En un artículo publicado en F&M Magazine (septiembre de 2026), los economistas Hanson Rodrik y Sandhu sostienen que el modelo de industrialización orientada a la exportación, que impulsó el crecimiento de Japón, los tigres asiáticos y posteriormente China, ha dejado de ser una ruta viable para los países menos avanzados. La escala laboral, la inversión y el consumo, junto con la velocidad de innovación generada y aplicada por el “último y gran tigre”, impiden que otras naciones reproduzcan ese camino. Este diagnóstico plantea interrogantes decisivos para América Latina: ¿qué podemos producir? ¿qué tipo de trabajadores demanda este nuevo escenario? ¿cómo debe adaptarse la educación? A continuación, se exploran algunas respuestas iniciales.
El contexto histórico de este cambio estructural se remonta a la segunda mitad del siglo XX, cuando Japón primero y luego Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur implementaron políticas de sustitución de importaciones seguidas de una fuerte orientación exportadora. China, desde 1978, replicó ese esquema con una escala sin precedentes: millones de trabajadores rurales migraron a zonas costeras, se construyeron infraestructuras masivas y se atrajeron inversiones extranjeras directas. Ese modelo se basó en salarios bajos, una alta tasa de ahorro y una rápida adopción tecnológica. Sin embargo, según Rodrik y Sandhu, la magnitud de China en el comercio mundial y su capacidad de innovación —que ahora compite en sectores de alta tecnología— han saturado los mercados y elevado las barreras de entrada para los países que intentan seguir sus pasos. La escala laboral china, con una fuerza de trabajo de aproximadamente 780 millones de personas, hace imposible que otro país repita ese patrón de crecimiento basado en exportaciones intensivas en mano de obra.
Ante este nuevo escenario, América Latina debe replantear su estrategia productiva. Si la producción global se reorganiza alrededor de plataformas digitales, minería de datos, comercio electrónico y servicios, los países en desarrollo deberán promover ecosistemas donde grandes empresas eleven la productividad de proveedores locales y microemprendimientos hoy atrapados en la marginalidad. En la región, esto debe complementarse con la explotación de materias primas y sus cadenas de valor cuando sigan siendo competitivas. Por ejemplo, la cadena del litio en Argentina, Bolivia y Chile, o la del cobre en Perú y Chile, pueden generar valor agregado si se desarrollan capacidades tecnológicas y de procesamiento local. ¿Pero qué pasaría si intentamos hacer esto al revés, es decir, priorizar solo la extracción sin encadenamientos productivos? La respuesta es clara: se perdería la oportunidad de crear empleos calificados y de diversificar la matriz exportadora.
Las transformaciones productivas y laborales impactan directamente en el campo educativo, decisivo para la acumulación de capital humano. El desafío exige intervención inmediata: la mutación económico-laboral ya está en marcha y la crisis educativa la acompaña y amplifica. Entre las vías exploradas para reorientar el sistema educativo destaca la articulación entre secundaria y formación técnica en contextos laborales reales. La digitalización facilita programas adaptados a demandas específicas y la adquisición temprana de competencias en empresas y gobiernos. Trayectorias breves, certificaciones y microcredenciales muestran impactos positivos en sectores como tecnologías de la información, salud, industria y construcción. Un ejemplo concreto es el modelo de formación dual alemán, que combina aprendizaje en el aula con práctica en empresas y ha sido adaptado en varios países latinoamericanos con resultados dispares según la calidad de la gobernanza local.
En el nivel universitario se observa una caída de matrícula y un aumento del abandono en carreras tradicionales. Los jóvenes perciben la tensión entre esfuerzo formativo y empleabilidad en una cultura de inmediatez. Las empresas requieren profesionales con base disciplinar sólida complementada por habilidades blandas como empatía, adaptabilidad y pensamiento transversal. La tecnología profundiza este desafío al generar conocimiento operativo que reduce el valor del perfil estrictamente técnico y eleva la demanda de combinaciones entre competencias profesionales y socioemocionales. Por ejemplo, un ingeniero que además sepa comunicar eficazmente y trabajar en equipos multidisciplinarios tendrá mayores oportunidades que uno que solo domine aspectos técnicos. ¿Cómo entender esta brecha entre formación y demanda? La clave está en que el sistema educativo debe incorporar un cambio cultural derivado de la revolución tecnológica que desplaza el modelo de universidad masiva del siglo XX. Las credenciales universitarias ya no bastan: se necesitan egresados con formación integral y valores compartidos en la vida social.
No se trata de desmantelar la tradición universitaria ni su rol en el pensamiento crítico y la producción de conocimiento, sino de complementarla con enfoques y ofertas más diversas que respondan a la heterogeneidad de experiencias, intereses y contextos. Como recuerda Richard Thaler, no somos “econos”, es decir, no actuamos como agentes racionales perfectos, sino que nuestras decisiones están influidas por sesgos cognitivos y emocionales. Esta perspectiva refuerza la necesidad de una educación que atienda tanto las competencias técnicas como las socioemocionales.
Las implicancias de este cambio son profundas. En el plano económico, América Latina enfrenta el riesgo de quedar rezagada si no diversifica su matriz productiva y si no invierte en capital humano adaptado a las nuevas demandas. La región ya muestra señales de alarma: según la CEPAL, la tasa de desempleo juvenil supera el 20% en varios países, y la informalidad laboral alcanza a más de la mitad de los trabajadores. En el plano social, una educación desalineada con el mercado laboral perpetúa la desigualdad y limita la movilidad social. La pandemia de COVID-19 agravó la crisis educativa: la pérdida de aprendizajes se estima en 1,5 años de escolaridad en promedio para la región, según el Banco Mundial. La recuperación requerirá esfuerzos sostenidos en financiamiento, capacitación docente y uso de tecnologías digitales.
En síntesis, el fin del modelo exportador asiático como vía de desarrollo obliga a América Latina a buscar nuevas estrategias productivas y formativas. La articulación entre educación y trabajo, la promoción de ecosistemas de innovación y la complementación de la formación universitaria con habilidades socioemocionales son pasos iniciales. El desafío es mayúsculo y la ventana de oportunidad se estrecha. ¿Está la región dispuesta a transformar su sistema educativo para el siglo XXI? La respuesta dependerá de la voluntad política y de la capacidad de adaptación de sus instituciones.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
