Cultura

¿Por qué decimos “che”, “boludo” o “buenardo”? Oscar Conde y la arqueología del lenguaje argentino en su nuevo libro “Lenguaje argento”

“A las palabras se las lleva el viento”, reza la sabiduría popular. Pero los hablantes argentinos, acaso sin saberlo, llevan consigo un patrimonio lingüístico de más de dos siglos de historia, migraciones, mezclas y reinvenciones. ¿De dónde viene el “che” que identifica a un argentino en cualquier aeropuerto del mundo? ¿Cómo hizo “boludo” para pasar de ser un insulto a un vocativo amistoso? ¿Y qué hay detrás de ese “buenardo” que los jóvenes repiten en las pantallas de TikTok y Twitch?

Estas preguntas —y muchas más— encuentran respuesta en “Lenguaje argento” (Taurus), la más reciente obra de Oscar Conde: poeta, ensayista, docente universitario, miembro de la Academia Argentina de Letras y de la Academia Porteña del Lunfardo. En diálogo con Clarín, Conde desmenuza los hallazgos de un libro que no es para lingüistas ni especialistas, sino para “un lector culto interesado en conocer las raíces de la variedad de español que hablamos en Argentina”.

\n\nLa obra se estructura en tres grandes movimientos. El primero, titulado “Las palabras que estaban”, reconstruye las hablas del siglo XIX antes de la gran inmigración. Allí aparecen los sustratos aborigen y africano que ya habitaban el territorio, la lengua de la colonia española y el lenguaje rural gauchesco. El segundo capítulo, “Las palabras que nos trajeron”, examina el impacto que generó la llegada masiva de inmigrantes entre 1870 y 1930. El tercero, “Las palabras que inventamos”, recorre desde el final de ese ciclo migratorio hasta las creaciones léxicas del siglo XXI, como “ATR”, “fantasma”, “fingir demencia” y, por supuesto, “buenardo”.

\n\nPero si hay un fenómeno que atraviesa todo el libro, ese es el lunfardo. Conde lo define con precisión técnica: “Es el argot de la Argentina. No es un dialecto ni una lengua separada, sino un vocabulario de registro popular que manejamos todos los argentinos”. Su origen se remonta a finales del siglo XIX, cuando Buenos Aires —y en menor medida Montevideo— experimentó una transformación demográfica sin precedentes. Millones de italianos, españoles, franceses y otros europeos se instalaron en conventillos donde convivían decenas de familias de distintas procedencias. De esa mezcla, ocurrida en los patios de los edificios populares, nació un código compartido.

\n\nLa palabra “lunfardo” misma tiene una historia reveladora. Deriva del gentilicio “lombardo”, porque los lombardos fueron, en el siglo XVIII, usureros y prestamistas —actividades vistas con desconfianza—, lo que llevó a que “lombardo” se volviera sinónimo de “ladrón”. Con el tiempo, la palabra mutó a “lunfardo” para designar a los delincuentes y, luego, al lenguaje que estos utilizaban. Pero ya a comienzos del siglo XX, el lunfardo había trascendido los márgenes del hampa: diarios, revistas, folletos y, fundamentalmente, el tango y el sainete lo popularizaron entre todas las capas sociales.

\n\nLa etimología de “che” es uno de los debates más ricos que aborda Conde en su investigación. Existen al menos tres hipótesis principales. La primera, respaldada por el lingüista Ángel Rosenblat, sostiene que proviene de la interjección valenciana “ce”, utilizada para llamar la atención. La segunda, planteada por el lingüista chileno-alemán Rodolfo Lenz, propone un origen mapuche, ya que en araucano “che” significa “gente” (como en “mapuche”: “gente de la tierra”). La tercera —y la que reúne mayor consenso entre los especialistas del Cono Sur— señala al guaraní como fuente: allí “che” funciona como pronombre de primera persona (“yo”) o posesivo (“mi”). Los soldados guaraníes que participaron en las guerras de independencia se dirigían a sus superiores diciendo “che coronel” o “che capitán”, un uso que habría permeado en el habla rioplatense.

\n\n“Boludo” es, posiblemente, la palabra más emblemática del habla argentina —el poeta uruguayo Juan Gelman la señaló como la que más identifica a los argentinos—. Su origen es controvertido. Una versión criolla la sitúa en las guerras de independencia, cuando los gauchos montoneros formaban en el campo de batalla en dos líneas: la “primera boluda” y la “tercera pelotuda”, según la disposición de sus formaciones. Sin embargo, investigaciones más rigurosas revelan que el término tiene raíces mucho más profundas, que remontan al Imperio Romano, y que está directamente vinculado a la glándula sexual masculina. La RAE lo define como “persona que tiene pocas luces o que obra como tal”. Pero en el uso cotidiano argentino, “boludo” ha experimentado una transformación radical: de insulto pasó a ser un vocativo de confianza, un “che, boludo” dicho entre amigos que no ofende sino que hermana.

\n\nEl caso de “buenardo” representa la punta del iceberg de las creaciones lingüísticas más recientes. El sufijo “-ardo” se ha vuelto particularmente popular entre millennials y centennials, y su difusión masiva se atribuye en gran medida al streamer platense Coscu, que cuenta con millones de seguidores en YouTube y Twitch. Así como “buenardo” enfatiza lo bueno, “malardo” hace lo propio con lo malo. El mismo patrizgo sufijal aparece en otras creaciones como “picantovich” (con el sufijo “-ovich”, también popularizado por el mismo influencer), que califica a alguien o algo como divertido, lindo o piola.

\n\nLas implicancias de esta investigación exceden el mero interés filológico. Como señala Conde, conocer el origen de las palabras es una manera de enseñar la historia del país. “Quilombo”, por ejemplo, hunde sus raíces en la lucha de las comunidades afrodescendientes en Brasil por construir territorios libres de esclavitud que aún hoy siguen vigentes. Palabras como “Bariloche” o “Neuquén” remiten directamente a las lenguas originarias que estaban en el territorio desde antes de la Revolución de Mayo. “Laburo” llegó del italiano “lavoro”. “Pibe” proviene del genovés “pivetto”. “Morfar”, del italiano jergal “morfa” (boca). “Guita”, del español popular. “Pilcha”, del araucano. Cada palabra es una cápsula del tiempo que contiene las huellas de quienes poblaron y construyeron la Argentina.

\n\nLa Academia Porteña del Lunfardo estima que existen aproximadamente 6.000 términos lunfardos, y que aparecen unas 70 palabras nuevas por año. Algunas caen en desuso, otras mutan de significado y muchas traspasan fronteras. El libro de Conde llega en un momento en que el lenguaje argentino vuelve a estar en el centro del debate público, no solo por la proliferación de neologismos juveniles impulsados por las redes sociales y el streaming, sino también por la persistencia de un debate de larga data: el lugar de la lengua popular frente a la norma académica.

\n\n“Lenguaje argento” no es un diccionario ni un manual de estilo. Es, en palabras de su autor, “un libro de divulgación para que el lector común se interese por la argentinidad y la relación que tiene el lenguaje con la identidad argentina”. En un país donde el tango fue considerado una deformación de la lengua antes de ser patrimonio cultural, donde el rock en español cargó con el mismo estigma y donde hoy las palabras de los jóvenes generan alarma en los adultos, la obra de Conde ofrece una perspectiva necesaria: la lengua está viva, cambia, se mezcla y se reinventa. Y eso, precisamente, es lo que la mantiene vigente.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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