El 7 de abril de 1975, Luisa Marta Córica fue secuestrada en la estación de trenes de La Plata por una patota de la Concentración Nacional Universitaria (CNU), brazo operativo de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), también conocida como Triple A. La poeta y delegada gremial, que había actuado en ‘Boquitas pintadas’ de Leopoldo Torre Nilsson, opuso resistencia: se aferró a una columna del hall central mientras los hombres armados apuntaban a los pasajeros. Al día siguiente, su cuerpo apareció acribillado, amordazado, con la firma inequívoca del terror paraestatal que, entre 1973 y 1976, sembró más de mil víctimas en todo el país.
Su hija, Andrea Suárez Córica, tenía entonces 9 años. Pasarían más de dos décadas antes de que pudiera hablar de su madre en público. En 1996, presentó ‘Atravesando la noche. 79 sueños y testimonios acerca del genocidio’ en un aula colmada de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. «Mi familia reunida allí me escuchó hablar en público sobre mi madre por primera vez. De algún modo, las palabras pusieron ciertas certezas a décadas de silencio, odio mal dirigido, discusiones interminables», escribe en la nueva edición a cargo de Corregidor.
Hoy, tres décadas después, ese libro seminal —considerado el primero publicado por un hijo o hija de víctimas del terrorismo de Estado en la posdictadura argentina— regresa en una versión ampliada que incorpora cartas, testimonios recibidos a raíz de la primera edición y una serie de sueños adicionales que la autora denomina ‘post scriptum’. La reedición se inscribe en un contexto político particular: el avance de discursos negacionistas que, desde sectores del poder, buscan relativizar los crímenes de la dictadura y reivindicar a sus perpetradores.
Andrea Suárez Córica nació en La Plata en 1966. Es artista visual, poeta, archivista, performer y ambientalista urbana. En 1995, fue cofundadora de la Agrupación HIJOS La Plata, organización que revolucionó las formas de militancia en derechos humanos mediante la práctica del escrache, el señalamiento público de genocidas que gozaban de impunidad tras las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Su obra artística y literaria ha estado atravesada por la necesidad de reconstruir una identidad fragmentada por la violencia política.
«A veces siento que viví una vida donde no sabía muy bien quién era —le cuenta a Clarín— y creo que tiene que ver con que no sabía muy bien quién había sido mi madre y qué había sucedido con ella. La culpa y la vergüenza predominaban en mis sentimientos». Este testimonio revela una constante en los relatos de la segunda generación: la transmisión del trauma no solo opera a través de lo que se dice, sino también a través del silencio.
El viraje comenzó en 1993, cuando Andrea empezó a escuchar los testimonios de los compañeros de militancia de su madre. «Recién a los 27 años empiezo a armar el rompecabezas», explica. Ese proceso derivó en la creación de HIJOS La Plata y en la decisión de llevar su historia al espacio público. «Eso me permite pasar a la esfera pública a través del testimonio colectivo y hermanado: los escraches, la continuidad de los homenajes institucionales y más tarde la reparación de legajos estudiantiles o laborales de las víctimas del terrorismo de Estado», sostiene.
Los sueños ocupan un lugar central en ‘Atravesando la noche’. No son meras ensoñaciones: constituyen un método de conocimiento, una vía de acceso a lo que el lenguaje racional no puede aprehender. «Siempre creí que había comenzado a registrar los sueños en 1987 porque en ese momento era estudiante de la carrera de Psicología en la UNLP», explica. La disciplina onírica le permitió tender un puente con una madre a la que apenas recordaba, pero cuya ausencia se manifestaba cada noche en imágenes recurrentes de persecución, pérdida y búsqueda.
La reedición de 2026 no es una mera actualización. La autora incorpora una mirada social sobre las tres décadas transcurridas entre 1996 y 2026: la maternidad, la militancia sostenida, los juicios por la verdad, el proceso de recuperación de la poesía de su madre —que daría lugar al libro ‘La niña que sueña con nieves’ (Libros de la talita dorada, 2015)— y la creciente disputa por el relato histórico en un país donde el negacionismo ha ganado espacio institucional.
