Juan Carlos Distéfano, escultor, pintor, diseñador gráfico y figura central de la plástica argentina contemporánea, falleció el sábado 25 de julio de 2026 a los 92 años. Nacido en Villa Celina, partido de La Matanza, el 29 de agosto de 1933, su muerte marca el cierre de una trayectoria de más de seis décadas dedicada a la exploración de la figura humana como vehículo de denuncia, memoria y pathos. Su obra, de producción escasa y lenta debido a su exhaustivo proceso técnico, se encuentra dispersa en museos y colecciones privadas de Argentina, Estados Unidos, Suiza y Chile, y en espacios públicos como el Parque de la Memoria de Buenos Aires, donde su instalación «Por gracia recibida» (1999) interpela al visitante con cuerpos contorsionados sobre una estructura que evoca el Río de la Plata.
La formación de Distéfano comenzó en la Escuela Nacional de Artes Gráficas N.º 9 y continuó en la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano. Su incursión en el diseño gráfico lo llevó a trabajar en la Compañía General Fabril Financiera y, entre 1960 y 1970, a dirigir el Centro de Artes Visuales del Instituto Di Tella, epicentro de la experimentación artística de la época. Allí compartió espacio con figuras como Rómulo Macciò y León Ferrari, con quien mantuvo una amistad que la crítica Andrea Giunta recordó recientemente al evocar una fotografía de ambos sonriendo detrás de objetos sobre una mesa. Fue en el Di Tella donde Distéfano comenzó a gestar el giro hacia la tridimensionalidad que definiría su legado.
Su primera muestra individual data de 1964, en la Galería Riobóo Nueva. Pero fue hacia fines de esa década cuando el artista comenzó a experimentar con materiales no tradicionales: primero el yeso y el papel maché, luego la fibra de vidrio y, finalmente, la resina poliéster reforzada con lana de vidrio, combinada con esmaltes epóxicos. Esta técnica, que él mismo perfeccionó a lo largo de los años, constaba de tres etapas: el modelado en barro, la obtención de un molde en yeso y el vaciado en poliéster pintado al revés, capa por capa, como quien pinta un vidrio. El resultado eran figuras translúcidas, de color integrado al material, que parecían flotar entre lo orgánico y lo espectral. «Cuando uno pasa a la tercera dimensión y toma la arcilla, creo que nunca más se puede dejar por el placer que resulta», dijo en 2022.
La obra «Cabalgata» (1966), adquirida por el Malba en 2021 por 260.000 dólares gracias a una campaña de recaudación, marca el punto de inflexión entre su etapa pictórica y la escultórica. La pieza incluye volúmenes tridimensionales y fue registrada en 2023 por la Art Camera de Google para integrar la plataforma Google Arts & Culture. Sin embargo, el núcleo más potente de su producción se gestó a partir de 1972, cuando Distéfano, impactado por las primeras denuncias de tortura y desaparición que comenzaron a circular en Argentina, realizó «Figura acostada» o «Procedimiento» y los bocetos preparatorios de «El mudo».
«El mudo» (1973) es, probablemente, su obra más emblemática. La escultura representa una figura humana sentada en el piso, con las piernas abiertas sosteniendo un cuenco, los brazos atados a la espalda y las manos excavadas en un relieve negativo que la crítica Mariana Marchesi definió como un «infrarelieve». Instalada en las salas del primer piso del Museo Nacional de Bellas Artes en 1974 por iniciativa del entonces director Samuel Oliver y del Jefe de Servicios Técnicos Daniel Martínez, la obra evadió la censura de la última dictadura militar y permaneció en exhibición durante todo el período represivo. Donada por la Asociación Amigos del Museo en homenaje a Ernestina de Cánepa, la pieza se convirtió en un testimonio silencioso pero categórico de la realidad social que la vio surgir. La historiadora Andrea Giunta, en un texto publicado tras la muerte del artista, describió la experiencia de circunvalar la escultura en el museo: «Observarla involucraba un peligro», escribió.
Entre 1977 y 1980, Distéfano y su esposa, la escritora Griselda Gambaro —con quien se había casado en 1955—, debieron exiliarse en Barcelona. La novela de Gambaro «Ganarse la muerte» había sido prohibida por la dictadura, y la pareja fue forzada al exilio. Durante ese período, Distéfano produjo algunas de sus obras más desgarradoras. «El rey y la reina II» (1977), que formó parte de la colección de Jorge Helft y Marion Eppinger en la calle Defensa de Buenos Aires, muestra a una pareja desnuda, atada de rodillas y tobillos, comprimida en el asiento trasero de un automóvil. La mujer aparece embarazada. Los cuerpos, fusionados por el material translúcido, parecen flotar dentro de una forma gelatinosa que Giunta describió como «un huevo, un útero, como enredado en una placenta». La obra funciona como una representación del exilio forzado, del encierro y de la violencia política que obligó a tantos a abandonar el país.
