Hay libros que no solo se leen: se habitan, se comparten y, sobre todo, se escuchan en la voz de otro. Eso es precisamente lo que propone Natalia Zito, escritora y licenciada en Psicología, al recomendar «Las cosas que odio y otras exageraciones» de Ana María Shua como un libro para leer con los chicos. Publicado originalmente en 1998 por Santillana y reeditado en múltiples ocasiones —con ilustraciones de O’Kif-MG—, este poemario infantil propone un catálogo lírico de pequeñas grandes miserias cotidianas: odiar que te acaricien la cabeza, que te escriban mal el apellido, la fruta entera salvo las cerezas, los árboles porque tienen arañas y las películas dobladas en España. La propuesta de Shua no es ingenua: opera sobre una emoción primaria que la literatura infantil tradicionalmente ha evitado. El odio, en su versión doméstica y desmesurada, se convierte en el vehículo para que los niños accedan a la poesía sin mediaciones solemnes.
Natalia Zito no es una recomendadora casual. Con una trayectoria que cruza el psicoanálisis, la docencia y la narrativa, sabe de qué habla cuando habla de palabras. Es licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires, autora de los cuentos de «Agua del mismo caño» (Enero Editorial, 2024), del ensayo «Traidores» (Tilde), y de las novelas «Rara» (2019) y «Vos» (2023), ambas publicadas por Planeta Emecé. Su obra narrativa explora la fragilidad emocional, la tensión cotidiana y las formas sutiles de la violencia íntima. Además, coordina el taller de lectura y escritura «Escribir con otros», enseña en la escuela EntrePalabras y en la Universidad de San Isidro, y ha dictado talleres en el Laboratorio FILBA y en la Fundación La Balandra. Sus artículos han aparecido en medios como JotDown (España), Firmament (Estados Unidos), Clarín, Infobae y Anfibia.
Pero si Zito es hoy una figura de repercusión pública, ello se debe en buena medida al fenómeno cinematográfico que envolvió su trabajo. «27 noches», la película dirigida y protagonizada por Daniel Hendler, basada en su novela homónima de 2021, fue estrenada en septiembre de 2025 durante el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, donde compitió por la Concha de Oro en la sección oficial. Llegó a los cines argentinos en octubre de ese mismo año y se incorporó al catálogo global de Netflix el 17 de octubre de 2025. El film, protagonizado por Marilú Marini, narra la historia de Martha Hoffman, una excéntrica y adinerada mecenas de 83 años que es internada en una clínica psiquiátrica por pedido de sus hijas bajo un supuesto diagnóstico de demencia. Detrás de la ficción late un caso real: el de Natalia Kohen, artista plástica y escritora mendocina que en 2005 fue internada contra su voluntad en el Instituto de Neurociencias Buenos Aires (INEBA) con un diagnóstico firmado por el neurólogo Facundo Manes. Años después, la Justicia determinó que Kohen no sufría ninguna patología psiquiátrica que justificara su internación, y le fueron restituidos sus bienes y derechos. Sus propias hijas terminaron pidiéndole disculpas públicamente.
Frente a este vértigo de lo audiovisual —la velocidad de las plataformas, el impacto inmediato de la imagen—, Zito elige detenerse en el libro de Shua y hacerlo desde una convicción que entrelaza su formación clínica con su práctica literaria. «Nos hemos reído a carcajadas —dice sobre la experiencia de leerlo con sus hijos— porque tiene esa magia de la literatura: en medio de risas y odios no solo acerca naturalmente la poesía a los niños, sino que transmite algo que me hubiera venido bien saber cuando era chica: que la literatura también sirve para odiar, que odiar es parte del asunto y que eventualmente se puede hacer algo bello con eso». La observación es precisa y no menor: en una cultura que suele pedagogizar la infancia y endulzar la literatura infantil, Shua —y Zito al elegirla— proponen un gesto contrahegemónico. La poesía no es solo consuelo: es también un espacio para nombrar lo que incomoda.
El libro se estructura en dos partes claramente diferenciadas. La primera, «Las cosas que odio», enumera con humor corrosivo todo aquello que desagrada a los niños: desde bañarse hasta ir al dentista, pasando por los pellizcos en las mejillas y los viajes en auto. La segunda, «Los exagerados», presenta una galería de personajes estrafalarios a quienes les ocurren situaciones inverosímiles, como una niña que pierde las orejas por olvidadiza o alguien que da la vuelta al mundo a causa de un resbalón. Este pasaje de la queja a la hipérbole —de lo doméstico a lo desbordado— funciona como un mecanismo de liberación: la literatura permite exagerar el malestar hasta volverlo reconocible y, finalmente, compartible. Leer en voz alta, en este contexto, no es un acto menor. Diversos estudios sobre alfabetización temprana coinciden en que la lectura compartida en el hogar estimula el desarrollo cognitivo, fortalece los lazos afectivos y genera una actitud positiva hacia los libros. Pero Zito va más allá: lo que ocurre en la lectura en voz alta de poesía infantil no es solo aprendizaje, sino construcción de un lenguaje emocional común.
«La velocidad de esos medios virtuales es distinta de la realidad —reflexiona Zito al contrastar el cine con la literatura— y para soportar la realidad, para crecer, hace falta ser capaz de construir y confiar en tiempos prolongados, saber tirar la caña lejos y esperar». La imagen es contundente: la literatura como paciencia, como pesca de fondo. «Pero a su vez —continúa— para poder esperar hace falta un lugar; no se puede mantener la calma si uno siente que se está quedando afuera. La literatura, en la medida en que es parte del mundo pero a la vez construye un refugio, ofrece ese lugar».
Hay, en la recomendación de Zito, un gesto adicional que vale la pena subrayar. Cuando se le pide que imagine un regalo para la niña que fue, no solo menciona el libro: «Le regalaría una familia en la que la literatura fuera algo importante». La frase condensa una tesis que atraviesa toda su obra y su práctica clínica: la literatura no es un adorno ni un pasatiempo, sino un tejido relacional. Leer con otros —con los hijos, con los alumnos, con los pacientes— no es transmitir información: es crear un mundo compartido donde quepan tanto el odio como la risa, la espera como el hallazgo. «Las cosas que odio y otras exageraciones» es, en ese sentido, mucho más que un libro de poemas para niños: es un dispositivo de vínculo. Y Natalia Zito, desde su doble condición de psicoanalista y narradora, lo sabe mejor que nadie.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
