Hay preguntas que aparecen con frecuencia en torno a la cocaína: quién la consume, por qué circula con tanta facilidad, cómo opera el narcotráfico o cuáles son sus consecuencias sanitarias. Hay otra, sin embargo, que suele quedar desplazada: por qué una sociedad con uno de los mayores índices de consumo del mundo habla tan poco de ella. Ese es el punto de partida de ¿Una rayita?, el ensayo que el periodista y escritor David López Canales publicó en 2025 bajo el sello Anagrama, y que la entrevista con el autor permite reconstruir en toda su complejidad.
El libro no intenta ofrecer una explicación definitiva ni construir una investigación cerrada. Más bien avanza como un mapa compuesto por historias, antecedentes históricos, estadísticas, entrevistas y escenas que permiten observar un fenómeno cuya complejidad excede cualquier disciplina. Publicado en la colección Cuadernos Anagrama, con apenas 120 páginas, el ensayo condensa una investigación que conecta la historia del prohibicionismo internacional, la economía del narcotráfico, los cultivos de coca en América Latina y las políticas públicas de salud.
España ocupa desde hace años los primeros puestos en consumo de cocaína a nivel mundial. Según el Informe Europeo sobre Drogas 2025 publicado por la Agencia de la Unión Europea sobre Drogas (EUDA), un 13,3 por ciento de los españoles entre 15 y 64 años ha tomado cocaína al menos una vez en su vida, la cifra más alta de la Unión Europea, por encima del 9,4 por ciento registrado en Francia y Dinamarca, o del 8 por ciento de Países Bajos. El porcentaje de personas que la probaron se triplicó en las últimas dos décadas, un dato que el propio autor describe como una expansión inédita que convive con un proceso de normalización que atraviesa el lenguaje, la publicidad, los espacios de ocio y determinadas prácticas sociales.
El ensayo se pregunta cómo ocurrió ese desplazamiento: cómo una sustancia asociada durante décadas al delito y al peligro terminó integrada al paisaje cotidiano sin abandonar su condición de ilegalidad. Desde su irrupción a finales de los setenta, la cocaína fue perdiendo su estigma de peligrosidad hasta convertirse incluso en un reclamo publicitario. López Canales sostiene en su libro que «la cocaína se ha convertido en un producto más de la sociedad de consumo, o de hiperconsumo, en la que vivimos», en una afirmación que sitúa el fenómeno español en el marco de una lógica de acceso, disponibilidad e inmediatez que estructura buena parte de las prácticas sociales contemporáneas.
El recorrido del autor arranca con la reconstrucción del origen de la política internacional sobre drogas. «En 1961 se celebró en Nueva York la Convención Única sobre Estupefacientes… Acababa de consolidarse el prohibicionismo», escribe al reconstruir el marco legal que todavía organiza buena parte de la legislación mundial. Aquel tratado, adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 30 de marzo de 1961, impuso un régimen prohibicionista prácticamente absoluto que extendió la fiscalización internacional al cultivo de adormidera, coca y cannabis. En aquella conferencia participaron 73 países entre el 24 de enero y el 25 de marzo de 1961, y de ella surgió la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, que hoy compone junto con la Comisión de Estupefacientes y la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito el llamado Régimen Internacional de Control de Drogas.
López Canales sigue la evolución de un modelo cuya eficacia comenzó a discutirse décadas atrás. «En los años noventa ya se sabía que la guerra contra las drogas estaba perdida y el modelo del prohibicionismo era obsoleto», advierte el autor, en una línea que dialoga directamente con los análisis que numerosos académicos y organismos internacionales desarrollaron a lo largo de las últimas tres décadas sobre los límites del paradigma originado en los convenios de la ONU.
Las cifras del narcotráfico mundial refuerzan esa lectura. «El negocio mueve anualmente más de cuatrocientos mil millones de euros al año», señala el autor, colocando en perspectiva los flujos económicos que atraviesan las cadenas de producción, intermediación y distribución de la cocaína. Esa cifra adquiere dimensión cuando se la contrasta con los datos recientes de incautaciones: en 2023 los Estados miembros de la Unión Europea notificaron 95.000 incautaciones de cocaína, que ascendieron a 419 toneladas, frente a las 323 toneladas de 2022, una cifra récord por séptimo año consecutivo. Bélgica, con 123 toneladas, lideró las incautaciones, seguida de España con 118 toneladas y Países Bajos con 59, países que en conjunto representaron el 72 por ciento del total decomisado en el bloque.
