Cultura

Puccini en Buenos Aires: banquetes, cacerías y el hallazgo de una obra olvidada que reescribe la historia cultural argentina

Cuando Giacomo Puccini desembarcó en Buenos Aires el 23 de junio de 1905, no era un músico de gira: era un embajador oficioso de la ópera italiana en una ciudad que, con más de un millón de habitantes y una inmigración masiva proveniente de la península itálica, se había convertido en lo que los contemporáneos llamaban «una segunda Italia». El país atravesaba la presidencia de Manuel Quintana (1904-1906), en un período de consolidación del modelo agroexportador y de fuerte crecimiento económico que alimentaba un circuito cultural de primer orden mundial. En ese contexto, la visita del autor de La Bohème no fue un mero episodio artístico: fue un acontecimiento social, político y musical cuyas huellas, algunas recién descubiertas, se despliegan en la investigación que los críticos Gustavo Otero y Daniel Varacalli Costas acaban de publicar bajo el sello Ediciones Ciudad de Artes.

La nueva edición, titulada «Puccini en la Argentina, Uruguay y Brasil. Junio-agosto de 1905», es una versión corregida y notablemente ampliada del volumen que ambos autores dieron a conocer en 2006. La investigación original ya había sido un trabajo pionero en la musicografía argentina por su minuciosidad documental. Ahora, veinte años después, Otero y Varacalli Costas —este último también director del sello editorial junto a Patricia Casañas— incorporan no solo el periplo completo por Montevideo y la escala en Brasil, sino también una cronología día por día de las actividades del compositor, el racconto completo de la temporada 1905 del Teatro de la Ópera de Buenos Aires y, como material digital complementario, 36 páginas adicionales con transcripciones de lo que publicaron los diarios locales durante aquellos días.

Puccini llegó invitado por la compañía lírica italiana Nardi & Bonetti, empresarios a cargo de la temporada en el Teatro de la Ópera —el principal escenario lírico de Buenos Aires entre el cierre del antiguo Teatro Colón y la apertura del nuevo en 1908—, con el propósito de presentar el estreno local de «Edgar», su segunda ópera. La obra, estrenada originalmente en La Scala de Milán el 21 de abril de 1889, había tenido una recepción tibia y Puccini la había sometido a sucesivas revisiones (1890, 1891, 1905). La versión que se presentó en Buenos Aires el 8 de julio de 1905 fue la definitiva, aunque el propio compositor, desencantado, la describiría más tarde como «sopa recalentada». Irónicamente, aquella función porteña fue la última representación de «Edgar» en vida de Puccini y, de las siete producciones que la obra tuvo en total, solo una más se montaría después. Sin embargo, la marcia fúnebre del tercer acto de «Edgar» adquiriría un significado póstumo: sonó en el funeral del compositor en 1924, dirigida por Arturo Toscanini.

El compositor se alojó en el departamento de huéspedes ilustres del diario La Prensa —hoy Casa de la Cultura del Gobierno de la Ciudad, en Avenida de Mayo 575—, en el tercer piso del edificio. La familia Paz, propietaria del matutino, puso a disposición de Puccini y su esposa Elvira un piso completo con servicio de cocina, mayordomos y automóviles. La revista Caras y Caretas registró el recibimiento popular con una frase que condensa el fervor de la época: «Buenos Aires, con la espontaneidad que le caracteriza, lo recibió como a un antiguo amigo, deshojando ante el oro superfino de su egregio talento las rosas de su admiración y su cariño». La agenda social fue abrumadora: Puccini escribió a su editor Ricordi que tenía agendados 72 banquetes en 47 días de estadía. Al biógrafo Arnaldo Fraccaroli le confesaría, años más tarde, que «todas las noches, mesa preparada para veinte comensales», y que a veces «nos sentábamos ante la mesa mi mujer y yo, solitos, pero libres».

