En el barrio porteño de Belgrano, una nueva torre residencial en la calle Virrey Loreto propone romper con la tradición de balcones lineales y fachadas homogéneas que caracterizaron a la edificación en altura entre las décadas de 1970 y 1990. El proyecto, firmado por el Arq Carlos Levit junto al estudio Del Puerto-Sardin Arquitectura, apuesta por una alternancia de balcones, dobles alturas y la incorporación de vegetación nativa para construir lo que sus autores definen como una «pieza escultórica a escala urbana» capaz de mejorar con el paso del tiempo.
El diseño se aleja de los volúmenes monolíticos que predominaron en el tejido de Belgrano durante el auge de la construcción de torres en los años 80, cuando la especulación inmobiliaria priorizó la máxima superficie cubierta en desmedro de la relación con la calle. En contraste, Virrey Loreto fragmenta su masa edilicia mediante el desplazamiento sucesivo de losas y canteros, generando una fachada dinámica que busca establecer un diálogo empático con el peatón y con quienes habitarán el edificio.
«El proyecto busca trasladar a la vivienda colectiva cualidades habitualmente asociadas a la casa», explicaron los arquitectos en la presentación de la obra. Para ello, las terrazas no son meros balcones lineales, sino ámbitos de uso efectivo, con superficies que permiten albergar actividades cotidianas y que fortalecen el vínculo con el paisaje arbolado de la zona. Esta decisión responde a una crítica implícita a la tipología de torres construidas en Belgrano entre 1970 y 1990, donde los balcones estrechos solían ser meros elementos decorativos o acumuladores de objetos, sin capacidad real de habitarse.
La materialidad del edificio se estructura a partir del protagonismo del hormigón visto, un lenguaje que se complementa con revestimientos cementicios de tonos verdes y acabado artesanal. Según los proyectistas, esta paleta busca aportar una dimensión más natural y establecer un diálogo con la vegetación. La incorporación de especies nativas y diversas no solo favorece la sostenibilidad y el mantenimiento, sino que introduce una variación estacional que refuerza la integración del edificio con su entorno y su expresividad a lo largo del año.
En las caras laterales, lamas de madera filtran las visuales hacia las construcciones vecinas y mejoran las condiciones de privacidad, un recurso de mediación espacial que busca humanizar la escala. A nivel de acceso, un hall de doble altura transparente y abierto hacia la calle «diluye los límites entre espacio público y privado», favoreciendo una experiencia urbana más permeable. Esta estrategia contrasta con los típicos ingresos opacos y custodiados que abundan en el barrio, donde muchas torres de los 90 priorizaron la seguridad por sobre la conexión con la vereda.
El principal desafío, según reconocen los autores, consiste en conciliar las demandas del mercado inmobiliario con una arquitectura orientada a la calidad de vida y al aporte urbano. «Más allá de su viabilidad comercial, el proyecto busca ofrecer espacios habitables de calidad y fortalecer la relación entre los residentes y la ciudad», afirman. En un contexto porteño donde el precio del metro cuadrado en Belgrano ronda los 2.500 a 3.500 dólares según el INDEC, y donde las tasas de crédito hipotecario UVA han mostrado una leve reactivación en 2025-2026, la propuesta intenta demostrar que la diferenciación arquitectónica puede ser un valor de mercado.
La obra se inscribe en una corriente más amplia de arquitectura contemporánea en Buenos Aires que busca superar el legado de las torres monótonas de los 70 y 90, apostando por la vegetación como herramienta de identidad y por la fragmentación de la masa edilicia como recurso de escala. Experiencias similares se han visto en proyectos recientes de los estudios Aisenson, BMA o MRA+A en Palermo y Núñez, donde el hormigón visto y los balcones alternados también aparecen como firmas de autor.
En conclusión, la torre Virrey Loreto no solo representa una apuesta estética, sino una respuesta concreta a la pregunta de cómo habitar en altura sin renunciar a la calidad de vida. A través de una estrategia que combina materiales durables, vegetación nativa y espacios de uso efectivo, el proyecto aspira a construir una arquitectura que «mejora con el tiempo», integrando naturaleza y artificio para consolidar una identidad que se enriquece a lo largo de los años. Queda por verse si esta propuesta logrará imponerse como modelo frente a las lógicas del mercado que, históricamente, han privilegiado la cantidad de unidades por sobre la calidad de los espacios.
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