En 2024, España comunicó la mayor incautación de cocaína de su historia, 13 toneladas en un único envío ocultas en plátanos procedentes del puerto de Guayaquil, Ecuador. Esos datos reflejan la posición estratégica del país ibérico como puerta de entrada de la cocaína traficada hacia Europa, una condición que el propio López Canales analiza a lo largo de su ensayo al reconstruir las rutas marítimas, los procesos de descarga en los puertos y la penetración de las organizaciones criminales en las estructuras logísticas del comercio internacional.
El libro incorpora además voces con posiciones contrapuestas sobre la regulación. Algunas sostienen que legalizar la cocaína permitiría debilitar las redes criminales, mejorar los controles sanitarios y destinar recursos a la prevención y los tratamientos. Otras consideran que el Estado no debe facilitar el acceso a una sustancia con capacidad de generar dependencia. En uno u otro caso, el autor no busca resolver esa discusión sino incorporarla como parte de un debate todavía abierto, y recuerda que «esta no es una cuestión de un país sino que requiere un consenso internacional». En una entrevista posterior, López Canales fue aún más enfático: «En cuanto a la legalización, se ha mencionado de forma muy superficial, pero el debate no existe realmente. Ni en España, ni en la UE, ni en Estados Unidos hay un debate serio. Ni una conversación pública que apunte a un cambio de paradigma a corto plazo».
El plano sanitario ofrece datos que refuerzan la urgencia de esa conversación. Según los registros del Ministerio de Sanidad español, la cocaína está presente en el 60 por ciento de las muertes relacionadas con drogas y en la mitad de las producidas por sobredosis, cifras que duplican los promedios europeos. En 2021, la cocaína estaba presente en el 52,4 por ciento de las muertes por reacción aguda a drogas, y se estima que al menos 104.851 personas eran consumidores problemáticos de la sustancia, es decir, personas de 15 a 64 años que la consumieron 30 o más días en el último año, el equivalente al 0,33 por ciento de la población de ese rango etario.
La dimensión cultural del fenómeno es otro de los ejes del ensayo. La normalización no implica aceptación explícita sino pérdida de excepcionalidad, sostiene el autor. La cocaína deja de aparecer como un elemento ajeno para integrarse a determinados espacios de socialización, al lenguaje cotidiano y a una lógica de consumo que incorpora productos sin detenerse demasiado en su origen. López Canales cita incluso el dato de que «una hora en el psicólogo cuesta lo mismo que un gramo de cocaína», una afirmación que pone en evidencia una verdad incómoda sobre las alternativas de tratamiento frente a una opción de placer inmediato vinculada al hiperconsumismo actual. A la vez, señala que «la reducción de riesgos significa también cambiar el diccionario de las drogas», en un planteo que desplaza el foco desde la condena moral hacia las formas en que una sociedad construye sus propios consensos alrededor de determinadas sustancias.
Otro dato que el periodista subraya es la estabilidad del precio frente al encarecimiento generalizado de la economía. Mientras el IPC español se multiplicó por más de 4 desde 1982, un gramo de cocaína, del que se extraen entre 10 y 20 dosis, sigue valiendo lo mismo que entonces: unos 60 euros o 10.000 de las antiguas pesetas. Esa estabilidad se explica, según el autor, por el constante aumento de la oferta impulsado por el auge de la producción en países como Colombia y Perú, que han generado mayor disponibilidad, mayor pureza y precios relativamente bajos en toda Europa, dinámica que contrasta con la encarecida realidad de los bienes y servicios legales.
En síntesis, el ensayo de David López Canales se presenta como un retrato deliberadamente abierto de un fenómeno que el país ha preferido no nombrar. Entre una sociedad que transita de la condena moral a la normalización silenciosa, un aparato prohibicionista internacional que registra récords de incautaciones sin reducir el consumo, y un debate público prácticamente inexistente sobre la regulación, la cocaína ocupa en España un lugar paradojal: el de ser la segunda droga ilegal más consumida en Europa y, al mismo tiempo, uno de los temas sobre los que menos se habla. El libro no ofrece respuestas definitivas, pero sí construye el mapa necesario para comenzar a formular las preguntas que el silencio ha dejado pendientes.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
