Cultura

Marcelo Larraquy: el vocabulario de Javier Milei remite a la derecha peronista de los setenta, según el historiador

La figura de Aníbal Gordon vuelve a instalarse en la escena cultural porteña con la publicación de “Gordon. El aniquilador” (Planeta), la segunda novela del historiador y periodista Marcelo Larraquy. El lanzamiento no solo reaviva la memoria sobre uno de los personajes más siniestros del terrorismo de Estado argentino, sino que ha dado pie a una comparación tan provocadora como documentada: la del léxico del actual presidente Javier Milei con el de la derecha peronista más radicalizada de la década del setenta. En una entrevista concedida en una cafetería del barrio de Palermo, en una mañana fría de cielo plateado, Larraquy sostuvo que expresiones como “socialistas basuras” o el desafío de “te vamos a correr” forman parte del mismo repertorio discursivo que difundía la revista El Caudillo de la Tercera Posición, órgano de expresión de la derecha peronista que vio la luz el 16 de noviembre de 1973, apenas cinco días antes de la aparición pública de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A).

El punto de partida del análisis es el personaje que Larraquy ha reconstruido en dos entregas noveladas. Aníbal Gordon nació en la ciudad bonaerense de Colón alrededor de 1930 y su prontuario policial se inicia en 1951, con una causa por defraudación. A lo largo de más de tres décadas, su carrera delictiva se entrelazó con el aparato de inteligencia del Estado. Entre 1968 y 1984 actuó como agente no orgánico de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), donde se lo conocía bajo los seudónimos de Silva o Coronel Ezcurra. Su trayectoria no fue la de un militante político clásico ni la de un policía tradicional. Como señaló el propio Larraquy, Gordon “no era ni un ladrón a tiempo completo ni un integrante de la Triple A a tiempo completo”. Esa condición liminar le permitió convertirse, durante la dictadura militar iniciada en 1976, en el único civil que llegó a dirigir un centro clandestino de detención, una anomalía dentro de un sistema represivo que habitualmente reservaba esos roles a personal de las fuerzas de seguridad.

La novela reconstruye el tránsito de Gordon desde el delito común hacia la política criminal y parapolicial. En prisión, el personaje vislumbró una oportunidad estratégica: incorporarse al mundo político como aliado de la Policía le garantizaría impunidad y poder. Dio así un paso más allá del delincuente convencional, convirtiéndose en un operador que sabía cómo golpear una puerta haciéndose pasar por militar, una habilidad que lo volvió útil para los servicios de inteligencia. Su vínculo operativo dependía directamente del comisario Juan Ramón Morales, jefe operativo de la Triple A y mano derecha del ministro de Bienestar Social, José López Rega. Gordon fue identificado como integrante de la organización y vinculado al centro clandestino Automotores Orletti, uno de los principales espacios de detención ilegal del Plan Cóndor, junto con otros sitios como Bacacay y Pomar, todos bajo la órbita de la SIDE.

Larraquy explicó en la entrevista que las dos novelas que dedicó a Gordon formaron parte de un plan general que demandó cinco años de trabajo. En la primera entrega, el autor optó por una estructura coral, presentando un triángulo de acción entre Gordon, Julieta y Acosta, con el aniquilador como figura central. En “Gordon. El aniquilador”, en cambio, la narrativa se concentra con mayor intensidad en el protagonista, con capítulos más cortos y escenas de tono cotidiano que buscan evitar el estereotipo. Hay un personaje que se casa, otro que se enamora de una persona a la que había marcado y que quedó quebrada. La obra aspira a que “los hechos respiren” la atmósfera de los setenta, es decir, que la ambientación no sea un telón de fondo decorativo sino un elemento vivo de la narración. “No quería una novela sin lugares y con gente estereotipada”, afirmó el autor.

La dimensión más polémica de la entrevista, sin embargo, trascendió el terreno literario. Larraquy encontró conexiones explícitas entre el paquete discursivo del actual oficialismo y la retórica de la derecha peronista de los setenta. “Te vamos a correr”, una frase atribuida al entorno del gobierno actual, remitiría directamente al lenguaje de la revista El Caudillo, publicación de la derecha peronista que circuló entre 1973 y 1975 y que llegó a vender aproximadamente 9.400 ejemplares en los kioscos de la Capital Federal, imitando deliberadamente el diseño de El Descamisado, órgano de prensa de Montoneros. Del mismo modo, la expresión “socialistas basuras” utilizada por Milei encontraría su antecedente directo en ese mismo repertorio. El historiador subrayó además que, tanto en los setenta como en la actualidad, la mención a una “doctrina” que se defiende a toda costa es un elemento recurrente. “En nombre de la doctrina del peronismo se han hecho barbaridades”, advirtió Larraquy, al recordar que cuando la doctrina “se enoja”, provoca hechos sangrientos como los de 1974 y 1975. La fórmula que sintetizó la contradicción de esa época fue: “tenían la doctrina en una palma de la mano y las balas de todos los calibres en la otra”.

