Este viernes a las 18, las escalinatas del Palacio Libertad, en la intersección de Sarmiento 151 en pleno centro porteño, serán el escenario de una declaración sonora que trasciende la música. El Coro Nacional de Niños, uno de los cuerpos estables dependientes de la Secretaría de Cultura de la Nación, vuelve a reunir a sus integrantes, excoreutas, padres y docentes en una performance coral multitudinaria bautizada bajo la consigna «¡Cantamos!». La convocatoria, promovida a través de un comunicado titulado «En defensa propia», funciona simultáneamente como reclamo, diagnóstico y advertencia: la disolución institucional del organismo, oficializada mediante el decreto 687/2026 firmado por el presidente Javier Milei y el jefe de Gabinete Diego Santilli, y publicado en el Boletín Oficial el 30 de julio, ha despertado la movilización de un sector cultural que se niega a aceptar la desaparición de una de las instituciones formativas más longevas del país.
El origen de esta controversia institucional se remonta a la propia estructura fundacional del organismo. El Coro Nacional de Niños fue creado el 14 de noviembre de 1967 mediante el decreto 8557, en el ámbito de la entonces Secretaría de Estado de Cultura y Educación. Desde entonces, el organismo operó como un espacio de formación coral de altísimo rendimiento en el que ingresaban niños desde los siete años, tras superar rigurosas audiciones de ley, y permanecían por períodos que en muchos casos alcanzaban la década. El decreto 687/2026 modifica el articulado original, suprime el artículo primero que establecía la existencia del coro infantil dentro de una formación que distinguía entre el Coro Polifónico Mixto y el Coro de Niños, y reemplaza la estructura por un nuevo Programa de Formación Artística bajo la órbita de la Secretaría de Cultura de la Nación.
Las cifras que documentan la trayectoria descendente del organismo resultan contundentes. En su mejor época, el Coro Nacional de Niños llegó a reunir entre 45 y 50 coreutas activos. En 2020, durante la extensa cuarentena decretada por el gobierno de Alberto Fernández con Tristán Bauer al frente del entonces Ministerio de Cultura de la Nación, se suspendió el ingreso de nuevos niños para cubrir las vacantes que se iban produciendo. Para entonces, el plantel se había reducido a 38 integrantes. Al momento de la disolución formal, el número de coreutas activos ascendía apenas a 19 chicos. Esta reducción poblacional responde a un mecanismo estructural: las vacantes se producen a medida que los jóvenes alcanzan la mayoría de edad —los 18 años— y, en el caso particular de los varones, algo antes, como explica la directora María Isabel Sanz, «por el cambio de voz». El período de permanencia habitual de un corista en el organismo oscila alrededor de una década, aunque la comunidad que se conforma perdura, según Sanz, «toda la vida».
La directora del organismo, María Isabel Sanz, se ha convertido en la voz pública más visible del reclamo. Sanz comenzó su vínculo con el Coro en su propia infancia, integrándolo como corista, para luego formarse como asistente y preparadora vocal hasta asumir la dirección. Su trayectoria personal constituye un caso paradigmático del rol de semillero formativo que el organismo cumplió durante casi seis décadas, del cual emergieron decenas de músicos profesionales, docentes formadores y artistas que hoy integran el tejido cultural argentino. El plantel histórico del Coro, además, ha sido convocado para participaciones de alto perfil, incluyendo las bandas sonoras de las películas «Yo, la peor de todas» de María Luisa Bemberg (1989) y «Tetro» de Francis Ford Coppola (2008), y ha sido dirigido por batutas de la talla de Michel Corboz, Pedro Ignacio Calderón, Mario Benzecry, Jorge Fontenla, Carlos Calleja y Sergio Siminovich, entre otros.
La decisión gubernamental se fundamenta, según el texto del decreto, en criterios de «eficiencia, eficacia y buena administración», argumentando que las actividades que recaían sobre la agrupación «pueden alcanzarse mediante acciones y programas de formación, perfeccionamiento y desarrollo artístico de alcance más amplio» y de carácter federal. La Secretaría de Cultura de la Nación, a cargo de Leonardo Cifelli, sostuvo además que existían «incompatibilidades» vinculadas a la participación de menores dentro del régimen vigente de la Administración Pública Nacional que afectaban el esquema administrativo y de contratación bajo el que funcionaba el Coro. En paralelo, se anunció el desarrollo de un nuevo programa de formación artística en coordinación con la Secretaría de Empleo Público.
