Jorge Hampton, conocido en el ámbito de la arquitectura argentina como «el Inglés», falleció recientemente, dejando un vacío profundo entre colegas, alumnos y amigos. Su socio, en una columna publicada por Clarín, lo despidió con un texto cargado de afecto y anécdotas, pero más allá de la nostalgia, el homenaje se convierte en un retrato de una época y de una forma de entender la arquitectura: integradora, contextual, al servicio de la comunidad.
El texto del socio, que prefiere no firmar en nombre de la emoción compartida, describe el velatorio en el Cementerio Británico, donde «el sublime lamento de la gaita» acompañó al cortejo. Ese ambiente, marcado por la tradición, contrasta con la modernidad que Hampton representaba. La figura del arquitecto es emplazada no solo como un profesional de renombre, sino como «una persona excepcional», rodeada de amigos y familiares. El autor del texto declara su intención: «Celebrar que el incidente de dejar de existir no cubrirá la montaña de vitalidad de su permanente entusiasmo por hacer y sentir».
Hampton no fue solo un proyectista. Una de las claves que rescata el homenaje es su filosofía: «Formando más que produciendo». El arquitecto privilegió la enseñanza, la transmisión de conocimientos y la colaboración sobre la mera construcción de obras. Este enfoque, detallado en el artículo, se refleja en frases como «la inclusión, el bien común, el contexto, lo propio y lo apropiado, la tradición, la tecnología justa, la organización antes que el orden y el servicio antes que el prestigio». Estos no son solo conceptos; son los pilares de una práctica profesional que Hampton inculcó en su estudio, el Galpón de Costa Rica, en el barrio de Palermo Viejo.
El texto rememora con tono celebratorio las «fiestas del estudio» con «bizcochitos de grasa y vino de damajuana», que, según el autor, «quizás nos pusieron en el mapa arquitectónico más rápido que nuestro sesudo ideario». Estas reuniones, más que eventos sociales, eran vehículos de integración y difusión de una forma de trabajo. El bar El Taller, otro de los puntos mencionados, servía como extensión del estudio, donde se dibujaba, se debatía y se aprendía. Hampton se sentaba «al lado de quien dibujaba, siempre didáctico, nunca autoritario».
La relación entre el socio y Hampton es retratada con honestidad. Se reconocen «nuestras inevitables diferencias de parecer», y se destaca la habilidad de Hampton para manejar la discordia: «Ayudó más el sabio silencio de Jorge que mi verborragia, porque de lo ingrato hay que hablar poco y esperar a que se disuelva en lo grato». Esta dinámica, lejos de ser un defecto, enriqueció el vínculo profesional y personal. El homenaje también menciona «su soportable soberbia británica, necesaria para la aventura, y su astucia del mismo gen», un reconocimiento a la personalidad compleja y segura de sí misma que lo caracterizaba.
Más allá del elogio, el texto se ubica en el contexto de la arquitectura argentina contemporánea. Para entender la relevancia de Hampton, es necesario remontarse a las décadas de 1990 y 2000, cuando Palermo Viejo comenzó su transformación de barrio industrial a polo gastronómico y cultural. Arquitectos como Hampton fueron actores clave en ese cambio, promoviendo una arquitectura que respetaba la escala barrial y la historia constructiva, alejándose de los grandes emprendimientos inmobiliarios de la época. A diferencia de la corriente modernista que imperó en los 60 y 70, Hampton abogaba por «la tecnología justa» y «lo apropiado», rescatando técnicas tradicionales y materiales locales. Esta postura, hoy ampliamente difundida, en su momento fue una reacción crítica contra el desarrollismo de los 90.
La partida de Hampton se produce en un momento de reflexión sobre la identidad de la arquitectura argentina. Mientras algunos estudios optan por la globalización estética, el legado de Hampton representa una vía alternativa: la de la contextualización y la sensibilidad social. El artículo, al celebrar «el bien común» y «el servicio antes que el prestigio», coloca al arquitecto en una tradición que se remonta a las enseñanzas de la Bauhaus y el movimiento Arts & Crafts, adaptadas al entorno local. La cita final, que celebra «haberlo visto reír muchísimo y algunas veces permitirse llorar», humaniza la figura del maestro.
En conclusión, el homenaje de su socio a Jorge Hampton no es solo una despedida personal, sino un documento que ilumina una forma de ejercer la arquitectura basada en la generosidad, la integración y la autenticidad. Al celebrar «su voluntad por vivir intensamente y su sabiduría y elegancia por partir de repente sano en un momento de felicidad», el texto cierra con una paradoja: la celebración de una vida plena que termina sin aviso, dejando un legado que —como la gaita que acompañó su partida— seguirá sonando en la memoria de quienes lo conocieron.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
