La publicación de ‘Una izquierda que se atreva a decir su nombre’ (Anagrama) reactiva una de las tensiones más profundas del pensamiento político contemporáneo: la vigencia del universalismo como herramienta emancipadora frente a la fragmentación de las luchas identitarias. Slavoj Žižek, filósofo esloveno formado en la tradición lacano-marxista, entrega un conjunto de intervenciones que, si bien fueron escritas originalmente en un clima prepandémico y publicadas en 2020, anticipan con precisión las coordenadas que definirían los años siguientes. La traducción al castellano permite ahora medir el alcance de sus tesis en un contexto donde la polarización, la crisis de representación y el retorno de los nacionalismos populistas reconfiguraron el mapa político global.
El libro no es un tratado sistemático, sino una recopilación de artículos periodísticos que el propio autor describe como «considerablemente reescritos». Esta condición fragmentaria, lejos de restarle densidad, funciona como una radiografía de las obsesiones zizekianas: la crítica al capitalismo global, la desconfianza hacia el populismo en todas sus variantes y la defensa irrestricta de una izquierda que no renuncie a su nombre. En la introducción, Žižek plantea una hipótesis que estructura todo el volumen: «Necesitamos intervenciones comunistas porque nuestro destino todavía no está decidido, no solo en el sentido más simple de poder elegir, sino en un sentido más radical de escoger nuestro propio destino». La frase condensa una apuesta filosófica que rechaza tanto el determinismo histórico como la resignación pragmática.
La postura del autor se asienta en una doble ruptura. Por un lado, se distancia de las expresiones populistas que, desde la derecha o desde la izquierda, apelan a la construcción de un «pueblo» abstracto como sujeto de la transformación política. Por otro, cuestiona las políticas identitarias que, a su juicio, diluyen la potencia universal de la lucha emancipadora en demandas sectoriales. Žižek no niega la existencia de opresiones específicas, pero sostiene que la fragmentación en múltiples identidades termina por debilitar la capacidad de confrontar al poder del capital global. Su propuesta es la restitución imperativa de la categoría de clase como eje articulador de una izquierda radical que no sea ni populista ni identitaria.
«Lo que necesitamos hoy en día es una izquierda que se atreva a decir su nombre, no una izquierda avergonzada que cubra su esencia con alguna hoja de parra cultural. Y este nombre es comunismo», afirma Žižek. La reivindicación del término no es meramente retórica. El filósofo lo utiliza para designar una postura que recupera el carácter universal de la lucha emancipadora y que apela a Marx como un «fantasma que sigue rondándonos». Esta lectura de Marx, alejada de las ortodoxias del siglo XX, se centra en la crítica de la economía política y en la contradicción fundamental entre capital y trabajo como matriz explicativa de las desigualdades contemporáneas.
El análisis zizekiano de las experiencias políticas recientes resulta particularmente incisivo. El autor es lapidario con el experimento griego de Syriza, al que considera un ejemplo de cómo la izquierda puede quedar atrapada en las lógicas de la gestión neoliberal. También cuestiona el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela, al que no vacila en calificar como una experiencia autoritaria que traiciona los ideales emancipadores. En contraste, elogia a Die Linke, el partido de izquierda radical alemán, al sostener que «representan de manera eficaz los intereses de sus votantes de clase obrera». Esta combinación de críticas y elogios revela una posición incómoda para los alineamientos tradicionales: Žižek no dudó en señalar las contradicciones de gobiernos que se reclaman de izquierda ni en reconocer los aciertos de formaciones políticas que, desde su perspectiva, mantienen un vínculo orgánico con las clases populares.
La cuestión europea ocupa un lugar central en el volumen. Žižek plantea una pregunta que, según él, la izquierda del continente evita sistemáticamente: «cómo elaborar una nueva idea izquierdista de Europa sin sucumbir a la tentación del nacionalismo populista». Su respuesta apunta a un europeísmo crítico que no renuncie a los principios universalistas, pero que tampoco ignore las desigualdades estructurales que atraviesan el proyecto de integración. Esta posición lo distancia tanto de los euroescépticos de derecha como de los sectores progresistas que, a su juicio, han abandonado la crítica del capitalismo en favor de un cosmopolitismo sin conflictos.
El subtítulo del libro, ‘El coraje de la desesperación’, funciona como una clave de lectura. Žižek no ofrece soluciones optimistas ni promesas de transformación inmediata. Su apuesta es, más bien, la de mantener abierta la posibilidad de una alternativa radical en un contexto donde el capitalismo parece haber clausurado el horizonte de lo posible. Esta perspectiva, que algunos considerarán voluntarista y otros profundamente realista, se nutre de una tradición filosófica que combina el psicoanálisis lacaniano con la crítica marxista de la ideología.
Las implicancias de estas tesis son múltiples. En primer lugar, plantean un desafío a los sectores progresistas que, en las últimas décadas, priorizaron las políticas de reconocimiento sobre las de redistribución. Žižek no niega la importancia de las demandas identitarias, pero sostiene que sin una base material compartida estas luchas quedan atrapadas en dinámicas de competencia que benefician al statu quo. En segundo lugar, su crítica al populismo interpela tanto a las experiencias de izquierda que apelaron a la movilización plebiscitaria como a las derechas que construyeron su hegemonía sobre la base del odio al diferente. Finalmente, su reivindicación del universalismo abre un debate sobre los fundamentos filosóficos de la emancipación en un mundo crecientemente fragmentado.
La recepción del libro en el ámbito hispanohablante ha sido dispar. Mientras algunos celebran la valentía de un pensador que no teme nadar contra la corriente, otros cuestionan la viabilidad de un proyecto comunista en el siglo XXI y señalan las contradicciones de un autor que, desde una posición académica privilegiada, llama a la radicalización de las luchas sociales. Estas tensiones, lejos de invalidar la propuesta, confirman su capacidad para provocar el debate que el propio Žižek considera indispensable.
El contexto de publicación del libro, signado por la pandemia de COVID-19 y sus consecuencias económicas y sociales, refuerza algunas de sus intuiciones. La crisis sanitaria evidenció las contradicciones del capitalismo global y la fragilidad de los sistemas de protección social. Al mismo tiempo, mostró la capacidad de los Estados para intervenir en la economía cuando la emergencia lo requiere. Žižek lee estos fenómenos como señales de que el destino no está escrito y de que la acción política puede modificar el curso de los acontecimientos.
En definitiva, ‘Una izquierda que se atreva a decir su nombre’ es un libro incómodo. No ofrece recetas ni programas detallados, sino una serie de intervenciones que buscan sacudir las certezas de sus lectores. Su apuesta por un universalismo radical, su crítica al populismo y su reivindicación de la categoría de clase configuran una perspectiva que, más allá de las objeciones que pueda suscitar, obliga a repensar los fundamentos de la política contemporánea. En un tiempo de fragmentación y desencanto, Žižek insiste en que la pregunta por la emancipación sigue siendo la pregunta central. Y que, para responderla, es necesario atreverse a nombrar aquello que la izquierda, durante demasiado tiempo, prefirió callar.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
