Cultura

Luis Müller y el legado de Amancio Williams: cuando la invención se convierte en proyecto de vida

Durante años, la figura de Amancio Williams (Buenos Aires, 1913-1989) quedó atrapada en un relato incompleto: el del arquitecto visionario que construyó poco, reducido casi exclusivamente a su obra maestra, la Casa sobre el Arroyo en Mar del Plata. Esa lectura parcial, instalada en la historiografía, comenzó a resquebrajarse cuando el arquitecto y doctor Luis Müller se sumergió en los documentos que la familia Williams custodiaba en las oficinas de Lece Construcciones S.A., en Buenos Aires. Lo que Müller encontró allí no era el archivo de un hombre que fantasía con proyectos imposibles, sino el registro sistemático de un proceso creativo obsesivo, metódico y profundamente original.

El resultado de esa investigación, que primero fue tesis doctoral en la Universidad Nacional de Rosario y luego se convirtió en el libro «Amancio Williams. La invención como proyecto» (Ediciones UNL y UNQ, 2025), propone un giro radical: leer toda la trayectoria de Williams no como una suma de inventos dispersos, sino como un único gran proyecto donde la invención misma era el motor constitutivo. Müller, magíster en Ciencias Sociales y doctor en Arquitectura, profesor titular consulto de la Universidad Nacional del Litoral, accedió al archivo completo antes de que la familia decidiera donarlo al Canadian Centre for Architecture (CCA) de Montreal, la única institución que garantizó su conservación como un todo orgánico: desde fotografías personales hasta los estudios sobre edificios de estructuras colgantes y el proyecto de una ciudad para la Antártida.

La investigación de Müller se centró en comprender la génesis de la creatividad de Williams. Para ello, reconstruyó su marco formativo: las suscripciones a revistas técnicas internacionales, sus estudios de ingeniería en la Universidad de Buenos Aires (1931-1934), que abandonó para dedicarse a la aviación, y su posterior ingreso a la Facultad de Arquitectura en 1938, de la que egresó en 1941. Ese tránsito por la aviación no fue una digresión menor: ver el mundo desde el aire le permitió a Williams pensar la arquitectura en el espacio, despegada del suelo, más aérea. En 1941 se casó con Delfina Gálvez Bunge, compañera de facultad, con quien formó un taller que funcionó como un verdadero instituto de experimentación. Entre 1943 y 1952 surgieron todas sus ideas fundacionales.

«Toda la obra de Williams es una sucesión de invenciones», afirma Müller en diálogo con Clarín. Pero el investigador dio vuelta los términos: si cada proyecto de Williams es una invención, entonces todo su proceso es un proyecto en el cual la invención es constitutiva. Eso significa que Williams abordaba cada problema de arquitectura desde el grado cero, como si nunca hubiera sido trabajado antes. No se trataba de originalidad por capricho, sino de una metodología donde la experimentación sistemática generaba problemas que quizás nadie había visto hasta que él los hacía evidentes a través de una solución posible.

Los proyectos que salieron de ese taller lo demuestran con contundencia. En 1942, apenas un año después de graduado, concibió las «Viviendas en el espacio», un conjunto de viviendas colectivas de renta en el barrio sur de Buenos Aires que proponía liberar el suelo elevando las construcciones. En 1943 comenzó la construcción de la Casa sobre el Arroyo, terminada en 1945, donde aplicó su interpretación de la modernidad: formas en el espacio, mínimo contacto con el suelo y uso integral del hormigón armado. La estructura, planteada en tres dimensiones, es considerada el primer intento de una estructura verdaderamente tridimensional que funciona como un conjunto armónico integral, no como piezas yuxtapuestas. El error de construcción fue de menos de 0,5 centímetros. Williams realizó 120 viajes de ida y vuelta entre Buenos Aires y Mar del Plata —900 kilómetros cada uno— y acumuló 430 días de inspección directa de la obra.

En 1945 proyectó el Aeropuerto de Buenos Aires sobre el río, una isla artificial en el Río de la Plata con pistas de aterrizaje construidas como losas macizas apoyadas sobre pilares gigantes incrustados en el lecho del río. La conexión con la ciudad se resolvía mediante una plataforma bajo la cual colgaban todos los servicios y circulaciones del aeropuerto. Un año después, en 1946, diseñó el Edificio Suspendido de Oficinas, una torre de 115 metros de altura en el centro de Buenos Aires que es considerada uno de los primeros casos en la historia de la arquitectura de una torre con estructura colgada. Cuatro columnas de hormigón armado sostenían dos vigas principales de las que pendían tensores de acero que sujetaban cuatro bloques metálicos independientes: tres de ocho pisos destinados a oficinas y uno de cuatro pisos para usos recreativos. El primer bloque comenzaba a 18 metros del suelo, liberando completamente la planta baja para la ciudad. El proyecto impresionó fuertemente a Le Corbusier, quien reconoció en él un planteo totalmente nuevo de arquitectura.

El libro de Müller también ilumina aspectos poco conocidos de la producción de Williams, como los Tres Hospitales en Corrientes (1948-1953), un proyecto del que se conservan más de 700 planos, cómputo y presupuesto listos para licitar. Allí aplicó un sistema de bóvedas cáscara como cubierta elevada que servía de parasol y estructura al mismo tiempo. Más tarde, entre 1980 y 1983, el Ejército argentino le encargó el diseño de la primera ciudad en la Antártida, un proyecto que sintetizaba décadas de investigación urbana aplicando las cuatro funciones de la Carta de Atenas: habitar, trabajar, recrear y circular.

Las implicancias de esta investigación trascienden la biografía de un arquitecto. Müller demuestra que el caso Williams obliga a repensar la relación entre proyecto y construcción en la arquitectura moderna. «Que las ideas también se construyen. La concreción es importante, pero las búsquedas, las exploraciones, son igualmente valiosas», sostiene el investigador. En un contexto donde la profesión arquitectónica está presionada por la inmediatez de la demanda, el legado de Williams plantea un desafío: encontrar nuevos modos de relación entre la experimentación proyectual y las necesidades reales de la sociedad.

El archivo de Williams, hoy en el CCA de Montreal, contiene más de 80 proyectos documentados a través de dibujos, maquetas, fotografías y correspondencia. La red de relaciones que evidencian esas cartas incluye a Le Corbusier, Walter Gropius —con quien proyectó la Embajada de Alemania en Buenos Aires en 1968— y numerosas figuras del ámbito institucional y político argentino. La conservación de esas cartas, tanto enviadas como recibidas, muestra que para Williams la correspondencia no era un gesto nostálgico sino una herramienta de trabajo, parte integral de su método de difusión de ideas.

El libro de Müller, prologado por el arquitecto Jorge Francisco Liernur y comentado por los doctores Anahí Ballent (UNQ) y Joaquín Medina Warmburg (Karlsruhe Institute of Technology), se inscribe en la colección «Las ciudades y las ideas» que dirigen Adrián Gorelik y Anahí Ballent. En la presentación en Buenos Aires estuvieron presentes los hijos de Williams, Pablo y Claudio, en un espacio de debate que, según los asistentes, fue «acalorado y controversial» sobre la vigencia de la invención como motor del proyecto arquitectónico. La obra de Müller no cierra el debate: lo abre al demostrar que, en el caso de Amancio Williams, la invención no fue un accidente ni un destello de genialidad, sino un programa de trabajo sostenido durante cinco décadas.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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