Hay libros que llegan cuando uno ya es adulto y, sin embargo, producen la extraña sensación de haber sido escritos para el niño que fuimos. Algo de eso ocurre con la elección que la escritora argentina Elsa Osorio comparte en esta recomendación: si pudiera regresar al pasado y dejar un libro en las manos de su yo infantil, ese sería ‘Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar’, del chileno Luis Sepúlveda.\n\nLa elección no es casual ni sentimental. Osorio, autora de novelas que han transitado los territorios más complejos de la memoria histórica y la identidad —como ‘A veinte años, Luz’ (1998), obra pionera en abordar el robo y la apropiación de niños durante la última dictadura cívico-militar argentina—, encuentra en esta fábula infantil una potencia narrativa que trasciende generaciones. ‘Le regalaría La historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar de Luis Sepúlveda, que tanto me hubiera gustado leer o que me contaran de chica’, confiesa. Y la razón no es únicamente literaria: hay en ese libro un graznido que une a todas las gaviotas del mundo, un lenguaje que cruza fronteras y que, en palabras de Osorio, funciona como ‘palabras anudadas para un mundo entero’.\n\nPublicada en 1996 por Tusquets Editores, la novela de Sepúlveda —subtitulada ‘Una novela para jóvenes de 8 a 88 años’— narra la historia de Zorbas, un gato ‘negro y gordo’ que asume la promesa de cuidar un huevo de gaviota y enseñar a volar a la cría que de él nazca. La pequeña gaviota, llamada Afortunada por sus amigos felinos, crece en un entorno donde la diferencia no es un obstáculo sino el punto de partida para construir vínculos. ‘Rompe los prejuicios sobre ser diferente con más fuerza y más eficacia que un sesudo ensayo, y lo puede entender un peque’, señala Osorio, desnudando la eficacia política y pedagógica de una obra que, sin perder su condición de relato entrañable, instala preguntas fundamentales sobre la diversidad y el afecto.\n\nLa escritora no oculta su fascinación por el personaje del Humano, una figura que dentro de la novela puede volar no solo con las alas sino con las palabras. ‘A mí, que como adulta gozo y vivo de la palabra, me gustaría mucho ese personaje’, dice. La observación no es menor: Osorio ha construido una carrera literaria en la que el lenguaje ocupa un lugar casi artesanal. En diversas entrevistas ha señalado que dedica un enorme cuidado a cada palabra de sus novelas, revisando pruebas hasta asegurarse de que el texto sea idéntico en todas las ediciones, sin importar el país. ‘Cada palabra es la que el libro necesita’, ha afirmado. Esa obsesión por la precisión lingüística encuentra un eco perfecto en la obra de Sepúlveda, donde cada frase está al servicio de una historia que, siendo simple en apariencia, contiene capas de significado.\n\nPero la recomendación de Osorio no se agota en el libro elegido. Al explicar por qué la lectura sigue siendo un acto irremplazable, la escritura despliega una reflexión que adquiere una relevancia particular en el contexto actual. ‘La lectura da lugar a la imaginación y conecta con las propias emociones; un libro te ayuda a conocerte a vos mismo como ninguna pantalla, por muy realidad virtual que aparezca, porque un libro estimula la vida interior’, sostiene. La afirmación encuentra respaldo en múltiples investigaciones académicas: estudios del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC) han documentado que la lectura en papel favorece una comprensión más profunda que la lectura en pantalla, especialmente cuando se trata de textos extensos. La Organización Mundial de la Salud, por su parte, recomienda que los menores de dos años no tengan exposición a pantallas y que los niños de dos a cuatro años no superen la hora diaria, debido al impacto que los estímulos digitales tienen en el desarrollo de la atención y la empatía.\n\n’Están las palabras y le ponés la imagen que vos ves, algo que nace de palabras y se crea en vos; no es de afuera, no es una pantalla ni una inteligencia artificial que te lo da’, advierte Osorio. La distinción es crucial: mientras que las pantallas entregan imágenes prefabricadas que el espectador consume pasivamente, la lectura exige un acto de construcción activa. El lector debe visualizar escenarios, dotar de rostros a los personajes, imaginar texturas y sonidos. Ese proceso, que los neurocientíficos asocian con la activación de múltiples regiones cerebrales, es lo que distingue a la lectura de cualquier otro consumo cultural. Un estudio de la Universidad de Sussex, citado en publicaciones especializadas, encontró que la lectura reduce los niveles de estrés hasta en un 68 por ciento, superando a la música o a una taza de té.\n\nLa escritora también reivindica un valor que tiende a subestimarse en la era de la hiperestimulación digital: la concentración. ‘El libro entrena la concentración, mientras las pantallas hacen lo contrario’, afirma. Datos de UNICEF refuerzan esta observación: investigaciones sobre el impacto de las pantallas en la primera infancia indican que la exposición constante a estímulos visuales y sonoros afecta la capacidad de atención sostenida. En contraste, la lectura de un cuento en voz alta —o en soledad— obliga al cerebro a mantener el foco durante periodos prolongados, fortaleciendo las conexiones neuronales asociadas con la memoria de trabajo y el control cognitivo.\n\nHay, sin embargo, un matiz que Osorio cuida especialmente: la lectura no debe ser presentada como una obligación. ‘Yo no digo que hay que leer como obligación; digo que es un placer leer y que es una pena que se lo pierdan’, concluye. Esta distinción entre el deber y el deseo es clave para entender por qué ciertos libros logran lo que ningún manual ni plan de lectura obligatoria consigue: que un niño quiera leer no porque le sea impuesto, sino porque ha descubierto en las palabras un territorio de libertad. La recomendación de Osorio no es, en ese sentido, una prescripción, sino una invitación.\n\n’Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar’ fue traducido a más de una veintena de idiomas y adaptado al cine de animación en 1998 por el director italiano Enzo D’Alò, bajo el título ‘La gabbianella e il gatto’. La película, que gozó de gran popularidad en Europa, contribuyó a que la historia de Zorbas y Afortunada llegara a un público aún más amplio. Sin embargo, quienes han leído el libro saben que la experiencia cinematográfica, por lograda que esté, no reemplaza la textura de las palabras originales. En ellas reside la magia que Osorio identifica: la posibilidad de ser, durante unas páginas, una gaviota cuidada por un gato, o un humano que aprende a volar con el lenguaje.\n\nLa trayectoria de Elsa Osorio —Premio Amnesty International, Premio Argentores, autora de novelas como ‘Cielo de Tango’ (2006) y ‘Las cosas que valen la pena’ (2011)— la sitúa como una de las voces más lúcidas de la literatura argentina contemporánea. Su obra, atravesada por las preguntas sobre la identidad, la memoria y la justicia, comparte con la fábula de Sepúlveda una convicción profunda: que las palabras, bien elegidas, pueden cambiar la manera en que entendemos el mundo. Y que un libro, incluso aquel que llega tarde, sigue siendo un regalo necesario.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
