“Estamos todos fracturados, todos escindidos, todos rotos”. Con esa contundencia diagnóstica se presentó el escritor colombiano Mario Mendoza (Bogotá, 62 años) durante su visita a São Paulo, donde acudió para el lanzamiento en portugués de su emblemática novela «Satanás» (2002). En una entrevista que ya circula en medios internacionales, Mendoza desplegó una radiografía punzante de la contemporaneidad: una sociedad que exige rendimiento permanente, éxito y delgadez, y que, al hacerlo, construye las condiciones para un colapso psíquico generalizado.
La conversación, que tuvo lugar en el marco de la promoción de su obra más reciente, «La Hora de los Lobos» (2026), derivó rápidamente hacia un análisis de las patologías del presente. Mendoza recurrió a las teorías del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, específicamente a su concepto de «sociedad del rendimiento», para explicar cómo el imperativo del «puedes» —en reemplazo del antiguo «debes» disciplinario— ha instaurado una dinámica de autoexplotación que deriva en depresiones crónicas, síndromes de fatiga permanente y trastornos de atención masivos.
Según lo expuesto por Mendoza, el mecanismo es sutil pero devastador: el sujeto contemporáneo ya no necesita un vigilante externo porque ha internalizado la exigencia. «En la sociedad actual del hiperrendimiento hay un momento en el que revientas», afirmó el autor. Ese instante de fractura, describió, se manifiesta en síntomas precisos: incapacidad para levantarse de la cama, negativa a abrir las cortinas, llanto incontrolable en espacios públicos como un autobús. «Ahí ya cruzaste la línea», sentenció.
La pregunta que emerge de ese diagnóstico es inevitable: ¿qué ocurre cuando esa presión sistémica se combina con años de exclusión, bullying y segregación? La respuesta de Mendoza remite directamente al trasfondo de «Satanás», la obra que le valió el Premio Biblioteca Breve en 2002 y que lo catapultó al reconocimiento internacional. La novela reconstruye los eventos del 4 de diciembre de 1986, cuando Campo Elías Delgado, un excombatiente de la Guerra de Vietnam de 52 años, asesinó a 29 personas e hirió a otras 11 en tres locaciones del oriente de Bogotá, en lo que se conoce como la Masacre de Pozzetto. Delgado, compañero de clase de Mendoza en la Pontificia Universidad Javeriana, había discutido con el escritor sobre la dualidad humana a partir de obras como «El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde», de Robert Louis Stevenson, apenas horas antes de la masacre.
Para Mendoza, reducir la masacre a un arrebato de locura es un error conceptual profundo. El autor apunta a una construcción mucho más lenta y soterrada: años de humillación, silencios cotidianos y una exclusión metódica que van minando la psique hasta el punto de fractura. Esa trayectoria, en sus estados más agudos, desemboca en el síndrome de Amok, un cuadro psiquiátrico clasificado originalmente como un síndrome ligado a la cultura, propio de contextos malayos, pero que ha sido observado bajo distintas denominaciones —berserk en Escandinavia, cafard en Polinesia— y que la psiquiatría transcultural ha documentado como una súbita explosión de rabia homicida, precedida por un período de depresión y preocupación intensas.
«Ese individuo hizo eso porque antes fue injuriado, víctima de otros: de bullying, de matoneo permanente. Lo escupieron, lo vilipendiaron, lo segregaron», detalló Mendoza, quien insiste en reformular la pregunta central del debate: «La pregunta no es por qué estos sujetos hacen lo que hacen, sino cómo es posible que no haya más. Porque lo que hemos hecho es fabricar el horror una y otra vez, repetidamente».
La tesis del escritor colombiano encuentra eco en los datos más recientes sobre salud mental global. La Organización Mundial de la Salud reportó en 2023 que los trastornos depresivos afectan a más de 280 millones de personas en el mundo, mientras que los niveles de ansiedad y burnout han alcanzado cifras récord, particularmente entre poblaciones jóvenes y trabajadores de sectores altamente demandantes. Según la investigación académica sobre la «sociedad del cansancio», las enfermedades neuronales —depresión, TDAH, trastorno límite de personalidad y síndrome de desgaste ocupacional— definen el panorama patológico del siglo XXI, en contraste con las epidemias bacteriales y virales de siglos anteriores.
Mendoza también abordó la dimensión moral colectiva. Rechazó la noción simplista de que el mal sea una categoría externa, ajena al sujeto común. «Cuando uno piensa en el mal, uno cree que está del lado del bien. No conozco a ninguna persona que diga ‘yo estoy del lado de los malos’. Eso no existe», afirmó. Sin embargo, expuso lo que denomina «conformidad brutal»: una complicidad silenciosa con las estructuras que generan exclusión, una aquiescencia que permite a la mayoría «fluir y formar parte» mientras otros son empujados al abismo.
Esta fractura social que describe Mendoza tiene implicancias económicas y políticas de largo alcance. La presión por el rendimiento no es un fenómeno cultural abstracto: se traduce en tasas crecientes de ausentismo laboral, gastos sanitarios en salud mental que tensionan los sistemas de salud pública, y una erosión del tejido social que dificulta la construcción de consensos políticos. En países como Colombia, donde la violencia estructural se ha entrelazado históricamente con la exclusión económica, el diagnóstico de Mendoza adquiere una dimensión particularmente urgente.
El autor bogotano, que ha declarado dejar lo «políticamente correcto» a las nuevas generaciones, insiste en que su obra —particularmente «Satanás», que continúa siendo un espejo incómodo del que muchos prefieren apartar la mirada— no es una advertencia apocalíptica, sino una constatación de un proceso en curso. La sociedad del hiperrendimiento, la alienación tecnológica y la exclusión sistemática no son fallas corregibles del sistema: son sus mecanismos centrales de funcionamiento.
La tesis de Mendoza, respaldada por la filosofía de Byung-Chul Han y por la evidencia empírica sobre salud mental global, plantea un escenario en el que el colapso no es una posibilidad remota, sino una realidad estadísticamente previsible. La pregunta, reformulada desde la perspectiva del escritor, ya no es si estamos al borde de un colapso mental colectivo, sino cuánto tiempo podremos sostener la ficción de que no lo estamos.
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