«La memoria debe ser una persistencia frente al negacionismo», afirma Suárez Córica. La frase condensa una posición política clara: no se trata de conservar el pasado como una pieza de museo, sino de sostenerlo como una herramienta activa de disputa del presente. En un contexto donde desde el Estado se promueven discursos que equiparan a víctimas y victimarios, donde se cuestiona el número de desaparecidos y se reivindica la actuación de las Fuerzas Armadas, la reedición de este libro adquiere un carácter casi de trinchera.
La agrupación HIJOS nació en un momento de profunda crisis de las políticas de memoria. Las leyes de impunidad de 1986 y 1987 habían cerrado la vía judicial. Los indultos de Carlos Menem en 1989 y 1990 sellaron la libertad de los genocidas. En ese contexto, los hijos e hijas de desaparecidos y asesinados salieron a la calle con una consigna que rompía el luto privado: ‘Si no hay justicia, hay escrache’. La práctica consistía en mapear las viviendas de los represores, denunciarlos públicamente y generar un cerco social que los aislara. Fue una innovación en la lucha por los derechos humanos que inspiró movimientos similares en todo el mundo.
En el caso particular de Luisa Marta Córica, la impunidad persiste. A pesar de los reclamos de sus hijos, su asesinato aún no fue elevado a juicio. De la patota de la CNU que la secuestró y la acribilló, solo uno de sus integrantes, Carlos ‘el Indio’ Castillo, está preso condenado a perpetua por otros crímenes. Esta impunidad selectiva es también parte del contexto que motiva la reedición del libro.
La obra de Suárez Córica se inscribe en una tradición más amplia de narrativas de segunda generación que incluye títulos como ‘Herederos del silencio’ de Gabriela Cerruti, y las producciones de la revista H.I.J.O.S. Sin embargo, ‘Atravesando la noche’ tiene un carácter pionero: fue el primer libro de un hijo de desaparecidos que se publicó en la posdictadura, inaugurando un género que luego se multiplicaría en decenas de testimonios, novelas gráficas, documentales y obras teatrales.
El relato onírico, según la crítica especializada, funciona como un dispositivo de ‘presencia virtual de lo ausente’. Los sueños no reemplazan a la persona desaparecida, pero construyen un espacio donde la ausencia puede ser narrada. En el caso de Suárez Córica, ese espacio se volvió colectivo: los sueños que inicialmente eran un diálogo íntimo con su madre muerta se transformaron en un archivo compartido con una generación que busca entender qué significa crecer bajo el terrorismo de Estado.
La reedición de Corregidor incluye también material gráfico y documental que contextualiza la historia familiar dentro del entramado represivo de la Triple A. La CNU, organización de ultraderecha que operaba en La Plata y sus alrededores, fue responsable de decenas de secuestros y asesinatos entre 1973 y 1976. Su modus operandi combinaba la acción paramilitar con la complicidad policial y judicial, creando una zona gris entre el Estado formal y la violencia paraestatal que caracterizó al período.
Andrea Suárez Córica convierte la memoria en narrativa, entrelazando lo personal y lo colectivo. A partir del asesinato de su madre, reconstruye una identidad fragmentada por el terrorismo de Estado. El arte y los objetos aparecen como herramientas de sanación frente a la ausencia, transformando el silencio familiar en relato público de memoria histórica. «Es cambiar los verbos que nos impuso el terrorismo de Estado: separarnos, exterminar, desaparecer, omitir, silenciar, olvidar. Ahora nos toca contar, reivindicar, decir, acompañar, reencontrarnos, juntarnos, buscarnos», expresó en la presentación de la reedición.
En un país que se encamina al medio siglo del golpe de Estado de 1976, donde los discursos negacionistas encuentran eco en altas esferas del poder político, la persistencia de la memoria —ese ‘atravesar la noche’ que da título al libro— se vuelve un acto de resistencia. No como conmemoración vacía, sino como práctica activa de transmisión intergeneracional. Como sostiene la autora: «La memoria no es un pasado que se conserva, es un futuro que se disputa».
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