Sin embargo, los datos económicos que manejó Clarín a partir de fuentes de la Dirección Nacional de Elencos Estables relativizan el argumento del ahorro presupuestario. El costo total del mantenimiento del Coro Nacional de Niños fue estimado en menos de doce millones de pesos anuales. El subsidio brindado a cada niño ascendía a 350 mil pesos —dos de los padres consultados por este medio lo cifraron en 310 mil—, mientras la directora percibía un salario aproximado de 35 millones de pesos, y la pianista, 15 millones. Cabe señalar que el organismo no contaba con pianista desde hacía más de un año, dado que tras la baja por maternidad de la profesora, el Estado no designó reemplazo. La comparación resulta elocuente para dimensionar la magnitud nominal de la erogación: el plantel completo del Coro, incluyendo todos sus componentes, equivalía al salario de un senador nacional.
Las implicancias de esta decisión trascienden el plano administrativo y se proyectan sobre la totalidad del ecosistema cultural nacional. De los nueve cuerpos estables que dependen del área conducida por Leonardo Cifelli, únicamente el Coro Nacional de Niños ha sido objeto de disolución. Permanece vigente el Ballet Folklórico Nacional, la Banda Sinfónica Nacional de Ciegos, la Compañía Nacional de Danza Contemporánea, el Coro Nacional de Música Argentina, el Coro Polifónico Nacional, el Coro Polifónico Nacional de Ciegos, la Orquesta Nacional «Juan de Dios Filiberto» y la Orquesta Sinfónica Nacional. Esta asimetría en el tratamiento de los organismos sugiere que la decisión no responde a un criterio unificado de racionalización, sino a una evaluación particular sobre el valor formativo de las agrupaciones corales infantiles en el contexto de una reorganización más amplia del Estado.
El rechazo social a la medida ha sido de proporciones considerables. La campaña espontánea a favor de la continuidad del Coro ha recolectado más de 8.500 firmas, sumado manifestaciones de repudio que se extendieron desde Bariloche hasta Buenos Aires, presentaciones legales, pedidos de informes a las autoridades —quienes, según testimonios recogidos, no se comunicaron con el personal del Coro durante los meses previos a la publicación del decreto—, y presentaciones públicas de los niños del organismo en la Plaza de Mayo. Personalidades de la cultura, de los medios de comunicación y figuras destacadas de la música popular y académica expresaron su apoyo público a la continuidad del CONANI. La convocatoria de este viernes, en tanto, invita a que cada comunidad del país arme su propia versión del acto en simultáneo, con su propio repertorio, en lo que se anticipa como una jornada coral federal de protesta sin precedentes recientes en el sector.
Los hechos verificables indican que el Coro Nacional de Niños fue suspendido de facto el primero de abril, cuando sus actividades cesaron sin una explicación formal. Durante los meses siguientes, la directora Sanz y las familias de los coreutas solicitaron en reiteradas ocasiones información sobre la solución institucional que se estaba buscando y el cronograma de retorno de actividades, sin obtener respuesta. Fue recién con la publicación del decreto 687/2026 que la comunidad coral tomó conocimiento de que la agrupación había sido reemplazada formalmente por un programa de formación artística. Sanz, en declaraciones radiales, advirtió que la existencia de una escuela de formación dependiente de la Dirección Nacional —creada años atrás— no era incompatible con la función del Coro Nacional de Niños, y subrayó que las obras sinfónico-corales de gran envergadura requieren de un cuerpo de voces infantiles entrenado, de alto rendimiento, que no puede ser sustituido por esquemas formativos de alcance general. La performance de este viernes en el Palacio Libertad, ex Centro Cultural Kirchner, un edificio que el propio Estado nacional mantiene como sede de su actividad cultural central, se constituye así en un acto simbólico cuya lectura pública evidencia la tensión irresuelta entre la política de racionalización estatal y la preservación de las instituciones culturales de formación artística especializada del país.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