Otra pieza clave de ese período es «Desnudo, “Lo mismo en otras partes”» (1977), donde un cuerpo desnudo se contrae en posición fetal dentro del baúl de un automóvil cuya patente reza «B1977». La obra condensa la experiencia del miedo, el desamparo y la amenaza de desaparición. El crítico Jorge Glusberg señaló que en estas piezas «el dolor parecía expresarse desde una forma contenida», un dolor que no estalla en grito sino que se enquista en la materia.
Distéfano regresó a Argentina en 1980. «Desenterramos los libros que habíamos escondido y tratamos de comenzar de nuevo. Intentamos hacer nuestros trabajos dentro de esa normalidad tan poco normal en la que se vivía bajo el peso tremendo del autoritarismo», recordó años después. A su regreso, continuó produciendo y exponiendo de forma regular. En 1982 recibió el Premio Konex de Platino a la Escultura Figurativa, y en 1992 el Konex de Brillante a las Artes Visuales, máxima distinción que reconoce a la personalidad más relevante de la disciplina en la última década. En 2018 obtuvo el Premio Nacional a la Trayectoria Artística, otorgado por el Ministerio de Cultura de la Nación.
La consagración internacional llegó en 2015, cuando Distéfano fue seleccionado para representar a Argentina en la 56ª Bienal de Venecia con la muestra «La rebeldía de la forma», curada por María Teresa Constantin. La exposición reflexionaba sobre la condición humana a través de piezas que abordaban la violencia, el exilio y la memoria. Constantin volvería a curar su última gran retrospectiva, «La memoria residual», en el Museo Nacional de Bellas Artes en 2022, donde se exhibieron 19 esculturas creadas entre 1972 y 2022, junto con 16 dibujos preparatorios. Allí se presentó, por primera vez, una pieza realizada durante la pandemia.
El Museo Nacional de Bellas Artes fue, de hecho, la institución que más tempranamente reconoció su trabajo. Allí se conservan «El mudo» y «Di doman non c’é certezza II» (1993), además de una colección de dibujos. También el Malba posee «Cabalgata» y el Parque de la Memoria alberga «Por gracia recibida», una escultura que representa el Río de la Plata como una grilla en zigzag sobre la que serpentean cuerpos contorsionados, en alusión directa a los vuelos de la muerte. «La obra hace manifiesta la actitud patética e hipócrita de aquellos que bendijeron la conducta de los asesinos, transformándose en sus cómplices», escribió el propio artista sobre esta pieza.
Las implicancias de la obra de Distéfano trascienden lo estético. Su producción ofrece un registro material de la violencia política argentina, un archivo tridimensional del horror que operó durante la dictadura cívico-militar de 1976-1983. A diferencia de otros artistas que optaron por la abstracción o la metáfora, Distéfano eligió la figuración explícita, pero tamizada por una materialidad que distancia y atrae al mismo tiempo. La resina poliéster, aplicada en capas sucesivas, genera una superficie translúcida que envuelve a los personajes como un capullo o una prisión. Los cuerpos parecen a la vez presentes y ausentes, atrapados en un medio que los protege y los exhibe. Esa ambigüedad es lo que otorga a sus obras una potencia que persiste más allá del contexto que las vio nacer.
En términos sociales, la obra de Distéfano cumple una función de contra-memoria: frente a los discursos negacionistas y las políticas de olvido, sus esculturas instalan una presencia física que no puede ser eludida. «El mudo» sigue interpelando a los visitantes del Museo Nacional de Bellas Artes, y las piezas del Parque de la Memoria confrontan a quienes transitan la Costanera Norte con la evidencia de los cuerpos arrojados al río. Como señaló Andrés Duprat, director del Museo Nacional de Bellas Artes, tras conocerse la noticia de su muerte: «Juan Carlos Distéfano fue un artista excepcional que ha aportado una voz original y singular en la historia del arte argentino. Para los que tuvimos la dicha de conocerlo y tratarlo, fue una persona cálida, sabia y generosa».
Distéfano deja un legado de producción escasa pero intensa: se estima que su obra completa no supera el centenar de piezas, debido al carácter artesanal y minucioso de su técnica. Sin embargo, cada una de ellas condensa una carga simbólica que trasciende su materialidad. Su trabajo continúa expuesto en museos y colecciones, y su influencia se extiende a nuevas generaciones de artistas que encuentran en su obra un modelo de cómo el arte puede dar forma al dolor colectivo sin renunciar a la exigencia formal. La muerte de Juan Carlos Distéfano no cierra un capítulo: lo vuelve, como sus figuras de poliéster, indeleble.
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