Hay episodios en la infancia que funcionan como bisagras. Momentos en los que el azar, la generosidad de un adulto y la curiosidad de un niño confluyen para producir una fractura definitiva en la percepción del mundo. Para María Rosa Lojo, ese instante llegó a los ocho años, cuando su tío Julio, un artista de variedades que recorría el mundo haciendo magia y malabares, le entregó la llave de un armario de madera con cortinas rojas que hasta entonces le había estado vedado. Detrás de esas puertas no había un solo libro: había una biblioteca entera. Y con ella, un universo que marcaría para siempre su relación con la literatura.
Lojo, nacida en Buenos Aires en 1954, es una de las voces más sólidas y versátiles de la literatura argentina contemporánea. Poeta, narradora, ensayista e investigadora, es doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires y fue investigadora principal del CONICET. Su obra, que abarca cinco libros de poesía, catorce de narrativa, ocho de ensayo y tres ediciones críticas, ha sido traducida al inglés, francés, italiano, portugués, gallego, chino, búlgaro y tailandés. Ha obtenido, entre otros, el Premio Konex (2004), el Gran Premio de Honor de la SADE (2018) y la Medalla Europea de Poesía y Arte Homero (2021). En 2023 fue declarada Personalidad Destacada de la Ciudad de Buenos Aires y en 2024 ingresó a la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires. Sin embargo, cuando se le pregunta qué libro le regalaría a la niña que fue, su respuesta descoloca por su hondura: «¡Ay, un solo libro me parece muy poco! Ojalá todas las personitas tengan la suerte que tuve yo, cuando me convertí, de un día para el otro, en la depositaria de un tesoro prodigioso».
Ese episodio, que luego recreó en su novela «Árbol de familia» (Sudamericana, 2010), permanece intacto en su memoria con una nitidez casi fotográfica. «Me llevó de la mano hasta un armario de buena madera, con cortinas rojas, que estaba desde siempre en el cuarto de planchar y que no me habían permitido abrir. ‘Oye, ya has cumplido los ocho años, así que eres mayor. De ahora en más, serás tú la que tenga la llave de mi biblioteca’, le dijo su tío», recuerda la escritora. Del otro lado de esa puerta la esperaban «todos los piratas, los brujos y los reyes, las aventuras, las traiciones y las lealtades, los países desconocidos ocultos en el mapa de lo obvio, los mundos olvidados que están dentro de éste». Allí convivían Phileas Fogg, Sandokán, Long John Silver, el último de los mohicanos, D’Artagnan, Tarzán y tantos otros personajes que transformaron la imaginación de aquella niña. «Entré en esas historias como quien entra en un planeta de hongos alucinógenos. Nunca salí del todo de ese planeta», confiesa.
La lectura de aquellos libros no solo la transportó a otros mundos: también moldeó su manera de mirar el propio. «A bordo de esos libros viajé a otros continentes y a otros tiempos; fui pirata anticolonialista con Sandokán en Mompracem; di la vuelta a la Tierra con Julio Verne y aprendí con ‘Los tres mosqueteros’ sobre la lealtad y el amor perdido», relata. La enseñanza más profunda, sin embargo, fue otra: «Aprendí en general que la llamada ‘realidad’ es siempre plural y multifacética, que no hay una sola manera de verla ni de vivirla. Nunca dejaré de agradecer esa revelación temprana». Esa conciencia de la multiplicidad de lo real se convertiría en una marca indeleble de su obra literaria, donde la historia, la memoria y la ficción se entrelazan en una zona indecisa que cuestiona las versiones monolíticas del pasado.
Aunque en su casa ya había recibido otros libros y esperaba con entusiasmo cada nuevo tomo ilustrado de la enciclopedia «Lo sé todo», fue aquella biblioteca secreta la que definió definitivamente su destino de lectora. «La ‘experiencia inmersiva’ en esa biblioteca hasta entonces vedada definió para siempre mi vínculo con la lectura. Fue una intoxicación feliz, una enfermedad de la que nunca pude ni quise curarme, el clima en el que más me gusta habitar», afirma. La figura del tío Julio —ese artista de variedades que llevaba una vida nómade entre la magia y los malabares— adquiere así una dimensión casi mítica: no solo le legó libros, sino una forma de entender el mundo como un lugar donde lo maravilloso puede irrumpir en cualquier momento.
El impacto de esa experiencia temprana resuena en toda la producción de Lojo. Su novela «Árbol de familia», que reconstruye la saga de una familia de emigrantes gallegos y castellanos, funciona como una indagación sobre la memoria, el exilio y la identidad. En sus páginas, el armario de cortinas rojas aparece como un símbolo de la transmisión cultural y afectiva entre generaciones. La narradora, que lleva el nombre de Rosa —como la autora—, recorre los pliegues de una historia familiar marcada por el desplazamiento transoceánico y la reconstrucción identitaria. El árbol del título, un castaño plantado por el padre, deviene «árbol fundador» y «árbol madre», representación de una pertenencia que se conserva pese al exilio. La crítica académica ha señalado que la obra de Lojo se inscribe en una corriente de narrativa latinoamericana que cruza las fronteras nacionales para explorar las memorias migrantes, en un arco que va desde Griselda Gambaro hasta Ana Kazumi Stahl.
Para Lojo, ni siquiera los avances tecnológicos han desplazado el lugar único que ocupa el libro. Ella lo sabe bien porque lleva una vida leyéndolos, analizándolos y escribiéndolos. Su carrera académica como docente, doctora en Letras y directora de proyectos de investigación en la Universidad del Salvador corre en paralelo a una obra creativa que no deja de expandirse. Sus títulos más recientes —»Los brotes de esta tierra» (poesía, 2022) y «Lo que hicieron ahí» (narrativa, 2023)— confirman la vitalidad de una autora que, a lo largo de cuatro décadas, ha construido un universo literario propio, donde conviven la lírica más depurada con la indagación histórica más rigurosa.
Las implicancias de esta reflexión trascienden el ámbito de la anécdota personal. En un contexto donde la lectura infantil compite con pantallas, algoritmos y estímulos fragmentarios, el testimonio de Lojo adquiere una dimensión casi programática. La biblioteca del tío Julio no era una colección curada pedagógicamente ni un catálogo de «lecturas apropiadas para la edad»: era un espacio salvaje, heterodoxo, donde convivían piratas, mosqueteros y exploradores victorianos. Esa diversidad, lejos de ser un obstáculo, fue el combustible de una imaginación que nunca dejó de expandirse. La experiencia de Lojo sugiere que el acceso libre y sin censura a los libros —incluso a aquellos que podrían considerarse «no aptos» para la infancia— puede ser el germen de una relación vitalicia con la literatura.
La recomendación de la escritora, en el marco de la sección diaria que acompaña a la Feria del Libro Infantil, no es un título en particular sino un gesto: abrir una puerta. Regalar la llave de un armario donde quepan todos los mundos posibles. Porque, como ella misma dice, «la ‘realidad’ es siempre plural y multifacética». Y la literatura, quizás, sea el único mapa capaz de contenerla.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
