Cultura

La colonia fantasma: la olvidada presencia española en el Shanghái de 1935 que reconstruye Luis Melgar en su nueva novela

El Shanghái de 1935 era una anomalía histórica. Con casi cuatro millones de habitantes, la ciudad funcionaba como un archipiélago jurisdiccional: la Concesión Internacional —administrada por británicos y estadounidenses—, la Concesión Francesa y la ciudad china propiamente dicha coexistían sin una autoridad unificada. En ese laberinto de soberanías superpuestas, donde las leyes cambiaban según la calle que se cruzara y donde el lujo de los clubes privados convivía a pocas manzanas con los fumaderos de opio y las redes de espionaje internacional, también existió una pequeña pero activa comunidad española. Ese es el escenario que el escritor y diplomático Luis Melgar ha reconstruido en ‘La noche cae sobre Shanghái’ (Plaza & Janés, 2026), una novela que se suma a la tradición de thrillers geopolíticos con base documental sólida y que ya ha sido presentada en Casa Asia en Madrid.

Melgar, destinado en Pekín entre 2019 y 2026 como consejero de Derechos Humanos en la Embajada de España y luego en la delegación de la Unión Europea, no es un escritor que fabula desde la distancia. Durante siete años tuvo acceso a archivos, recorrió los escenarios originales —desde el Club Paramount hasta el frontón de jai alai— y conoció de primera mano los vestigios de aquella presencia hispana en la ciudad. El resultado es una obra de 464 páginas que sitúa su trama en la noche de San Juan de 1935, durante una recepción en el Consulado de España en Shanghái, cuando dos disparos interrumpen la celebración y un aristócrata ruso cae muerto ante los invitados. A partir de ahí, tres personajes españoles —una fotógrafa hispanofilipina, un heredero del imperio cervecero San Miguel y un pelotari vasco— se ven envueltos en una conspiración que conecta los intereses de las potencias en Asia con la inminente Guerra Civil española.

Lo que distingue a esta obra no es únicamente su trama de espionaje, sino el piso documental sobre el que se asienta. La presencia española en Shanghái durante las primeras décadas del siglo XX fue, aunque numéricamente reducida, sorprendentemente influyente en ciertos sectores. España no tuvo una concesión propia en China, a diferencia de británicos, franceses o japoneses, pero sí gozó de extraterritorialidad: el cónsul español podía aplicar la ley española a sus nacionales en suelo chino. La comunidad estaba compuesta principalmente por diplomáticos, comerciantes vinculados al comercio de Filipinas y, notablemente, un grupo de pelotaris vascos que habían llegado para jugar en los frontones de la ciudad. El frontón de Shanghái, inaugurado en 1929, tenía capacidad para 3.000 espectadores y empleaba a 4.000 personas, con una plantilla estable de pelotaris vascos contratados por temporadas completas. Entre ellos destacó José Garate, medalla de oro en la exhibición de pelota vasca de los Juegos Olímpicos de París de 1924, quien jugó en Shanghái hasta 1939.

Pero la huella española iba más allá de la cesta punta. Dos figuras resultan particularmente relevantes para entender la profundidad de aquella presencia. El arquitecto Abelardo Lafuente García-Rojo, nacido en Fuentidueña de Tajo (Madrid) en 1871, fue el único arquitecto español registrado en Shanghái. Establecido en la ciudad entre 1913 y 1931, introdujo los estilos neomudéjar y neomorisco en China. Su obra más emblemática fue la mansión de verano del empresario Antonio Ramos Espejo, en la calle Duolun, una réplica de la Alhambra de Granada que sigue en pie. Ramos Espejo, por su parte, merece un capítulo aparte: este granadino que emigró a Filipinas y luego a Shanghái es considerado el padre del cine en China. En 1908 remodeló la sala Hongkew, considerada el primer cine del país, y llegó a crear una productora con directores y actores chinos. En 1927, vendió todas sus propiedades en Shanghái y regresó a España para construir, entre otros edificios, el cine Rialto de la Gran Vía de Madrid. La conexión entre ambas figuras —Lafuente y Ramos— revela una red de influencias que el propio Vicente Blasco Ibáñez documentó en su libro ‘La vuelta al mundo de un novelista’ (1924), donde ya mencionaba al arquitecto como ‘el millonario’ de la colonia española.

