Cultura

Catrin Misselhorn y el fin del arte: por qué la IA no puede ser autora y qué se pierde cuando automatizamos la creación

En 1967, Roland Barthes publicó ‘La muerte del autor’, un ensayo que proponía desplazar la figura del creador como fuente última de sentido de una obra. El gesto teórico, celebrado durante décadas en los estudios culturales, sugería que la interpretación del lector tenía preponderancia sobre cualquier intención biográfica del autor. Casi sesenta años después, la filósofa alemana Catrin Misselhorn retoma esa discusión para invertirla: aquel postulado posmoderno era posible porque atribuir una obra a un humano seguía siendo un dato incuestionable del mundo. La irrupción de la inteligencia artificial generativa, sostiene, ha cambiado esas condiciones de modo irreversible.

Misselhorn, profesora de Filosofía en la Universidad Georg-August de Gotinga, llegó a Buenos Aires para participar de las jornadas ‘Pausar la IA’, organizadas por el Goethe-Institut, la Fundación Medifé y la Fundación Andreani, con el apoyo de Clarín y Revista Ñ. El encuentro, desarrollado entre el 2 y el 4 de octubre en el Auditorio Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes, reunió a filósofos de la técnica, programadores, científicos, artistas y periodistas especializados. La conferencia inaugural estuvo a cargo de la filósofa alemana, y su libro ‘La inteligencia artificial y el fin del arte’ (Editorial Herder) funcionó como eje del debate.

DESARROLLO: UN CORPUS FILOSÓFICO EN TRES MOVIMIENTOS

El volumen integra una serie de tres libros independientes pero articulados entre sí. El primero, ‘Preguntas fundamentales de la ética de las máquinas’, aborda los dilemas morales de los sistemas autónomos. El segundo, ‘La inteligencia artificial y la empatía’, examina la capacidad de las máquinas para reconocer y simular estados afectivos. El tercero, el que nos ocupa, desplaza esa lente hacia el terreno estético. Lo que vincula a los tres, según explicó la autora, es un método: no se trata de construir una filosofía de la IA, sino de utilizarla como una lupa para poner en foco preguntas filosóficas más generales sobre la conciencia, la responsabilidad y la creatividad.

En el terreno artístico, la pregunta central es si la IA puede generar arte, si puede ostentar el estatus de artista o si existe un actor esencialmente humano en la producción artística. La respuesta de Misselhorn es categórica: las obras de arte requieren una autoría humana, requieren un sujeto que piensa y que siente, y eso es algo que la IA no puede hacer. En consecuencia, lo único que las máquinas pueden producir es lo que la autora denomina ‘fake art’.

COMPARACIÓN DE PERSPECTIVAS: DE DUCHAMP A BARTEAU

El argumento recupera una pregunta clásica: aquella que surgió frente al ready-made de Marcel Duchamp a comienzos del siglo XX o frente a la obra de Andy Warhol en los años sesenta. La obra ‘Fountain’ (1917) o las serigrafías de la Factory desplazaron la categoría de arte hacia los límites de la institución que lo consagraba. La diferencia es que, en esos casos, la interrogación era de orden estético: se discutía qué podía ser considerado arte. Hoy, sostiene Misselhorn, la pregunta se traslada al orden de la praxis y del humanismo, porque ya no se discute la forma de la obra, sino la identidad del sujeto que la produce.

El crítico literario Marcial Souto planteó una objeción relevante en una reseña publicada en el diario paraguayo El Nacional: Misselhorn no desconoce la alternativa poshumanista y admite que la responsabilidad estética puede tener grados, autoras colectivas y mediaciones técnicas. La autora aclara que defender la centralidad del autor no equivale a restaurar la visión romántica del genio individual. El límite, sostiene, se encuentra en otro lugar: incluso después de flexibilizar la figura del autor, sigue siendo necesario un sujeto capaz de responder por la obra, de asumir responsabilidades y de reconocer su inscripción en un campo social.

DATOS ECONÓMICOS DEL IMPACTO

El debate filosófico se articula con una transformación material verificable. Según el estudio económico mundial difundido por la CISAC (Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores), los creadores de música y audiovisual corren el riesgo de perder respectivamente el 24% y el 21% de sus ingresos hacia 2028 debido al impacto sustitutivo de la IA generativa. La cifra acumulada equivale a 22.000 millones de euros en cinco años, mientras los proveedores de IA generativa alcanzarían ingresos anuales de 4.000 millones de euros en el sector musical. El estudio describe este fenómeno como una transferencia de valor económico desde los creadores hacia las empresas de IA, derivada de la reproducción no autorizada de obras.

El estudio sobre IA y música de la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores de España) estima que hacia 2028 alrededor del 28% de los ingresos por derechos de autor estará en riesgo, con un impacto acumulado de entre 160 y 180 millones de euros entre 2025 y 2028 en el mercado español. Estos datos no solo miden una pérdida económica: cuantifican la erosión de una práctica social que Misselhorn describe como un espacio donde los seres humanos valoramos y sabemos hacer bien las cosas.

IMPLICANCIA ÉTICA: MORAL VERSUS ESTÉTICA

Uno de los puntos más señalados por la filósofa es el desplazamiento de lo estético por lo moral. Cuando la pregunta por el arte deja de ser una cuestión de apariencia y se convierte en una cuestión de humanidad, el debate se moraliza. Y según Misselhorn, ese desplazamiento no es neutro: cuando lo moral se instala en lo estético, limita la producción artística y establece un retroceso para la formulación misma del arte, porque pone bajo sospecha su práctica.

La distinción es sutil pero decisiva: lo moral no afecta de manera directa a la obra, sino que afecta al contexto social en el que esa obra circula. Lo que la IA amenaza con destruir, según la autora, no es la obra individual, sino el arte como práctica social. El absurdo, señala, radica en automatizar un ámbito donde la automatización no tiene sentido: una actividad valiosa precisamente porque es humana y porque los humanos la realizan de un modo que la máquina no puede replicar.

CONCLUSIÓN INFORMATIVA

La obra de Misselhorn no propone una metafísica de la excepcionalidad humana. Su argumento se circunscribe a la IA débil con la que convivimos actualmente y a los sistemas que, según su análisis, carecen de conciencia, personalidad y mentalidad propias. La pregunta que deja abierta no es si las máquinas pueden crear imágenes, sino si los seres humanos están dispuestos a aceptar que la creación artística se convierta en un proceso sin autor, sin responsabilidad y sin historia. El libro no resuelve la tensión entre el autor soberano y la autonomía maquínica, pero identifica con precisión el terreno donde esa tensión debe dirimirse: el cruce entre creación, responsabilidad, materialidad técnica y poder económico.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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