Cultura

A 50 años de La Noche de los Lápices: Emilce Moler publica su libro de memorias y advierte que «el boleto estudiantil no explica quiénes éramos»

El 16 de septiembre de 1976, en plena dictadura cívico-militar instaurada el 24 de marzo de ese mismo año, un grupo de tareas operó sistemáticamente en la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. El objetivo no eran guerrilleros ni cuadros políticos de alto rango: eran estudiantes de escuela secundaria, la mayoría menores de dieciocho años, militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y de la Juventud Guevarista. El operativo, conducido por el general Ramón Camps al frente de la Policía Bonaerense y con participación del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército, desencadenó una serie de secuestros que se extendieron a lo largo de varias jornadas consecutivas. Diez jóvenes fueron arrancados de sus hogares entre la noche del 16 y los días posteriores del mes de septiembre. Seis de ellos —Claudio de Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel A. Racero y Horacio Ungaro— permanecen desaparecidos hasta la fecha. Los otros cuatro lograron sobrevivir: Gustavo Calotti, Pablo Díaz, Patricia Miranda y Emilce Moler.

Emilce Moler nació en La Plata en 1959. Tenía diecisiete años cuando, en la madrugada del 17 de septiembre de 1976, hombres armados pertenecientes al Ejército irrumpieron en la casa de sus padres y se la llevaron. Había sido identificada por su participación en las movilizaciones estudiantiles que, durante septiembre de 1975, habían logrado la implementación del boleto escolar secundario en la capital bonaerense. Durante décadas, la narración pública de aquel episodio se condensó en torno a esa demanda concreta: el boleto estudiantil. Sin embargo, la propia Moler lo problematiza con una afirmación contundente en el marco de los cincuenta años de los hechos: «El boleto estudiantil no explica quiénes éramos». La advertencia no busca restar legitimidad a aquella lucha, sino corregir un reduccionismo interpretativo que, según la sobreviviente, ha simplificado la complejidad de la militancia secundaria de los años setenta.

Durante seis meses, Moler permaneció detenida-desaparecida. Posteriormente fue trasladada a la cárcel de Villa Devoto, donde su situación fue «legalizada» por el régimen. Luego le otorgaron una libertad vigilada que se extendió hasta que cumplió veinte años, momento en el cual pudo finalizar sus estudios secundarios e ingresar a la universidad. Su trayectoria académica posterior resulta notable no solo por su extensión sino por su especialización técnica: se formó como profesora en Matemática en la Universidad Nacional de Mar del Plata, obtuvo una maestría en Epistemología, alcanzó el título de doctora en Bioingeniería por la Universidad Nacional de Tucumán y ejerció como docente e investigadora durante tres décadas, dirigiendo proyectos de investigación en procesamiento de imágenes médicas y enseñanza de matemáticas superiores.

El relato que ahora ve la luz, recogido en el volumen «La larga Noche de los Lápices. Relatos de una sobreviviente», fue publicado originalmente por la editorial Marea en agosto de 2020, estructurado en veintiocho capítulos breves que articulan la autobiografía con la reconstrucción del contexto histórico. La edición que se presenta en 2026, a cincuenta años exactos de los acontecimientos, adquiere una dimensión conmemorativa particular: la obra fue concebida como un texto escrito a lo largo de muchos años, y por ello no se agota en la crónica de la violencia y los vejámenes padecidos, aunque estos estén presentes. Tampoco constituye un dispositivo de denuncia exclusivo —aunque denuncia—, ni un canto celebratorio de la juventud —aunque la felicidad y la ilusión tengan su lugar—. Se trata, en rigor, de un entramado que reúne vida, espanto, memoria y la proyección de una subjetividad que se recompuso a partir de la supervivencia.

