“Empecé a leer en contra de mi familia, no gracias a ella”. La declaración del escritor y tallerista Luciano Lamberti funciona como un disparador que interpela directamente las narrativas convencionales sobre la formación de lectores. No se trata aquí del clásico relato del niño que crece entre estanterías atiborradas de libros heredados, sino de una historia de resistencia silenciosa: la de un lector que se construyó a sí mismo en un entorno donde la literatura no era moneda corriente. Lamberti nació en San Francisco, provincia de Córdoba, en 1978. Su familia, según relató en diversas entrevistas, estaba vinculada al oficio de la carnicería, y los libros brillaban por su ausencia en el hogar. Lo que había, en cambio, eran revistas Selecciones, un material que el escritor reivindicó con el tiempo como una fuente posible de información en una época anterior a la masificación de internet.
Esa carencia inicial, lejos de operar como un obstáculo definitivo, funcionó como el motor de una búsqueda que Lamberti describe con una palabra precisa: rebeldía. Leer era, en su experiencia temprana, un acto de afirmación personal contra un entorno que no ofrecía ese estímulo. La rebeldía como puerta de entrada a la literatura es un concepto que el autor despliega sin romanticismo, con la conciencia de que el deseo de leer no siempre necesita ser cultivado desde la imposición. “No soy muy partidario de obligar a la gente a leer”, afirma, y esa declaración se inscribe en un debate pedagógico de larga data que enfrenta dos concepciones antagónicas: la lectura como deber escolar versus la lectura como placer descubierto.
Sin embargo, Lamberti no creció en un desierto absoluto de palabras. Dos títulos asoman como hitos fundacionales. El primero es «La Biblia de los niños», una adaptación ilustrada en tres tomos realizada por un autor español. “Era maravillosa”, recuerda. Del texto bíblico valora su densidad narrativa: “eso que tiene la Biblia: muchas historias, como ‘Las mil y una noches’ o ‘Cien años de soledad’. Es un libro total. Aunque no entendiera muchas partes, la amé y la leí una y otra vez”. La elección es sintomática de un lector que busca en los libros la totalidad de un mundo. El segundo título, «Crónicas marcianas» de Ray Bradbury, operó como una revelación de otro orden: “Me abrió la cabeza por completo cuando era niño. No sé de dónde salió ni cómo llegó a mi casa porque no había muchos libros, pero de alguna manera se abrió paso”. Esta frase —“se abrió paso”— es la metáfora que Lamberti utiliza para describir la lectura: la imagen del agua filtrándose por una grieta, encontrando su cauce por sí misma.
El niño que leía a Bradbury y devoraba la Biblia ya escribía cuentos de terror en la escuela primaria y secundaria. Esa vocación temprana encontró un cauce natural en la Licenciatura en Letras. Pero el paso por la academia no fue una confirmación sino una confrontación. “Ahí me enseñaron que el terror era un género menor. En la academia se considera que todo lo que sea género y popular está mal”, explicó en una entrevista. La universidad, institución diseñada para la transmisión del conocimiento, actuó en este caso como una fuerza centrífuga que empujaba a Lamberti lejos de sus propias pasiones literarias. El canon académico argentino, con su peso gravitacional sobre ciertas tradiciones, dejaba poco espacio para Stephen King o H.P. Lovecraft. Fue entonces cuando Lamberti realizó un movimiento estratégico: después de publicar su primer libro «El asesino de chanchos», una obra de tono realista, decidió “volver a las lecturas que me formaron, que me hicieron dar ganas de ser escritor: Quiroga, King, Borges, Cortázar, Bradbury”.
Esa reivindicación del género no es ingenua. Lamberti sostiene que la etiqueta de “literatura barata” que pesa sobre autores como King oculta una complejidad técnica que los grandes escritores reconocen. “Cortázar, Borges, Bioy y los grandes escritores del canon argentino han escrito género. Hay un sector que sigue pensando que leer a King es leer literatura barata. Pero si lo leés como escritor, te das cuenta de que tiene técnicas literarias que son muy sofisticadas”, argumenta. Esta postura no solo defiende un territorio estético, sino que pone en cuestión las jerarquías culturales que dividen la literatura en compartimentos estancos. La tradición del terror en Argentina, que tiene en Lamberti a uno de sus exponentes más destacados junto a Mariana Enriquez, Samanta Schweblin y Ana María Shua, encuentra sus raíces precisamente en esa frontera borrosa entre el canon y lo popular.
La trayectoria literaria de Lamberti es, en sí misma, una demostración de esa tesis. Su obra incluye los libros de cuentos «El asesino de chanchos» (2010), «El loro que podía adivinar el futuro» (2012, elegido libro de cuentos del año por la revista Ñ), «La casa de los eucaliptus» (2017) y «Gente que habla dormida» (2022); las novelas «La maestra rural» (2016), «La masacre de Kruguer» (2019, finalista del Premio Filba-Medifé), «Los Abetos» (2020) y «Para hechizar a un cazador» (2023, Premio Clarín de Novela); el libro de notas «Plan para una invasión zombie» y el poemario «San Francisco». Esta producción constante, que atraviesa géneros y formatos, lo ha consolidado como una de las voces más versátiles de la narrativa argentina contemporánea.
La pregunta que subyace al testimonio de Lamberti trasciende lo autobiográfico y se instala en el terreno de las políticas de lectura. En Argentina, según datos de Unicef y la evaluación ERCE 2019, uno de cada tres estudiantes de sexto grado se encuentra en los niveles más bajos de comprensión lectora. La lectura como práctica social enfrenta una competencia feroz con las pantallas, las redes sociales y la inmediatez digital. En este contexto, la idea de que la lectura debe imponerse como obligación entra en tensión con la evidencia de que los lectores más sólidos suelen ser aquellos que encontraron en los libros un refugio voluntario, no una tarea escolar.
Lamberti representa un caso paradigmático: su formación como lector no se produjo en el seno de una familia letrada ni en un sistema educativo que privilegiara el género que él cultivaría. Fue un proceso autogestionado, casi clandestino, que encontró en la grieta de la falta el espacio para crecer. Esa experiencia lo lleva a desconfiar de las imposiciones: “Leía como un acto de rebeldía”, dice, y esa rebeldía es la misma que lo llevó a desafiar los prejuicios académicos sobre el terror, a reivindicar a King como un maestro de la técnica narrativa y a construir una obra que dialoga tanto con la tradición literaria argentina como con la literatura popular norteamericana.
La metáfora de la grieta es, quizás, la más poderosa de las que ofrece Lamberti. La lectura no necesita ser forzada desde afuera cuando encuentra un resquicio por donde colarse. El desafío, para los educadores, los padres y la sociedad en su conjunto, no es tanto obligar a leer como generar las condiciones para que esa filtración ocurra. No se trata de abrir compuertas, sino de permitir que el agua encuentre su propio camino. La historia de Luciano Lamberti demuestra que, incluso en los terrenos más áridos, la literatura puede brotar. Solo necesita una grieta.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