El año escogido por Melgar para su novela —1935— tampoco es arbitrario desde el punto de vista histórico. Shanghái vivía entonces un momento de tensión contenida. La presión japonesa sobre China se intensificaba: en 1931 había caído Manchuria, y en 1932 se produjo el incidente del 28 de enero en la propia Shanghái, cuando tropas japonesas bombardearon la zona de Zhabei. Para 1935, la comunidad japonesa en la Concesión Internacional superaba los 20.000 residentes —más de la mitad de los extranjeros censados—, concentrados estratégicamente en Hongkou. La administración de la Concesión Internacional comenzaba a incluir directores japoneses en su concejo municipal, mientras el ejército imperial se preparaba para la ofensiva que desembocaría, en agosto de 1937, en la batalla de Songhu y la ocupación de la ciudad. Los datos concretos dibujan la magnitud del cambio: en 1936, la concesión japonesa de facto ya operaba en los distritos norte y este, y para 1937 el 70% del área quedaría gravemente dañada por los combates entre el ejército chino y las fuerzas niponas.

En ese contexto de fragilidad, la comunidad española de Shanghái operaba en condiciones singulares. Sin el respaldo territorial de una concesión propia, dependía del estatuto de extraterritorialidad y de las redes personales tejidas entre diplomáticos, empresarios y emigrantes. El club social de referencia era el Restaurante Sevilla, donde los españoles se reunían. Melgar ha declarado que su novela, aunque ficcional, construye una conspiración ‘creíble’ en ese entorno: un plan para financiar el golpe de Estado de 1936 desde Shanghái, utilizando las rutas de comercio y los flujos de capital que cruzaban la ciudad. ‘En una ciudad como Shanghái, donde se estaba juntando todo lo que había en el mundo, ¿por qué no?’, ha respondido el autor cuando se le ha preguntado por la verosimilitud de la trama.

Las implicancias de esta obra trascienden lo literario. La novela funciona como un ejercicio de memoria histórica sobre una presencia española que apenas ha recibido atención académica. Mientras que la colonia británica, francesa o japonesa en Shanghái ha sido extensamente documentada, la contribución española —desde la arquitectura de Lafuente hasta la industria cinematográfica de Ramos— permanece como un capítulo marginal en la historiografía. La investigación del arquitecto Álvaro Leonardo Pérez, que redescubrió la figura de Lafuente en 2009 y la presentó en la Expo Universal de Shanghái de 2010, ha sido uno de los pocos trabajos sistemáticos sobre el tema. La novela de Melgar, al popularizar esta historia, abre una puerta para que el público general acceda a una narrativa que conecta la Guerra Civil española con la geopolítica asiática, cruzando dos conflictos que rara vez se analizan en conjunto.

Melgar también ha señalado que la obra contiene una reflexión sobre el presente. ‘Hoy estamos en un teatro internacional donde no hay ni buenos ni malos, y donde, como en el Shanghái de aquella época, el orden mundial está a punto de cambiar’, ha declarado. La afirmación cobra densidad si se considera que la novela se publica en un momento en que las tensiones entre China, Estados Unidos y las potencias regionales han reavivado el debate sobre la estabilidad del sistema internacional en el Pacífico. Shanghái, aquel ‘experimento’ de convivencia forzada entre extranjeros, volvió a ser noticia en 2022 durante los confinamientos masivos que pusieron en pausa a la ciudad más dinámica de China. El paralelismo entre una metrópoli fracturada por concesiones extranjeras en los años treinta y una metrópoli globalizada pero sometida a controles estatales en el siglo XXI es, cuando menos, sugerente.

En definitiva, ‘La noche cae sobre Shanghái’ no es solo un thriller de espionaje con ambientación histórica. Es, ante todo, una obra que demuestra cómo la ficción bien documentada puede llenar los vacíos que la historiografía oficial ha dejado. La pequeña colonia española que habitó el Shanghái de los años treinta —formada por diplomáticos, arquitectos, empresarios del cine y pelotaris vascos— encuentra en las páginas de Melgar un registro que trasciende el mero dato anecdótico. En una ciudad donde la autoridad cambiaba según la calle y donde las leyes se doblaban ante los intereses comerciales, aquellos españoles construyeron una presencia que, aunque efímera, dejó huellas visibles en edificios que aún pueden recorrerse. La novela, con sus 464 páginas de intrigas cruzadas, no solo entretiene: restituye un fragmento de la memoria colectiva que el tiempo y la distancia habían diluido.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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