La presentación de esta edición conmemorativa tuvo lugar el martes 8 de septiembre de 2026 en la librería El Fondo de la ciudad de Buenos Aires, en un diálogo público entre la autora y la escritora Tamara Tenenbaum. La elección del formato no resulta azarosa: el libro aparece décadas después de que Moler comenzara a narrar su historia en escuelas, actos, entrevistas, conferencias y declaraciones judiciales. La escritura, según la propia autora, aporta un soporte diferente al de la oralidad: permite la pausa, la reflexión y una distancia frente al nerviosismo de los micrófonos y las multitudes. Durante muchos años, sus únicos registros escritos fueron las declaraciones en los juicios de lesa humanidad y algunos borradores de discursos para actos conmemorativos. El impulso para escribir el libro llegó cuando percibió que «los tiempos de escucha eran cada vez más cortos», una constatación que articula la experiencia de la sobreviviente con las transformaciones contemporáneas de la atención pública y la circulación de la información.

La relevancia de esta publicación se inscribe en un contexto histórico más amplio. El episodio conocido como La Noche de los Lápices fue uno de los casos más emblemáticos de la represión ejercida contra estudiantes secundarios durante la última dictadura cívico-militar argentina (1976-1983). Según registros de la Comisión por la Memoria, alrededor de 340 adolescentes fueron víctimas directas de la represión en todo el país durante aquel período. El caso adquirió notoriedad nacional e internacional en 1985, cuando el testimonio de Pablo Díaz ante el Juicio a las Juntas reconstruyó públicamente la mecánica del operativo y su contexto: la suspensión, en agosto de 1976, del boleto estudiantil que los propios estudiantes habían conquistado el año anterior. Según la testimonial de Díaz, la medida habría sido deliberadamente concebida para generar protestas visibles que permitieran a los servicios de inteligencia identificar a los dirigentes estudiantiles de cada escuela para luego proceder a su captura.

La dimensión pedagógica y política de la conmemoración de estos cincuenta años trasciende el ámbito judicial y memorial. En 1998, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires instituyó por ley el 16 de septiembre como Día de los Derechos del Estudiante Secundario. La efeméride se ha consolidado como un punto de articulación entre generaciones: las movilizaciones estudiantiles de distintas épocas han reclamado la vigencia de aquella memoria como marco interpretativo de sus propias demandas. En este sentido, la reflexión de Moler sobre la tecnología, las redes sociales y los ataques contemporáneos a la democracia adquiere una densidad particular. La sobreviviente, que se formó en el área de computación de manera pionera, observa con preocupación cómo esos mismos instrumentos de comunicación horizontal que ella estudió y enseñó son utilizados para erosionar los consensos democráticos construidos durante décadas.

El debate sobre las formas de transmisión generacional de la memoria constituye uno de los ejes más controvertidos y fecundos del libro. Moler dialoga con la infantilización que, según advierte, ha avanzado paulatinamente sobre los adolescentes y jóvenes: la construcción de una juventud despolitizada y reducida a consumidores pasivos. La sobreviviente plantea la necesidad de volver a explicar la historia con nuevas palabras, sin reproducir inercialmente los formatos que caracterizaron décadas anteriores de militancia memorial. «Habrá que volver a explicar todo, pero no con las mismas palabras», sostuvo en declaraciones recientes, una formulación que condensa el desafío contemporáneo de los organismos de derechos humanos y de las instituciones educativas frente a audiencias que procesan la información en soportes y temporalidades radicalmente distintas.

El libro de Moler no se limita, sin embargo, a la reconstrucción de su propia biografía. Funciona también como un acto de memoria colectiva de sus compañeros desaparecidos: los nombres de Claudio de Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel A. Racero y Horacio Ungaro atraviesan el texto como presencias ausentes que demandan un lugar en la narración. Pero también incluye a los otros tres sobrevivientes —Gustavo Calotti, Pablo Díaz y Patricia Miranda—, configurando un mapa completo de aquel grupo de diez jóvenes platenses cuya historia singular se convirtió en metonimia de la represión dictatorial. La publicación de este volumen, cincuenta años después, funciona como corrección historiográfica y como testimonio literario: demuestra que el relato memorial se encuentra en permanente proceso de reelaboración, y que la escritura individual constituye una herramienta insustituible para la preservación crítica del pasado reciente. El 16 de septiembre de 2026, los estudiantes secundarios volvieron a marchar bajo la consigna «Los lápices siguen escribiendo», en una continuidad simbólica que conecta las luchas del pasado con las disputas por la educación pública y los derechos en el presente.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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