Cultura

¿Se puede aprender a escuchar? Tres escritores ponen en crisis la idea de ‘voz propia’ en la Feria de Editores 2026

¿Cuál es el vínculo entre la oralidad y la escritura? ¿se entrena la escucha? ¿perdimos la capacidad de prestar atención? Estas preguntas, aparentemente sencillas, atravesaron la conversación «Literatura y oralidad: una política de la escucha», celebrada en la segunda jornada de la Feria de Editores (FED) 2026, el viernes 7 de agosto en el C Art Media de la ciudad de Buenos Aires. La mesa reunió al artista, poeta y traductor Dani Zelko; al director y escritor Santiago Loza; y a la escritora y poeta Marie Gouiric, con la moderación de la periodista y escritora Natalia Laube. El encuentro, organizado por Eterna Cadencia Editora y DocumentA/Escénicas, se desarrolló en el marco de la decimoquinta edición de un evento que convocó a más de 330 editoriales de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú, Uruguay y España.

La moderadora planteó desde el inicio una distinción conceptual que funcionó como eje de todo el debate: la diferencia entre oír y escuchar. La clave, según propuso Laube, reside en la atención. Esta formulación, que en apariencia podría resolverse en una definición de diccionario, abrió en realidad un campo de reflexión mucho más amplio sobre las condiciones materiales y afectivas que hacen posible la escritura. La escucha, entendida no como mera recepción de sonidos sino como una práctica activa y sostenida, se convirtió en el prisma a través del cual los tres escritores examinaron sus propios procesos creativos.

El primer punto de tensión llegó con la puesta en cuestión de una de las ideas más arraigadas en la pedagogía literaria: la búsqueda de una «voz propia». Zelko, quien a través de su método «Reunión» transforma la palabra oral en verso manuscrito, fue contundente en su respuesta: «La voz propia me resulta casi un oxímoron». La afirmación parece condensar una perspectiva radical sobre la subjetividad creadora. «Nada de lo propio está clarísimo. Yo estoy hecho de otras personas y otras personas están hechas de mí. La escritura fue una herramienta para salir al encuentro de otras voces, otras nubes, otros encuentros», explicó.

La posición de Zelko no surge de una especulación abstracta sino de una práctica consolidada. Su método «Reunión» constituye un dispositivo singular: no utiliza grabaciones ni transcripciones mecánicas, sino que se basa en encuentros cara a cara donde la palabra hablada se convierte en escritura manuscrita en un gesto de co-creación con otros. Este procedimiento, inspirado en su trabajo junto a maestros indígenas como el cacique wichí Caístulo y la cantora mapuche Soraya Maicoño, parte de una concepción de la escucha como instancia material y corporal. Su libro Oreja madre. Mi cuestión judía (publicado por Caja Negra Editora) constituye, según ha señalado el propio autor, una suerte de «Reunión» consigo mismo: a partir de una ceremonia en territorio mapuche, salió en búsqueda de su linaje judío, escuchando a vivos y muertos, a familiares y maestros, a documentos desenterrados y archivos inexistentes.

La intervención de Santiago Loza aportó una perspectiva diferente pero complementaria. El escritor, dramaturgo y cineasta nacido en Córdoba en 1971, cuya obra incluye películas exhibidas en festivales como Cannes, Berlín y San Sebastián, y publicaciones como Diario chino (2026), ancló su reflexión en las formas de habla de su provincia natal. «Tengo el recuerdo de escuchar a personas mayores hablando. Esa cadencia va construyendo inevitablemente una forma de escribir. No sé qué es la voz propia pero siento que la voy descubriendo en el camino y que va mutando», afirmó.

Loza estableció una conexión entre la escucha de la oralidad cordobesa y su trabajo escénico. En el teatro, explicó, la noción de «dejar que corra la voz» opera de manera particular: «Hay personajes que uno se imagina que serían socialmente más bien callados y en el trecho hasta que se haga la obra logran decir lo que quisieran decir y no se les deja». Esta observación describe un fenómeno específico de la dramaturgia: la distancia temporal entre la escritura y la representación permite que la voz del personaje se desarrolle y diga aquello que la contención social le impide. La escritura teatral aparece así como un espacio donde las voces postergadas encuentran finalmente un canal de expresión.

El diálogo entre los tres escritores también abordó las diferencias específicas de cada género literario respecto de la oralidad. Gouiric introdujo una matización importante: «Hay poemas que son más interesantes para ser leídos en voz alta pero otros que no. La poesía se volvió súper de la oralidad, pero hay poemas que no son para ser leídos en voz alta. No hay que entregar la poesía a la performance de la voz». Esta advertencia contra la reducción de la poesía a su dimensión performática se inscribe en un debate contemporáneo sobre el rol creciente de los recitales, las lecturas públicas y las plataformas digitales de audio en la circulación de la poesía.

El planteo de Gouiric retomó una idea de la poeta Diana Bellessi, figura central de la poesía argentina contemporánea, para pensar la relación entre poesía y subjetividad. Citó la noción de la «pequeña voz del mundo», formulada por Bellessi, según la cual «la voz de la poesía» es aquella que el poeta confunde con su voz. «No soy yo, son otras», precisó Gouiric. «Creo que la poesía permite que otros nos presten su voz». Esta concepción desplaza la autoría hacia una red de voces que preceden y exceden al sujeto que escribe, y establece un puente con la reflexión previa de Zelko sobre la disolución de lo propio.

La poeta y narradora vinculó esta perspectiva teórica con su experiencia como docente en escuelas públicas. Relató que entre sus alumnos suele haber niños muy tímidos cuyos compañeros terminan hablando por ellos, y propuso que «la poesía nos acerca a la construcción de la voz». Esta observación conecta la discusión estética con una dimensión pedagógica y social concreta: el acceso a la palabra escrita como herramienta de subjetivación para quienes carecen de voz en los circuitos materiales de la palabra.

En el cierre del intercambio, Zelko volvió sobre la dimensión material de la escucha. «Escuchar y escribir son dos instancias materiales», afirmó, y subrayó que «lo que más me interesó fue construir un espacio donde pudiera aparecer una forma de hablar». Esta formulación sugiere que la escritura no es simplemente la transcripción de un pensamiento preexistente, sino la creación de un espacio de posibilidad donde la voz encuentra condición de emergencia.

La conversación, celebrada en un contexto de vigencia de debates globales sobre la atención y la concentración en la era digital, adquiere una relevancia particular. La pregunta inicial de Laube sobre la diferencia entre oír y escuchar se inscribe en un momento histórico donde la sobreestimulación mediática y la fragmentación de la experiencia plantean interrogantes sobre nuestra capacidad de sostener la atención sobre el otro. Si la escucha es una condición de posibilidad de la escritura, como sugirieron los tres autores, entonces su crisis tendría implicancias directas sobre la producción literaria contemporánea.

La FED 2026, que se llevó a cabo del jueves 6 al domingo 9 de agosto en el C Art Media de la avenida Corrientes 6271, barrio de Chacarita, con entrada gratuita y reserva previa a través de Passline, se consolidó así como un espacio donde las preguntas fundamentales sobre el hacer literario encuentran lugar para ser formuladas y ensayadas. Este panel en particular, con su énfasis en la escucha como política, plantea una premisa inquietante: que la escritura no comienza cuando ponemos palabras en el papel, sino mucho antes, en la materia sonora de todo lo que hemos elegido atender.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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