A los 90 años, Georgina Spelvin sigue siendo una figura ineludible para entender la Edad de Oro del cine para adultos.
Su rostro no encajaba en los moldes clásicos de la belleza hollywoodense. Tampoco su físico era el de una pin-up convencional. Sin embargo, Georgina Spelvin se convirtió en el emblema del ‘porno chic’ —ese breve período de los años 70 donde la pornografía buscó legitimidad artística y cruce con el cine de autor— gracias a su interpretación en ‘El diablo en la Señorita Jones’ (1973), dirigida por Gerard Damiano.
Damiano, un ex peluquero del Bronx, ya había dado el batacazo un año antes con ‘Garganta profunda’, la película que convirtió a Linda Lovelace en un fenómeno mediático. Pero con ‘El diablo en la Señorita Jones’ buscó algo más: una narración con estructura teatral, música de Ennio Morricone y un guion que exploraba la culpa, el deseo y la redención a través de la lujuria.
La historia es conocida: Justine Jones, una mujer solitaria y suicida, recibe del diablo la oportunidad de rehacer su vida, pero a cambio debe entregarse sin reservas al placer carnal. La película se estrenó en salas comerciales y fue reseñada por críticos que la comparaban con las obras de Bergman o Fellini. En las revistas de la época, las encuestas colocaban a Spelvin como «mucho más seductora que Linda Lovelace», según los lectores.
Lo curioso es que Spelvin no era actriz en ese momento. Era la cocinera del set. La protagonista original había sufrido una inflamación en una muela y quedó fuera del rodaje. Damiano, desesperado, pidió a la encargada del catering que hiciera una prueba. Ella aceptó. Y nació un ícono.
«No creo que estuviéramos haciendo una declaración política con nuestros fuck-films», dijo Spelvin años después. «¿Cien dólares por día? Ahí voy».
El contexto sociocultural de la época es clave. A principios de los 70, el cine para adultos comenzaba a salir de los sótanos para proyectarse en salas de barrio. ‘Garganta profunda’ y ‘El diablo en la Señorita Jones’ lograron lo impensable: críticas favorables de personalidades como Norman Mailer —que comparó a Damiano con Francis Ford Coppola— y el apoyo público de Jack Nicholson, Warren Beatty y Shirley MacLaine.
El crítico de cine Roger Ebert escribió que la película de Damiano «no es solo pornografía, es una obra sobre la soledad y el arrepentimiento». El New York Times la definió como «un experimento fallido pero fascinante». Mientras tanto, la recaudación superó los 20 millones de dólares en taquilla, una fortuna para la época.
El término ‘porno chic’ fue acuñado por la prensa para describir este fenómeno donde el cine adulto era consumido por intelectuales, artistas y celebridades. Se organizaban fiestas privadas donde se proyectaban estas películas. Incluso se llegó a hablar de una posible nominación al Oscar para ‘Garganta profunda’, algo que nunca ocurrió.
Spelvin, sin embargo, siempre mantuvo una distancia irónica con su propia fama. «No tenía una cara especialmente bella», se definió. Su carrera posterior incluyó más de 40 películas para adultos, pero ninguna alcanzó el impacto de su debut.
Damiano murió en 2008 a los 80 años. Linda Lovelace falleció en 2002 tras una vida marcada por el abuso y el activismo antipornografía. Pero Spelvin sobrevive. Hoy, a sus 90 años, vive en una casa modesta en California y sigue dando entrevistas donde recuerda con humor aquellos años.
El legado de ‘El diablo en la Señorita Jones’ sigue dividiendo opiniones. Para algunos, es una obra de arte subversiva. Para otros, un capítulo vergonzoso de la cultura pop. Pero lo que nadie discute es su impacto: en 2015, la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos seleccionó la película para su preservación en el National Film Registry por ser «cultural, histórica o estéticamente significativa».
Spelvin no se arrepiente de nada. «Hice lo que quería hacer», suele repetir. «No le debo explicaciones a nadie».
El caso de Georgina Spelvin también es representativo de cómo la industria del cine para adultos se relacionó con el cine mainstream. A diferencia de lo que ocurriría décadas después, donde la pornografía fue empujada a los márgenes digitales, en los 70 hubo un fugaz momento de convergencia. Las salas proyectaban películas para todos los públicos y luego, en horario nocturno, las XXX. Los críticos de los grandes diarios escribían reseñas serias. Las revistas como Playboy y Penthouse publicitaban los estrenos.
Esa era dorada duró poco. A finales de los 70, la aparición del video doméstico, la presión conservadora y la saturación del mercado terminaron con el porno chic. Pero la figura de Spelvin quedó inmortalizada como la cocinera que se convirtió en estrella.
Hoy, cuando se cumplen 53 años de su debut, el nombre de Georgina Spelvin sigue apareciendo en retrospectivas, documentales y homenajes. Es la prueba viva de que, en el cine, el azar y el talento pueden cruzarse de la manera más inesperada.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
