Una mañana de verano, el cuerpo de una adolescente aparece afuera de un boliche en el barrio porteño de Palermo. Las noticias no tardan en encender los motores de la especulación: «Productora de contenido para OnlyFans. La última vez se la vio salir del lugar junto a un actor famoso de la tele». Así comienza Cuna de brujas (Planeta), la segunda novela de Lala Sosa, un policial coral que despliega sobre la mesa los hilos de la justicia, el poder mediático y la solidaridad entre mujeres.
La trama presenta a Violeta, una estudiante secundaria cuyo sueño era «ser famosa», cuya muerte desencadena una investigación doble. Por un lado, la judicial, encarnada en Amanda, una abogada recién recibida. Por otro, la adivinatoria, ejercida por Estela, la madre bruja de la víctima, reconocida por sus trabajos de adivinación pero incapacitada para usar sus poderes en beneficio propio o de su hija. Esa limitación, lejos de resolverse, se traslada a las tías y a Camila, la hermana pianista que reniega de su linaje familiar, configurando un entramado de búsqueda de verdad que atraviesa toda la novela.
Según explicó Sosa en diálogo con Clarín, la obra nació de un ejercicio académico: «La idea de escribir la novela partió de un taller de escritura policial que estaba haciendo en la Licenciatura en Artes de la Escritura, que es donde me formé, y tenía que escribir un policial para aprobar la materia». Fue entonces cuando surgió el personaje de la bruja que no podía valerse de su don para sí misma ni para su hija, inspirado en una tarotista real que conoció en esa época.
El proyecto, sin embargo, tomó un rumbo más profundo cuando Sosa decidió incorporar elementos de dos causas judiciales reales de la historia reciente argentina. La primera es la de Aldana Salama, joven diseñadora textil de 24 años que murió en la madrugada del 19 de diciembre de 2009 por una sobredosis de cocaína tras haberla consumido, según la autopsia, por primera vez en su vida. Salama había sido compañera de trabajo de la escritora en un call center, y su muerte derivó en un prolongado proceso judicial contra tres DJ’s, imputados finalmente por «abandono de persona seguido de muerte», delito que contempla penas de entre 5 y 15 años de prisión. El juicio recién comenzó en noviembre de 2017, ocho años después del fallecimiento.
La segunda fuente de inspiración es el caso de Rocío Ayelén Artiga, una adolescente de 15 años fallecida en 2016. En declaraciones recogidas por el medio digital Las Brujas que Salem, Sosa señaló que revisó expedientes y encontró en esa causa un diálogo directo con su protagonista Violeta: «Es el caso de una chica que era menor, tenía 15 años, muere en la casa de uno de los… si no recuerdo mal era como un tarjetero, bueno, era gente que trabajaba en el boliche y que le ofrecía droga a cambio de sexo. Ella muere de sobredosis y la llevan a plena luz del día, al mediodía, arrastrándola por el piso y la dejan en la puerta del boliche con los zapatos al lado, y desaparece el celular».
Ambos casos constituyen el andamiaje documental que la autora integra a la ficción. Al cierre del libro, Sosa explicita esa decisión: «Mezclar detalles de ambos casos en la trama de este texto fue una decisión consciente para nombrarlas y evitar que queden reducidas a un expediente o a un titular periodístico. Escribir Cuna de brujas es, para mí, una manera de rendirles homenaje, hacer honor a sus breves vidas y sostener viva su memoria».
La construcción del relato también se apoyó en material teórico. Sosa leyó en paralelo a su proceso de escritura la obra de Franca Basaglia, particularmente su texto Mujer, locura y sociedad, publicado originalmente en 1983 por la Universidad Autónoma de Puebla. El trabajo de la psiquiatra italiana, esposa y colaboradora de Franco Basaglia, analiza la identificación histórica entre la mujer y la naturaleza, considerada diversa y por tanto inferior, y cómo esa construcción cultural opera como origen de la opresión. Para Sosa, ese marco conceptual permitió problematizar la novela en torno a la figura femenina, sus límites y su lugar frente a la institución judicial y mediática.
La columna vertebral del texto es, según la propia autora, la duda. «Me interesaba trabajar la duda porque la de los medios es algo que vemos en todas partes (yo trabajé en medios como productora periodística y como guionista durante casi 10 años y veía cómo se armaba ese discurso) pero a mí lo que me interesaba era trabajar cómo eso repercutía en una casa, porque creo que las dudas puertas adentro hacen que esos medios puedan seguir alimentándose», explicó. Esa dimensión doméstica de la incertidumbre convierte al policial en un dispositivo de crítica cultural que opera tanto hacia afuera, contra la maquinaria del sensacionalismo, como hacia adentro, en la exploración de vínculos filiales y códigos genealógicos que se chocan y se reinterpretan.
La recepción temprana de la obra ha sido elogiosa. La escritora Agustina Bazterrica describió Cuna de brujas como un libro «que muerde, está vivo, respira con pulso propio, sangra». La novela continúa así una trayectoria que en la carrera de Sosa integra la docencia, la dirección de Agenda Feminista —un registro cultural del pensamiento feminista latinoamericano— y una exploración sostenida de los cruces entre la literatura de género, el feminismo y las esferas esotéricas.
Cuna de brujas se inscribe en un momento de auge de narrativas que reivindican la figura de la bruja como símbolo de resistencia histórica frente a los dispositivos de control. La autora lo resume con contundencia: «La lucha de las brujas contra el sistema es histórica, desde la Edad Media hasta la actualidad». En ese sentido, la novela no solo ofrece un dispositivo de entretenimiento policial sino una reflexión sobre cómo se construye socialmente la culpabilidad, cómo operan las etiquetas mediáticas sobre las jóvenes víctimas y bajo qué condiciones la verdad puede ser restituida cuando los canales habituales fallan o se contaminan.
El libro, publicado por Planeta, recupera además la tradición del policial coral, donde cada personaje aporta una capa de lectura al enigma central. La matemática de la duda se resuelve en una combinatoria entre el derecho, el tarot y la memoria familiar, estableciendo un modelo narrativo donde la investigación se despliega de manera complementaria: el método jurídico de Amanda y la visión adivinatoria de las brujas conviven sin anularse, en una fusión que desafía las fronteras del género y proyecta una pregunta abierta sobre la naturaleza de la verdad en contextos de violencia estructural.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
