la salida no ha estado exenta de controversias, especialmente entre exautoridades que ven en el MNOAL un foro útil para temas clave, como la contención de Bolivia en el litigio marítimo o la promoción de la candidatura de Valparaíso para albergar la Secretaría del Tratado de Alta Mar.
El excanciller Heraldo Muñoz calificó la medida como una «torpeza», argumentando que la membresía en el MNOAL permitió a Chile contrarrestar los intentos de Bolivia de obtener apoyos durante el juicio ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Asimismo, advirtió que el retiro ocurre en un momento en que Valparaíso busca votos para ser sede de la Secretaría del Tratado de Alta Mar, un organismo internacional clave para la gobernanza oceánica. Por su parte, el también excanciller Mariano Fernández señaló que el bloque reúne a muchos Estados con los cuales Chile mantiene relaciones bilaterales poco intensas y que el foro facilita contactos y acuerdos difíciles de alcanzar por otras vías. José Miguel Insulza, miembro del Partido Socialista, interpretó la decisión como parte de una política orientada a establecer «socios preferenciales», lo que implicaría una reorientación de la diplomacia chilena hacia actores específicos en lugar de bloques amplios.
Desde la Cancillería chilena, sin embargo, se rechazó de manera tajante la idea de que el retiro suponga un abandono del multilateralismo. En comunicados oficiales, las autoridades reiteraron que Chile continuará participando activamente en otros organismos y foros internacionales, como la ONU, la OEA y la APEC, y que la decisión se enmarca en una revisión integral de sus prioridades diplomáticas.
Para entender esta decisión, es pertinente recurrir a la obra del politólogo argentino Carlos Escudé, quien hace más de tres décadas abordó precisamente el dilema que enfrentan los Estados que no tienen la capacidad de determinar las reglas del sistema internacional. Escudé no clasificaba a los países por su riqueza, sino por su poder de decisión. En su Teoría del Realismo Periférico, distinguía entre los «hacedores de reglas» (aquellos con asiento permanente y veto en el Consejo de Seguridad de la ONU) y los «tomadores de reglas» (el resto de los Estados, incluyendo a Chile). Para los segundos, la política exterior óptima no era el aislacionismo ni el alineamiento automático con grandes potencias, sino subordinar sus acciones a los objetivos de crecimiento económico y bienestar de la población, evitando confrontaciones estériles y gestos simbólicos que no generan beneficios concretos.
Una de las herramientas analíticas más valiosas de Escudé es la distinción entre \»consumo\» e \»inversión\» de autonomía. En términos escudeanos, consumir autonomía implica utilizar el margen de maniobra en decisiones cuyo retorno material es nulo o difícil de identificar, como permanecer en un bloque que no genera acuerdos comerciales sustanciales ni incidencia real en la gobernanza global. En contraste, invertir autonomía significa asumir costos o confrontaciones cuando existe una expectativa razonable de obtener beneficios concretos: ampliar capacidades comerciales, fortalecer alianzas estratégicas o evitar pérdidas mayores.
Desde esta perspectiva, la salida de Chile del MNOAL puede interpretarse como un ejercicio de inversión de autonomía: liberar recursos diplomáticos y políticos para enfocarlos en arenas donde el país puede obtener resultados tangibles, como acuerdos comerciales bilaterales, inversiones extranjeras o vinculaciones con economías emergentes clave. La crítica de Muñoz sobre La Haya, sin embargo, pone de relieve un costo potencial: la pérdida de un foro de apoyo para contrarrestar a Bolivia en el ámbito internacional. Pero, según los defensores de la medida, ese costo puede ser mitigado a través de otros canales diplomáticos, como la OEA o acuerdos bilaterales directos, donde Chile tiene mayor influencia.
La relación histórica de Argentina con el MNOAL ofrece un antecedente relevante. En 1991, el gobierno argentino de Carlos Menem decidió retirarse del bloque, alineándose con la postura de Estados Unidos y priorizando la relación con Occidente. Esa decisión, también controvertida en su momento, permitió a Argentina profundizar su vínculo con Washington y acceder a mayores flujos de inversión y cooperación, aunque también fue criticada por abandonar un espacio de solidaridad con países en desarrollo. La salida chilena, sin embargo, no busca un alineamiento explícito con ninguna potencia; más bien, pretende posicionar a Chile como un actor global autónomo, capaz de elegir sus socios según sus intereses estratégicos, sin ataduras ideológicas.
Este giro hacia un pragmatismo renovado se enmarca también en un contexto geopolítico más amplio, donde los bloques tradicionales de países en desarrollo han perdido relevancia frente a nuevas alianzas como el CPTPP o la Alianza del Pacífico. Para un país como Chile, cuya economía depende fuertemente del comercio exterior y de la inversión en recursos naturales, la pertenencia a estos foros económicos puede ser más redituable que la participación en organismos políticos simbólicos. La decisión de Kast, entonces, no solo responde a una lógica interna de eficiencia, sino que también refleja una tendencia global hacia la reconfiguración de las alianzas internacionales, priorizando los resultados económicos por sobre los gestos ideológicos.
En síntesis, el retiro de Chile del MNOAL representa un cambio de paradigma en su política exterior, pasando de una lógica de solidaridad y no alineación hacia una diplomacia orientada a la maximización de beneficios materiales. Si bien ha generado críticas internas, la decisión se sustenta en una corriente teórica que, aunque no es nueva, cobra actualidad en un mundo multipolar donde los pequeños Estados necesitan definir con precisión dónde invierten su limitado margen de autonomía. Queda por ver si en el mediano plazo esta apuesta rendirá los frutos esperados, pero lo que es innegable es que Chile ha optado por una estrategia más realista y menos romántica en su relación con el mundo.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
