Las hazañas de los héroes siempre nos resultan cercanas. Christopher Nolan ha revivido la epopeya del héroe Odiseo con una ambición que supera los marcos del cine comercial: convertir un poema compuesto alrededor del siglo VIII antes de Cristo, propio de una cultura de transmisión oral, en una experiencia cinematográfica para audiencias globales del siglo XXI. La película, estrenada mundialmente el 17 de julio de 2026 bajo el sello de Universal Pictures, se ha convertido en el mayor estreno de la carrera del cineasta, acumulando 263,7 millones de dólares en su fin de semana de apertura global y superando los 721,7 millones en la recaudación acumulada. Los datos de la crítica no son menos contundentes: 94 por ciento de aprobación en Rotten Tomatoes sobre 466 reseñas, una calificación promedio de 8,7 sobre diez, y una puntuación de 88 sobre 100 en Metacritic, la más alta en la filmografía del director británico.
La elección de Nolan de basarse en la traducción de Emily Wilson, publicada en 2017 y la primera versión íntegra en inglés realizada por una mujer, no fue casual. El cineasta citó el verso inicial de esa versión —“cuéntame sobre un hombre complicado”— como la brújula interpretativa para construir a su protagonista, interpretado por Matt Damon. Sin embargo, la relación entre el director y la traductora se ha convertido en uno de los episodios más fascinantes del fenómeno cultural que rodea al filme. Wilson, profesora de estudios clásicos en la Universidad de Pensilvania, ha sido implacable en su crítica publicada en la London Review of Books. La especialista acusó a la película de carecer de “profundidad psicológica, emocional, política y ética”, describió el guion como “abismal” y afirmó que el filme “no tiene nada convincente que decir” sobre los temas centrales de la Odisea. La tradujo incluso como “un Jason Bourne traumatizado”: una reducción del héroe homérico a un agente de acción en conflicto constante, despojado de la astucia y el ingenio que lo definen.
La controversia no se limita al plano estético. Wilson también objetó la decisión de Nolan de rodar escenas en el Sahara Occidental ocupado por Marruecos, señalando que esa elección “normaliza la violencia en curso” en la región. Este cruce de lecturas —la de la traductora, la del cineasta, la de la crítica cinematográfica especializada— evidencia que la Odisea no es un texto de lectura unívoca. Desde Dante hasta Jorge Luis Borges, desde James Joyce en el Ulises hasta los pensadores de la Escuela de Fráncfort, el poema homérico ha operado como un palimpsesto en el que cada época ha inscrito sus propias obsesiones. Nolan se inscribe en esa genealogía con un gesto deliberado de adaptación, no de fidelidad literal. Para quienes sostienen que el rol del cine es la dócil trasposición de un original, toda desviación de la letra pristina constituye una traición. La respuesta a esa objeción es que el cine no obstruye la lectura: la estimula. El fenómeno es medible. Las ventas de la traducción de Wilson se dispararon tras el estreno, y el interés público por Homero registró un repunte global.
El núcleo simbólico del filme, y de la lectura que de él hace el público, reside en su interpretación del viaje de regreso. Tras diez años de asedio infructuoso a Troya, la ciudad solo cae gracias al célebre artilugio de Odiseo: el caballo de Troya. El héroe es símbolo de la osadía y de la astucia, y una de sus enseñanzas primordiales es que el ingenio prevalece sobre la violencia bruta. Vencida Troya, Odiseo —llamado Ulises por los romanos— emprende el regreso a Ítaca para reencontrarse con su esposa Penélope, interpretada en el filme por Anne Hathaway, y su hijo Telémaco, encarnado por Tom Holland. El viaje de regreso es, en la lectura contemporánea, amor por el hogar: atravesar la inmensidad marina para recuperar la propia identidad. En el canto XII de la Odisea, el encuentro con las sirenas condensa esta tensión. Escuchar su canto es ser arrebatado por una fuerza divina y letal. Ulises lo sabe. No quiere someterse al llamado del mundo mítico. Ordena a sus hombres que se tapen los oídos con cera y que a él lo aten al mástil. Otra astucia: Odiseo escuchará a las sirenas pero sin ser gobernado por ellas.
