Cultura

Socorro Venegas y ‘Leche de silencio’: la revolución íntima de recuperar la lengua que su madre le ocultó al mundo

A días de viajar a Buenos Aires para participar de la Feria de Editores (FED), que se desarrolla entre el 6 y el 9 de agosto en la Ciudad Autónoma, la autora mexicana Socorro Venegas (San Luis Potosí, 1972) llega con un libro que ha sido definido por la crítica como «al menos cuatro libros al tiempo»: una autobiografía fragmentada, un ensayo político sobre las lenguas indígenas, una elegía por los muertos de su familia y una meditación sobre la herencia silenciosa. Leche de silencio, publicado por Páginas de Espuma, se ha instalado en el centro de la conversación literaria contemporánea sobre la pérdida lingüística y sus implicancias en la identidad.

EL ORIGEN DE UNA PREGUNTA QUE ARDE

La escritora describe con precisión el momento fundacional de su indagación: cuando tenía nueve años, en un temblor que resquebrajó el suelo firme de su infancia, observó cómo su madre y su abuela dialogaban de improviso en una lengua que ella desconocía. Ese instante —el náhuatl irrumpiendo en la intimidad familiar como un código secreto— la convirtió en espectadora de un mundo que no le pertenecía. «Ríen de otro modo. ¿Cómo pueden guardar tantas palabras desconocidas? ¿Por qué yo no las tengo?», se pregunta en el libro.

La distancia entre Venegas y la lengua materna de su madre, Elia, no fue casual ni fortuita. Fue el resultado de un proceso histórico de discriminación racial que obligó a la madre a ocultar su lengua originaria para sobrevivir en un país donde lo indígena se asociaba con la carencia y la ignorancia. El libro documenta cómo, desde la Real Academia Española en el siglo XVIII —que sumó a la definición de «indio» los adjetivos de tonto y crédulo— hasta las políticas estatales del México moderno, se construyó un entramado de desprecio hacia las lenguas originarias que persiste hasta la actualidad.

La cifra es contundente: la proporción de la población mexicana que habla una lengua indígena ha descendido del 16% en 1930 al 6,6% en 2015, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Aproximadamente la mitad de las 364 variantes lingüísticas indígenas del país se encuentran en algún riesgo de desaparición. México ocupa hoy el quinto lugar mundial entre los países con más lenguas amenazadas, según el Atlas de las Lenguas del Mundo en Peligro de la UNESCO.

UN GÉNERO MESTIZO PARA UNA HISTORIA SIN FRONTERAS

La decisión formal del libro responde a una necesidad íntima. «Cuando empecé, quería que fuera un ensayo literario lejos de la antropología o la lingüística», confiesa Venegas en diálogo con Clarín. Pero el proyecto mutó: «Descubrí que el libro me escribía a mí. Necesité la mirada de la novelista y de la autobiografía, mostrándome allí absolutamente yo, sin el parapeto de la ficción».

El resultado es un texto que la propia autora define como «mestizo» —rechazando deliberadamente la categoría de «híbrido», que implica pureza en los componentes—, donde conviven fragmentos de memoria familiar, reflexiones políticas sobre el lingüicidio, relatos de duelo y la reconstrucción de la figura de su tía Sara, sorda de nacimiento, que jamás pronunció una palabra articulada pero desarrolló un lenguaje propio que rompió el aislamiento al que estaba destinada.

La elección de llamar a Elia por su nombre y no «mamá» funcionó como un pacto de honestidad profunda. «Necesitaba sentirme ‘otra’ para verla mejor a ella y a mí misma, evitando una visión edulcorada de nuestra historia», explica la autora. Esa distancia le permitió mirar sin sentimentalismo a la niña que a los nueve años se fue descalza de su pueblo y tratar de comprender qué fuerzas la empujaron a partir. El límite ético, dice, fue no lastimar a su madre: «Conversamos y grabamos durante dos años; era fundamental que esto ocurriera mientras ella está viva, como un homenaje a su valentía».

IMPLICANCIAS: EL LINGÜICIDIO COMO DUELO COLECTIVO

El concepto que atraviesa el libro es el de lingüicidio: la muerte de una lengua no por causas naturales, sino por imposición violenta o por procesos estructurales de discriminación. Las estimaciones que citan organismos como la UNESCO advierten que en las próximas décadas podría desaparecer hasta el 90% de las lenguas del mundo. «Eso parece más un anuncio de una muerte anunciada que una alerta real», señala Venegas, cuestionando la normalización con que se acepta el fin de las lenguas originarias.

La autora subraya que detrás de cada lengua que muere hay historias concretas de violencia silenciada: «Es un duelo poco reconocido. Nadie admite haber impulsado políticas para eliminar lenguas originarias. La historia se cuenta como un avance hacia la modernidad, hacia un país ‘civilizado’, monolingüe. Pero en ese proceso se desprecia a las lenguas originarias y a quienes las hablan».

En su análisis, el lingüicidio no es un fenómeno aislado sino parte de un entramado racista que atraviesa las instituciones y las prácticas cotidianas del México contemporáneo. La perduración de más de 500 años de resistencia de los pueblos indígenas —que la autora atribuye más a «decisiones individuales y la tenacidad de las comunidades» que a políticas públicas— se convierte en el contrapunto de un sistema que históricamente ha buscado borrar las diferencias.

LA REVOLUCIÓN COTIDIANA DEL LENGUAJE

La pregunta «¿por qué no hablo la lengua de mi madre?» se convirtió, según la autora, en su «revolución» personal. Esa indagación íntima devino en un compromiso concreto: durante el proceso de escritura, Elia comenzó a enseñar náhuatl a su hija. Lo que era una «lengua fantasma» —una presencia ausente que marcaba a la familia desde su propia elusión— se volvió algo tangible, una transmisión real que ocurre intergeneracionalmente mientras el libro se escribía y se presentaba.

La portada del libro ofrece una clave visual de la propuesta: todos los rostros de quienes habitan el libro miran a la cámara, excepto la madre, que tiene el rostro girado y los ojos cerrados. «Ese gesto me conmueve profundamente. Es una invitación a que el lector busque su mirada a lo largo del libro», explica la autora. La imagen condensa la tensión central de la obra: la madre que no mira hacia el mundo que la obligó a esconder su lengua, y la hija que reconstruye —a través de las palabras— la mirada que fue negada.

CONCLUSIÓN: UNA OBRA QUE TRANSFORMA EL SILENCIO EN TESTIMONIO

Leche de silencio se inscribe en un territorio que la crítica ha comenzado a nombrar como el de la literatura del duelo lingüístico: obras que abordan la pérdida de lenguas originarias no como abstracción académica sino como experiencia encarnada en historias familiares. La propuesta de Venegas plantea que la recuperación de una lengua materna —aun en proceso, aun incompleta— es también una forma de reparación simbólica frente a generaciones de sometimiento.

El libro no ofrece respuestas definitivas ni consuelos fáciles. Su potencia reside en transformar una pregunta incómoda en un dispositivo de conocimiento: ¿Qué lleva a alguien a renunciar a su lengua original? ¿Qué significa heredar un silencio? ¿Y qué cambia cuando ese silencio se vuelve palabra escrita? Venegas responde desde la experiencia, documentando un proceso que está ocurriendo mientras el texto circula: la madre que enseña náhuatl a la hija, la hija que escribe la lengua que está aprendiendo. Esa circularidad —la vida alimentando al libro y el libro alimentando a la vida— define, quizás, la dimensión más radical de esta obra: la escritura como práctica de resistencia que no se conforma con nombrar la pérdida, sino que ensaya, palabra a palabra, su restitución.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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