La comparación propuesta por Larraquy no es meramente estética. El historiador sitúa el fenómeno en un contexto más amplio de internas que atraviesan al peronismo desde sus orígenes. En su libro reconstruye la guerra interna dentro de la propia derecha peronista y el complejo entramado de los “leales”, sobre los que Perón se recostó durante su tercer gobierno pero que progresivamente se le fueron de las manos, desembocando en la institucionalización de la violencia paraestatal encarnada en la Triple A. La tesis de fondo es que los paralelismos discursivos entre el presente y la década de 1970 no deben leerse como una equivalencia de programas políticos, sino como la evidencia de una continuidad en la cultura política autoritaria que se expresa en el lenguaje. El vocabulario, según esta lectura, funciona como un marcador histórico que revela filiaciones ideológicas que trascienden las superficies programáticas.

La trayectoria de Larraquy respalda la densidad de sus afirmaciones. El autor, nacido en 1965, es historiador, periodista y guionista. Entre sus catorce libros se cuentan títulos de referencia sobre la violencia política argentina: “López Rega. El peronismo y la Triple A”, “Argentina. Un siglo de violencia política”, “Fuimos soldados”, “Primavera sangrienta”, “Los días salvajes” y “La guerra invisible. El último secreto de Malvinas”. También es coautor, junto a Roberto Caballero, del bestseller “Galimberti. De Perón a Susana, de Montoneros a la CIA”. Su obra ha sido editada en España y México, y su figura forma parte de una generación de investigadores que, desde los ochenta, ha impulsado un revisionismo crítico sobre la experiencia de la lucha armada y el terrorismo de Estado.

El impacto de esté lanzamiento editorial trasciende las páginas del libro. La serie basada en la primera novela de Larraquy, protagonizada por Rodrigo de la Serna y dirigida por Pablo Trapero y Pablo Fendrik, se estrenará en Netflix durante el segundo semestre del año, lo que podría multiplicar el alcance de estas discusiones en el debate público. En este contexto, la advertencia del historiador adquiere un valor documental: los lenguajes políticos no son neutrales, y su genealogía puede rastrearse con precisión. La memoria de los setenta, en la Argentina contemporánea, vuelve a interpelar al presente a través de una novela sobre un delincuente devenido jefe de campo de concentración. Gordon, aquel hombre que quizás recorría la avenida Santa Fe en dirección a su casa de San Isidro con la sangre de sus víctimas aún fresca, sigue siendo, como advierte Larraquy, un espejo incómodo para pensar las continuidades discursivas de la política argentina.

La publicación de “Gordon. El aniquilador” representa así un acontecimiento que articula tres planos: la reconstrucción literaria de una figura criminal paradigmática, el aporte historiográfico sobre la violencia política de los setenta y un debate vigente sobre los ecos de ese lenguaje en el presente. La conclusión informativa que se desprende de la entrevista es que el propio Larraquy asume esa triple función con plena conciencia. El cierre del diálogo con Clarín no deja margen para la ambigüedad: “El vocabulario de Milei es el de la derecha peronista de los setenta”. Una afirmación que, más allá de su potencia polémica, apunta a restablecer un vínculo histórico que el debate político argentino suele desestimar: la memoria no es solo un archivo del pasado, sino también un instrumento de lectura del presente.

La trayectoria de Gordon, desde sus primeros golpes delictivos en los años cincuenta hasta su condena en 1986 a 16 años de prisión por los asesinatos del abogado Silvio Frondizi y del diputado Rodolfo Ortega Peña, y su muerte en 1987 mientras cumplía esa sentencia, constituye un archivo de las intersecciones entre el delito, el Estado y la política que Larraquy explora con rigor documental. Esa misma intersección es la que sugiere al trazar el puente discursivo con el presente. La novela, en definitiva, no cierra sobre sí misma: abre un interrogante sobre cómo se nombra al adversario político, sobre las continuidades del lenguaje autoritario y sobre el valor de la historia como herramienta de interpretación. En un país donde los setenta siguen siendo territorio de disputa, la apuesta de Larraquy es política tanto como literaria: demostrar que las palabras también tienen memoria.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *