Cultura

Diamela Eltit, la escritura que resiste: novelas que preceden e interceptan los debates sobre la inteligencia artificial

Diamela Eltit (Santiago de Chile, 1949) sostiene una convicción que funciona como punto de partida y de llegada de toda su trayectoria: la literatura no es un adorno de la vida social, sino un campo de batalla donde se disputan los sentidos de lo colectivo. En su reciente visita a Buenos Aires, convocada por la Serie de Lecturas Frost organizada por la Maestría en Escritura Creativa de la Untref, la escritora desarrolló una serie de reflexiones que exceden el ámbito estrictamente literario y se adentran en las transformaciones subjetivas que la era digital está produciendo en los cuerpos y en las comunidades.

La conversación se realizó en una oficina del rectorado de la universidad, en la casona de la calle Juncal. Allí, la autora de Lumpérica (1983) —novela fundacional del relato experimental latinoamericano de la posdictadura— regresó una y otra vez a las coordenadas que atraviesan toda su obra: la relación entre poder, lenguaje y marginalidad. El punto de partida fue su libro más reciente, El ojo en la mira (Ampersand, 2021), un ensayo autobiográfico donde reconstruye la historia de sus lecturas y expone, con una ironía precisa, el origen insólito de su nombre.

EL NOMBRE Y LA ERRATA

El ojo en la mira forma parte de la colección Lector&s de la editorial Ampersand, dirigida por Graciela Batticuore, un proyecto que convoca a escritores a reconstruir los lazos entre vida y lectura. En ese marco, Eltit revela un dato biográfico casi novelesco: su madre la bautizó con el nombre que lleva una perra en la novela El inglés de los güesos, de Benito Lynch. “Tengo un nombre minoritario, en cierto modo extraño, que me ha obligado a múltiples contorsiones a lo largo de mi vida”, escribe la autora. “Es constante la errata de mi nombre”, agrega, para introducir una reflexión sobre la identidad como superficie de inscripción de lo social.

La anécdota no es un mero detalle biográfico. Funciona como clave de lectura de una poética que siempre trabajó con los bordes, con aquello que el sistema cultural tiende a descartar. “Iniciar de esa manera el sendero literario es complejo, en cierta forma humillante, pero acaso necesario. Fortaleció la necesidad de resistir las desafortunadas exposiciones públicas”, consigna la autora en el ensayo. Esa resistencia tiene una genealogía concreta que se remonta a la dictadura chilena, cuando Eltit integró el Colectivo de Acciones de Arte (CADA), uno de los movimientos artísticos más radicales de los años ochenta.

LA GENEALOGÍA DE LA RESISTENCIA

El CADA, fundado en 1979 junto a Lotty Rosenfeld, Raúl Zurita, Juan Castillo y Fernando Balcells, realizó acciones callejeras que desafiaban el orden autoritario instaurado por Pinochet. Una de las instancias más conmovedoras fue la serie Zonas de dolor, donde Eltit aparece lavando la vereda frente a un prostíbulo en la calle Maipú mientras recitaba el texto de su novela inédita, o besando a un hombre sin hogar ante la cámara. Estas intervenciones, documentadas en video, condensaban la hipótesis política de su escritura: la literatura no es una práctica separada del cuerpo sino una forma de examen de las condiciones materiales de la existencia.

Desde la publicación de Lumpérica en 1983, Eltit construyó una obra que nunca separó literatura y política. La novela, escrita sin esquemas previos y en medio de la dictadura, fue interpretada por la crítica Nelly Richard como un texto que “plantea la historia como versión (relato) y no como fundamento (verdad)”. Tres de sus novelas —Lumpérica, El cuarto mundo y Los vigilantes— integraron la lista de las cien mejores novelas en castellano de los últimos veinticinco años, elaborada por la revista Semana en 2007. En 2018 obtuvo el Premio Nacional de Literatura, y en 2021 el Premio Internacional Carlos Fuentes y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Dio clases en Cambridge, Columbia y la Universidad de Nueva York, y la Beca Guggenheim y el Premio José María Arguedas completan un recorrido de consagración que, paradójicamente, ella misma desconfía en asumir como lugar definitivo.

EL “DIOS DIGITAL” Y LA NUEVA SUBJETIVIDAD

En El ojo en la mira, Eltit dedica un pasaje a su nieto Diego, un niño que nació con el teléfono celular como extensión natural de su mano. Ese detalle doméstico se convierte en el punto de partida de una reflexión más amplia sobre los cambios de sujeto que la tecnología produce. “Es un cambio de sujeto radical”, sostiene la autora. “Diego es un sujeto nuevo, con un recorrido psíquico distinto al de quienes empezamos con la máquina de escribir”. La comparación que propone es contundente: así como la revolución industrial no significó lo mismo viajar a caballo que subirse a un tren —cada modo de transporte generó un sujeto distinto—, la virtualización de los cuerpos instala hoy una nueva configuración subjetiva.

La escritora describe con crudeza el fenómeno: “Hoy la gente prefiere que le roben la casa antes que el celular, porque ahí están todas sus funciones”. Ese “Dios digital”, manejado por un ultrapequeño grupo de hombres semidioses, ha capturado la mirada. La conexión está segmentada por algoritmos que vigilan y venden, transformando a los usuarios en “capital humano” y restándole intensidad a la comunidad real. No se trata de una resistencia nostálgica al avance tecnológico, sino de una advertencia política sobre la concentración de poder que se expresa a través de los dispositivos.

INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y LITERATURA ARTESANAL

La reflexión sobre el “Dios digital” deriva casi naturalmente hacia la inteligencia artificial. Eltit propone una analogía iluminadora: la IA es como el monstruo de Frankenstein imaginado por Mary Shelley. “Mary Shelley imaginó un cuerpo generado por un padre científico mediante la suma de partes extraídas de otros; un cuerpo sin intervención materna”, explica. La IA, vista desde esa perspectiva, es “una depredadora de fragmentos de toda la producción planetaria para establecer cuerpos científicos o culturales”.

La referencia no es azarosa. Los datos del mercado editorial mundial confirman la urgencia del debate: Amazon ya permite publicar libros escritos por inteligencia artificial a un ritmo sin precedentes, y los análisis sectoriales prevén que la IA reducirá hasta un treinta por ciento los tiempos de edición y corrección. Frente a ese escenario, Eltit reivindica la literatura artesanal, aquella que contempla el fracaso como parte constitutiva del proceso, aquella que no tiene garantías ni protocolos de validación.

“La IA solo hace lo hecho; la literatura construye lo nuevo”, resume la autora en el título de la entrevista. La afirmación condensa una postura ética y estética: la inteligencia artificial opera sobre lo ya producido, combinando fragmentos de un archivo existente, mientras que la literatura artesanal trabaja con la incertidumbre, con la posibilidad de la errancia y del error creador. Esa distancia entre la combinatoria algorítmica y la invención humana no es una diferencia de grado sino de naturaleza.

IMPLICANCIAS PARA EL CAMPO CULTURAL

El diagnóstico de Eltit se inscribe en un debate más amplio sobre las políticas editoriales de la era digital. La expansión de plataformas de autopublicación ha democratizado el acceso al circuito editorial, pero al mismo tiempo ha producido una saturación de títulos que dificulta la visibilidad de propuestas experimentales como la suya. Mientras los algoritmos de recomendación tienden a privilegiar formatos y temáticas estandarizadas, la literatura que Eltit defiende —fragmentaria, política, atenta a las zonas de exclusión— enfrenta condiciones de circulación cada vez más restrictivas.

La pregunta que queda planteada es política: quién controla los procesos de selección y validación simbólica en un escenario donde las máquinas comienzan a intervenir en los eslabones de la cadena editorial. Si la IA es una “depredadora de fragmentos”, la tarea de quienes escriben no es competir con la velocidad de la combinatoria sino sostener la lentitud de la experimentación, el vínculo interrumpido entre experiencia y forma.

CONCLUSIÓN

La visita de Diamela Eltit a Buenos Aires reafirmó una trayectoria que cruza los cincuenta años de literatura latinoamericana de las últimas décadas. Desde sus intervenciones callejeras durante la dictadura hasta sus reflexiones sobre la inteligencia artificial, la autora sostiene una misma hipótesis: la literatura es una forma de conocimiento que precede a los debates técnicos porque trabaja con lo que no termina de configurarse. Mientras la IA organiza lo ya producido, la escritura artesanal sigue abriendo preguntas que ningún algoritmo puede formular. El ojo en la mira queda, así, como un testimonio de esa vigilancia activa de quien mira sin dejar de ser mirado.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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