Esta escena es precisamente el eje sobre el que Theodor Adorno y Max Horkheimer construyeron su célebre lectura en la Dialéctica de la Ilustración, publicada en 1944. Para los pensadores de Fráncfort, Odiseo es el anticipo de la racionalidad instrumental que constituye el mundo moderno occidental. El héroe que se hace atar al mástil para escuchar sin sucumbir representa la gestación de la autonomía individual: la razón calculadora que crea a un sujeto que se da su propia ley mientras mantiene a los otros, los remeros con los oídos tapados, en la posición de fuerza de trabajo subordinada. La escena es, en palabras de los autores alemanes, una “alegoría premonitoria de la dialéctica de la Ilustración”. El costo de esa emancipación es una contradicción estructural: el sujeto moderno se libera de los dioses sometiendo a sus semejantes y a la naturaleza. La autonomía individual se funda sobre la heteronomía de quienes ejecutan la orden. Esa lectura es la que estructura el dilema central que Nolan pone en escena, incluso cuando su protagonista se aparte de la fuente escrita.
El Odiseo de Matt Damon es, en parte, la mirada del hombre moderno que se cuestiona a sí mismo y no solo a los dioses: la autocrítica del sujeto moderno. En una de las entrevistas clave de la promoción, el actor confesó haber sentido durante el rodaje “una sensación nostálgica todo el tiempo, porque se sentía como el cine de cuando empecé”. Damon declaró que entendía el proyecto como su “última oportunidad” para filmar una epopeya clásica de Hollywood, dada la apuesta de Nolan por la filmación práctica en formato grande y las locaciones reales. Nolan, por su parte, ha rechazado esa lectura derrotista en términos enérgicos, confrontando públicamente la posición de su propio protagonista. Esta divergencia interna al proyecto es sintomática de una época en la que el cine de gran escala disputa su supervivencia frente a la producción algorítmica y la generación de imágenes por inteligencia artificial. Odiseo lidia con peligros continuos; el hombre moderno busca seguridad y estabilidad. Entre pantallas, la sociedad contemporánea no quiere saber nada de la muerte; sin embargo, Odiseo desciende al mundo de Hades para obtener una guía en su camino. En la isla de los Cíclopes enfrenta al primer gran monstruo de un solo ojo: él y sus hombres lo ciegan y así escapan de su cueva, en una de las secuencias más alabadas por la crítica por su escala física.
Las implicancias de este fenómeno trascienden el ámbito estrictamente cinematográfico. En primer lugar, el éxito de taquilla demuestra la vigencia del relato clásico en un ecosistema mediático dominado por las plataformas y las fórmulas de audiencia. En segundo lugar, el debate generado por la crítica de Wilson expone un problema metodológico de fondo: la tensión entre el academicismo filológico y la cultura de masas. La traductora reclama un héroe con deseo y motivación creíble (“no quiere comida, no parece querer sexo: ¿qué quiere?”, se preguntó en su crítica), mientras que el filme construye un protagonista atravesado por la ansiedad existencial moderna. En tercer lugar, la discusión sobre la filmación en el Sahara Occidental reinstala la cuestión de la responsabilidad política de la industria cinematográfica global.
La Odisea de Nolan interpela al mundo moderno porque su materia prima es, en última instancia, la condición del hombre contemporáneo: un sujeto que busca autonomía sin poder escapar de sus contradicciones, que aspira a la seguridad sin renunciar al riesgo de la aventura, y que enfrenta los cantos seductores de la tecnología y el consumo con la cera de la indiferencia y las ataduras del protocolo. La crítica ha consagrado el filme con una calificación A en CinemaScore y un 81 por ciento de recomendación espontánea en PostTrak, mientras la comunidad académica permanece dividida. Entre esos dos polos, el fenómeno ya es un dato cultural: una epopeya de hace casi tres mil años que se convierte, en plena era algorítmica, en uno de los mayores éxitos de la historia reciente del cine. La fidelidad al texto de Homero será siempre una quimera; lo que permanece es la capacidad del mito para ser releído, discutido y disputado por cada generación. Es en esa disputa, y no en la reproducción literal, donde reside la vitalidad que hace de Odiseo un héroe tan contemporáneo como el público que acude a las salas IMAX.
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