Cultura

Matilda, el libro que Sandra Comino le regalaría a su niña interior: una relectura de la lectura como refugio y como derecho

La relación entre un lector y un libro no siempre comienza en la infancia. A veces el texto espera décadas antes de encontrar a quien realmente necesitaba leerlo. Es el caso de Sandra Comino y Matilda, la célebre novela de Roald Dahl publicada originalmente en 1988 por la editorial Jonathan Cape en Londres. La escritora argentina, nacida en Junín en 1964, confiesa que llegó al libro ya siendo adulta, y que la experiencia de esa lectura tardía le produjo un efecto insólito: sintió que ese era precisamente el volumen que hubiera querido poner entre las manos de la niña que alguna vez fue. «Mi yo adulta le regalaría a mi niña Matilda. Es un libro que leí de adulta y me fascinó. No solo por la historia sino por cómo está escrito», afirma.

La elección no resulta casual cuando se examina la trayectoria de Comino, quien desde hace más de tres décadas construye una obra que aborda asuntos de alta complejidad —la violencia, la muerte, las desigualdades, la guerra, los vínculos familiares— desde la perspectiva de chicos y chicas que intentan comprender un mundo frecuentemente contradictorio. Su novela La casita azul, ganadora del Premio Iberoamericano de Novela en La Habana en 2001, fue una de las primeras obras de la literatura infantil argentina en abordar de manera explícita la temática de la violencia de género, un mérito que la Fundación Konex destacó al otorgarle el Premio Konex 2024 en la categoría Infantil. Esta trayectoria explica por qué su recomendación de Matilda no es meramente estética: es también una lectura política y pedagógica del lugar que ocupan los libros en la vida de los niños.

El elemento central que la autora rescata de la novela de Dahl es la figura de su narrador. Comino se detiene en esa voz que, con humor e ironía, se vuelve cómplice del lector desde las primeras páginas, estableciendo un pacto narrativo que rompe la distancia habitual entre quien cuenta y quien escucha. Esta característica estilística, reconocida por la crítica especializada como uno de los sellos distintivos del autor galés, transforma la lectura en una experiencia de complicidad compartida. Dahl, nacido en Llandaff en 1916 y fallecido en Oxford en 1990, dominó el arte de narrar desde la perspectiva infantil, presentando familias y sociedades con graves defectos morales sin caer en el dogmatismo ni en la moraleja complaciente. En Matilda, esa maestría alcanza uno de sus puntos más altos: la historia de una niña de cinco años extraordinariamente inteligente que encuentra en los libros un mundo propio frente a la indiferencia y el desprecio de sus padres.

Los padres de Matilda, los Wormwood, constituyen uno de los retratos más ácidos de la mediocridad adulta que haya producido la literatura juvenil. El padre, vendedor de coches dedicado al engaño comercial, y la madre, obsesionada con el bingo y la apariencia física, no solo ignoran el talento excepcional de su hija: promueven activamente el consumo de televisión y condenan la lectura como actividad inútil. Se niegan incluso a comprarle libros, lo que obliga a Matilda a descubrir el universo de la biblioteca pública. Comino subraya esta dimensión del relato: «Los padres de Matilda están desinteresados en sus hijos. Fomentan el uso de la televisión y condenan la lectura; por lo tanto, se niegan a comprar libros, por eso Matilda va a la biblioteca». En esa travesía hacia la biblioteca, la protagonista se sumerge en los grandes clásicos de la literatura universal y construye un territorio propio, un espacio de autonomía que Dahl describe con una ternura que no excluye la ironía.

La dimensión moral de Matilda es otra de las razones que Comino destaca. En la novela, el sentido común no reside en los adultos sino en la protagonista y en su maestra, la señorita Honey, quien reconoce su talento y se convierte en su aliada. La niña no solo lee y aprende: escucha su corazón y decide sobre su futuro, enfrentándose a la autoridad arbitraria de la directora Trunchbull, un personaje que encarna el abuso del poder sobre los más débiles. «El sentido común aquí lo tiene Matilda y también su maestra. Lo más lindo es cómo una niña escucha su corazón y decide sobre su futuro. La novela es una historia donde hay justicia poética tan necesaria», sostiene la escritora. Esta reivindicación de la autonomía infantil dialogaría directamente con la obra de Dahl, que en Matilda plantea sin ambigüedad que la honestidad y la autenticidad pueden triunfar sobre el autoritarismo y la mediocridad.

Cuando se le pregunta por la importancia de la lectura en pleno siglo XXI, Comino no enfrenta los libros con las pantallas de manera maniquea. Prefiere recuperar una idea de Graciela Montes, una de las figuras centrales de la literatura infantil latinoamericana y miembro fundador de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de Argentina: «La infancia es un lugar de desigualdad muy grande». Precisamente por esa desigualdad constitutiva, la literatura seguiría siendo indispensable. Comino lo formula con claridad: «Los chicos tienen que disfrutar de la lectura no solo para sentirse a salvo como Matilda, sino porque leer permite adquirir juicio crítico y es lo que se necesita en este mundo para ser libre de verdad».

Esta concepción de la lectura como ejercicio de libertad se entronca con una larga tradición de pensamiento sobre la literatura infantil que considera la ficción no como un complemento recreativo sino como una herramienta formativa esencial. Para Comino, las historias «nos ponen permanentemente en el lugar de otros», generando una capacidad empática que resulta cada vez más necesaria en tiempos marcados por «la frialdad, la desigualdad y la impotencia». La ficción, en esta perspectiva, no es un refugio que aparta del mundo sino una puerta de entrada a una comprensión más profunda de él. «La literatura nos hace más felices sin dudas y leer es un derecho», afirma.

La reflexión sobre las primeras lecturas cierra el circuito de su argumentación. Para Comino, «las primeras lecturas conforman la memoria, participan de los recuerdos y contribuyen a relacionar situaciones vividas con determinadas historias». Esta afirmación, que podría verificarse en la propia biografía lectora de la autora —quien llegó a Matilda siendo adulta pero la reconoció como su libro de infancia—, subraya que el vínculo entre lectura e identidad no respeta cronologías lineales. La niña que habita en cada adulto puede ser alcanzada por un libro en cualquier momento de la vida, y esa posibilidad es, quizá, la más poderosa justificación de la literatura. En tiempos de consumo acelerado y atención fragmentada, la recomendación de Comino opera como un recordatorio: los libros que importan no son los que se leen rápido sino los que quedan, para siempre, en la memoria compartida de una familia que lee junta.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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