Cultura

Martín Caparrós responde con ironía histórica a las acusaciones de racismo contra Argentina: «No nos resulta fácil ser racistas, pero si quieren lo seguiremos intentando»

La derrota de la selección argentina ante España por 1 a 0 en la final del Mundial 2026, disputada en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, no solo significó la pérdida del título sino que desató una tormenta de críticas que trascendió lo deportivo. Los incidentes posteriores al pitido final —con Leandro Paredes tomando del cuello a Eric García, empujones cruzados entre Nahuel Molina y Rodri, y la controvertida decisión del plantel argentino de dar la espalda durante la ceremonia de premiación— encendieron un debate que la FIFA ya formalizó con la apertura de una investigación disciplinaria.

Pero el foco rápidamente se desplazó del terreno de juego a un terreno más espinoso: el de las acusaciones de racismo estructural contra Argentina. El actor estadounidense Samuel L. Jackson publicó en sus historias de Instagram un mensaje del SEC Black Alumni Network que calificaba a Argentina como «históricamente uno de los países más racistas del mundo», acompañado de una imagen generada por inteligencia artificial que mostraba a su personaje Stephen de Django Unchained vistiendo la camiseta albiceleste. El posteo, que desapareció tras 24 horas pero se viralizó en capturas de pantalla, desató una oleada de reacciones tanto de apoyo como de rechazo.

Fue en ese contexto que el escritor y periodista argentino Martín Caparrós, radicado en Madrid desde hace años, publicó un extenso análisis en sus redes sociales donde aborda la cuestión con una mezcla de ironía, rigor histórico y crítica política. «Una conciencia nueva recorre el planeta. No lo sabíamos pero ahora sí: el saber progresa incontenible», abre Caparrós, antes de señalar que «en estos días he escuchado y leído varias veces que la Argentina es ‘el país más racista del mundo’. Es cierto que según dicen esos mismos queremos ganar todo y no sabemos perder: quizá nos ofrecen este primer lugar para compensar nuestras derrotas futboleras».

El texto de Caparrós traza un arco histórico que comienza con el desembarco español en América y el racismo colonial como «excusa y consecuencia de la explotación» de los pueblos originarios. Menciona la abolición de la esclavitud en 1853 —aunque investigaciones del CONICET y del estudio RIAFRO 2025 señalan que la esclavitud se abolió formalmente en dos momentos, primero con la Constitución de 1853 y luego en 1861 con la incorporación de Buenos Aires a la Confederación— y la participación de soldados negros en las guerras de independencia. Caparrós también alude a la epidemia de fiebre amarilla de 1871, que según la demografía histórica afectó principalmente a inmigrantes europeos y no explica por sí sola la disminución de la población afrodescendiente en Argentina.

El escritor dedica especial atención al fenómeno migratorio de finales del siglo XIX y principios del XX, cuando «para 1920 la mitad de la población de Buenos Aires había nacido en otra parte». Citando el preámbulo de la Constitución que prometía «los beneficios de la Libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino», Caparrós sostiene que «la mezcla sucedió enseguida: fueron comunes ya desde el principio las bodas entre gentes de orígenes distintos. Y la escuela pública, gran logro de esos años, fue el mejor instrumento de amalgama, la fábrica incesante de argentinos».

Sin embargo, la visión de Caparrós sobre una Argentina «pura mezcla» encuentra matices en la evidencia académica. El informe del estudio RIAFRO 2025, elaborado por la Red de Investigadores Afrodescendientes, revela que la población que se reconoce como afrodescendiente en Argentina presenta indicadores educativos inferiores al promedio nacional, con una brecha del 7,5% en el acceso a educación superior. Investigaciones de la BBC Mundo y del historiador Felipe Pigna han documentado lo que describen como un proceso de «invisibilización» sistemática de la población negra en la narrativa histórica argentina, donde «prácticamente no se les menciona» en los relatos escolares.

El activista afroargentino Pablo Álvarez, citado por la BBC, describe cómo los afrodescendientes enfrentan un proceso de «extranjerización» en su propio país: «La primera pregunta que te hacen en la calle es de dónde sos, de qué país venís, y te dicen lo bien que hablas español». La comunidad afroargentina, organizada desde el siglo XIX con periódicos como El Unionista (1877), ha denunciado discriminación persistente en ámbitos educativos y laborales.

Caparrós también incorpora una crítica directa al gobierno de Javier Milei, señalando que «no hay un uso político del rechazo a los inmigrantes» en Argentina, a diferencia de lo que ocurre en otros países. «Debe ser que esos politicastros dispuestos a cualquier cosa no encontraron el modo de usar este filón», ironiza.

Las implicancias de este debate van más allá de las redes sociales y las declaraciones de celebridades. El Buenos Aires Herald recogió testimonios de la comunidad negra en Argentina que rechazan las generalizaciones de Jackson, aunque reconocen la existencia de racismo cotidiano. El influencer angoleño Ari Balanga, radicado en Argentina desde hace una década, respondió al actor con una invitación: «Antes de hablar de otro país, mira el tuyo. No generalices. Te invito, Samuel, a conocer a un verdadero argentino, no rumores sobre argentinos».

La controversia también destapó una reflexión metodológica: ¿es posible calificar a un país de 46 millones de habitantes como «el más racista del mundo» a partir de incidentes futbolísticos y menciones históricas generales? El sociólogo Iván Schuliaquer, de la Universidad Nacional de San Martín, advirtió a Al Jazeera que «no se debe tomar el racismo relacionado con el fútbol y aplicarlo generalizadamente a la sociedad e historia argentina».

En la cancha de los datos concretos, el Censo Nacional 2022 incluyó por primera vez en Argentina una pregunta de autoidentificación afrodescendiente, posicionando al país entre los pocos de la región que generan estadísticas específicas sobre esta población, según el estudio RIAFRO. La Ley 20.609, conocida como Ley Antidiscriminación, establece desde 2012 medidas contra la discriminación racial. Sin embargo, organizaciones de derechos humanos señalan que la implementación de estas herramientas sigue siendo insuficiente.

El debate, lejos de cerrarse, refleja una tensión entre la autoimagen que Argentina construyó de sí misma —el «crisol de razas» del preámbulo constitucional— y las persistentes desigualdades estructurales que la academia y el activismo vienen documentando. Caparrós cierra su intervención con una frase que condensa su postura: «No nos resulta fácil ser racistas, pero si quieren lo seguiremos intentando», una ironía dirigida tanto a quienes acusan a Argentina de ser el país más racista como a quienes niegan cualquier forma de discriminación en su interior.

La FIFA, mientras tanto, continúa con su investigación de los incidentes del 19 de julio, que podría derivar en sanciones que van desde multas hasta exclusiones temporales de competiciones internacionales. El expediente disciplinario analizará no solo la conducta violenta de los jugadores argentinos sino también el comportamiento del cuerpo técnico y la actitud durante la ceremonia de premiación.

La pregunta que queda flotando, como un eco que excede el marco del fútbol, es si esta controversia abrirá un espacio para un examen más profundo y menos simplista sobre las dinámicas raciales en Argentina, o si se diluirá en el próximo ciclo de memes y acusaciones recíprocas que caracteriza a la conversación global contemporánea.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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