La Antártida, a menudo imaginada como un territorio virgen e inerte, es en realidad un espacio intensamente construido a lo largo de más de dos siglos. Lejos de la imagen romántica de una geografía inmaculada, el continente blanco emerge como un laboratorio donde la arquitectura opera simultáneamente como refugio vital, soporte de infraestructura y dispositivo de soberanía. En el marco del eje HABITAR de la XX Bienal Internacional de Arquitectura de Buenos Aires, el Pabellón de exposiciones temporarias del Museo Nacional de Bellas Artes presenta «Habitar lo Extremo: Una biografía arquitectónica de la Antártida». Curada por la arquitecta y magíster Violeta Nuviala y la doctora en arqueología Victoria Nuviala, a partir de la investigación desarrollada por el colectivo 6044 SUR, la muestra propone desmontar la narrativa del «continente vacío» para develar cómo la arquitectura dio sustento al habitar humano.
A través de un recorrido en capas históricas, la propuesta aborda la Antártida desde la investigación espacial pero también geográfica, biológica y ambiental. La muestra, que se extiende hasta diciembre de 2026, incluye maquetas, planos históricos, fotografías y testimonios de quienes habitaron las bases. Según los organizadores, el objetivo es comprender cómo el diseño arquitectónico en condiciones extremas no solo permite la supervivencia, sino que también construye identidad y presencia nacional en un territorio regulado por el Tratado Antártico.
La escala de la supervivencia: de la cabaña a la base
En sus orígenes, la presencia humana en el Polo Sur se redujo a la mínima expresión del cobijo. «No es posible la vida humana fuera de un refugio habitable», señala Violeta Nuviala. Y agrega que «una de las grandes dificultades de la Antártida desde los primeros exploradores hasta la actualidad es cuidar la salud mental. Durante muchos meses no sale el sol. Y la falta de sol vuelve muy complicada la vida cotidiana». La muestra recrea a escala 1:2 la planta de una de las primeras cabañas documentadas en el filme The Home of the Blizzard, basado en el relato de 1915 escrito por el explorador australiano Sir Douglas Mawson sobre la Expedición Antártica Australasiática de 1911 a 1914. En estos espacios, la arquitectura debía resolver la subsistencia bajo temperaturas extremas (que según agregó Victoria pueden alcanzar los -89 °C) y la contención ante los vientos catabáticos, que pueden superar los 300 km/h.
La evolución de los refugios antárticos refleja un cambio de paradigma. Mientras que las primeras cabañas eran estructuras de madera y lona, diseñadas para expediciones temporales, hacia la década de 1950 el llamado «silencio antártico» europeo contrastó con la presencia ininterrumpida de Argentina (con bases operativas desde 1904), Chile y Estados Unidos. La necesidad geopolítica de establecer una huella permanente transformó las tipologías habitacionales. «Nos gusta nombrarlo como construir permanencia. Ya hay una intención de las naciones no de ir a explorar y volverse, sino de ir y quedarse. La arquitectura es el elemento para construir soberanía», define Violeta Nuviala.
Las hermanas Nuviala cuentan que en este período surgieron bases que llegaron a albergar hasta 2.000 personas. Aparecieron infraestructuras pesadas con estructuras de hormigón y metal de difícil fraguado in situ. Luego, con el establecimiento de población semi-permanente (aclaran que no pueden quedarse más de un año), la arquitectura incorporó funciones sociales y comunitarias: las primeras iglesias y equipamientos deportivos (que hoy incluyen hasta un gimnasio de una reconocida cadena) para reproducir las prácticas cotidianas. Este proceso no fue lineal: las bases argentinas, por ejemplo, como la Base Esperanza (fundada en 1952) incorporaron familias con niños, un hecho inédito que llevó a la creación de la primera escuela antártica en 1978.
Contexto histórico y geopolítico
La historia de la arquitectura antártica está indisolublemente ligada a la geopolítica. El Tratado Antártico, firmado en 1959 y en vigor desde 1961, congeló las reclamaciones territoriales y estableció el uso pacífico del continente. Sin embargo, las bases siguen siendo herramientas de presencia y prestigio. Argentina, con seis bases permanentes y siete temporarias, es uno de los países con mayor infraestructura en la región. La Base Marambio, inaugurada en 1969, fue pionera en el uso de pistas de aterrizaje para aviones de gran porte, lo que facilitó la logística y la investigación científica.
En las últimas décadas, la preocupación ambiental llevó a rediseñar las bases bajo criterios de sostenibilidad. La Base Belgrano II, reconstruida en 1979, y la Base San Martín, inaugurada en 1951, han sido objeto de mejoras para reducir el impacto ambiental. En 2015, la Argentina inauguró la Base Petrel, que funciona como puerta de entrada a la península antártica y cuenta con energía solar y eólica. Estos avances no solo responden a exigencias del Protocolo de Madrid (1998), que designa a la Antártida como reserva natural, sino que también posicionan al país como referente en tecnología polar.
La muestra «Habitar lo Extremo» también aborda el papel de la mujer en la Antártida. Si bien las primeras expediciones fueron exclusivamente masculinas, a partir de la década de 1970 se incorporaron científicas y militares. En 1997, la argentina Irene Schloss se convirtió en la primera mujer en invernar en la Base Esperanza. Hoy, la presencia femenina es significativa en las bases de varios países, aunque aún persisten desafíos de equidad.
Implicancias para el futuro
El estudio de la arquitectura antártica ofrece lecciones para el diseño de hábitats en condiciones extremas en otros planetas o en regiones afectadas por el cambio climático. Los principios de aislamiento térmico, autosuficiencia energética, gestión de residuos y confort psicológico son aplicables a futuras colonias en Marte o la Luna. De hecho, la NASA y la ESA han colaborado con programas antárticos para simular condiciones de aislamiento prolongado. La Estación Concordia, operada por Francia e Italia en el Polo Sur, es un ejemplo de cooperación internacional y diseño modular que sirve como modelo para misiones espaciales.
En el ámbito local, la experiencia antártica ha impulsado el desarrollo de tecnologías de construcción en climas fríos, aplicables a la Patagonia argentina. Empresas como INVAP, con sede en Bariloche, han participado en el diseño de sistemas de energía renovable para bases antárticas, y sus innovaciones se han transferido a otras regiones. Además, el turismo antártico, que creció exponencialmente en las últimas décadas, plantea nuevos desafíos para la infraestructura y la conservación. En la temporada 2024-2025, más de 100.000 turistas visitaron el continente, según la Asociación Internacional de Operadores Turísticos Antárticos (IAATO), lo que exige instalaciones capaces de recibir visitantes sin dañar el ecosistema.
Conclusión
La Antártida no es un continente vacío, sino un territorio construido donde la arquitectura ha sido fundamental para la supervivencia y la afirmación de soberanía. La muestra «Habitar lo Extremo» evidencia que estos dos siglos de experimentación en el lugar más inhóspito del planeta no solo cuentan la historia de la presencia humana en el Polo Sur, sino que ofrecen un banco de pruebas para los desafíos del hábitat futuro. Desde las cabañas de madera hasta las bases inteligentes, la arquitectura antártica demuestra que la adaptación a condiciones extremas es posible mediante el diseño innovador y la cooperación internacional. En un contexto de cambio climático y expansión espacial, las lecciones de la Antártida cobran renovada relevancia.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