En medio de esa maratón de compromisos, el compositor encontró tiempo para recorrer los barrios de Flores, Recoleta y Belgrano en tranvía —siendo saludado en las esquinas por grupos que flameaban banderas argentinas e italianas—, para asistir a funciones de sus propias obras en el Teatro de la Ópera (donde una representación de La Bohème lo obligó a salir a saludar veinte veces al escenario), para aceptar una invitación del presidente Quintana, para participar de una cacería en una estancia de B. Villanueva (una de sus actividades favoritas) y para navegar por el Delta del Tigre a bordo del vapor Dolores, invitado por el ministro Joaquín V. González.

Pero el hallazgo más revelador de la investigación —ya anunciado en 2006 y ahora contextualizado con mayor profundidad en esta nueva edición— es la existencia de una obra de Puccini compuesta expresamente para las escuelas argentinas: el himno «Dios y Patria», con letra de Matías Calandrelli, periodista del diario La Prensa especializado en educación. Calandrelli era un italiano nacionalista que había llegado a la Argentina en 1871 y se había convertido en una figura central del movimiento de renovación pedagógica impulsado por el presidente Domingo Faustino Sarmiento. Puccini compuso la música para las cinco estrofas y el estribillo del himno, que fue publicado en la edición de La Prensa del 15 de agosto de 1905, cuando el compositor ya había partido rumbo a Montevideo. Se trata de la única composición de Puccini con texto en español y la única pieza escolar de su catálogo. La partitura original, autografiada el 3 de agosto de 1905, fue entregada al Consejo Nacional de Educación con la intención de que se cantara en todas las escuelas del país, pero la iniciativa no prosperó. Permaneció inédita hasta que Otero y Varacalli Costas la rescataron en 2006.

Las implicancias de este hallazgo trascienden lo anecdótico. Por un lado, «Dios y Patria» demuestra que el vínculo entre Puccini y la Argentina no fue meramente pasivo o de consumo cultural: el compositor produjo una obra ex profeso para el país, integrándose activamente en un proyecto educativo de alcance nacional. Por otro, evidencia el nivel de inserción que el diario La Prensa tenía en la vida cultural y política de la Argentina de la época, al punto de poder comisionar una obra a uno de los compositores más famosos del mundo. El himno, hoy rescatado en una edición crítica a cargo de la editorial alemana Carus, representa una rareza absoluta en el catálogo pucciniano y abre preguntas sobre otras posibles colaboraciones entre artistas europeos y las instituciones educativas argentinas durante el período de consolidación del sistema público de instrucción.

La investigación también pone en evidencia el sofisticado entramado de intereses que hizo posible la visita: la asociación entre la empresa Nardi & Bonetti, el diario La Prensa como anfitrión, la intelectualidad local que organizó los homenajes y el público masivo que colmó las salas. Buenos Aires funcionaba entonces como una plaza central para el circuito operístico internacional, con una industria editorial musical, una red de teatros y una masa crítica de oyentes que competían con las grandes capitales europeas. La estadía de Puccini resultó ser, en definitiva, un episodio bisagra: para el compositor, que encontró en Buenos Aires el escenario para dar forma final a una obra fallida como «Edgar» y que produjo una pieza escolar inédita; para la Argentina, que demostró tener la infraestructura y el capital simbólico para recibir y homenajear a una figura central de la música occidental.

A veinte años de la primera publicación, el trabajo de Otero y Varacalli Costas sigue siendo la referencia insoslayable sobre la visita de Puccini al Cono Sur. La nueva edición, con su riqueza documental, su cronología detallada y el rescate de materiales que permanecían dispersos en hemerotecas y archivos privados, no solo actualiza la investigación sino que la consolida como un modelo de indagación musicológica que cruza fuentes periodísticas, epistolares, diplomáticas y musicales. La historia de aquellos 47 días —con sus banquetes, cacerías, fastidios y hallazgos— revela algo más profundo: que la circulación de la cultura entre Europa y América Latina a principios del siglo XX no era unidireccional, sino un intercambio complejo en el que obras, artistas e instituciones negociaban su lugar en un mapa en permanente reconfiguración.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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