Hay un momento inaugural en la literatura vasca contemporánea que puede fecharse con precisión: una joven militante independentista llamada Nagore Vargas espera, casi con deseo, que la policía llegue a detenerla. No teme al arresto ni a la tortura. Lo que no espera es el diagnóstico que, días después, un médico le entrega: es seropositiva. Tiene veintitantos años y VIH, como su tía, que murió de sida en los años 80, como una generación entera en España. Ese es el punto de partida de ‘Jenisjoplin’, la novela que Uxue Alberdi Estibaritz publicó originalmente en euskera en 2017 y que ahora llega al Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba) de la mano de su traducción al castellano, editada por Consonni.\n\nAlberdi, nacida en Elgoibar (Guipúzcoa) el 18 de marzo de 1984, no es una autora improvisada en el sistema literario vasco. Lleva casi dos décadas publicando y acumula dos premios Euskadi de Literatura: uno en la categoría de literatura infantil y juvenil por ‘Besarkada’ y otro en la de ensayo por ‘Kontrako eztarritik’, traducido al castellano como ‘Reverso’. ‘Jenisjoplin’ recibió el Premio 111 Akademia y fue vertida al español por Irati Majuelo y al inglés, lo que la convierte en una de las obras vascas con mayor proyección internacional de la última década. Licenciada en Periodismo por el campus de Leioa, Alberdi también es bertsolari, es decir, improvisadora de versos cantados, una disciplina de tradición oral que en el País Vasco tiene rango de deporte cultural y que atraviesa toda su obra con una concepción del lenguaje como materia viva, rítmica y comunitaria.\n\nLa articulación entre ‘Jenisjoplin’ y ‘La trastienda’ (Dendaostekoak, 2020, traducida por Arrate Hidalgo en 2022) configura un díptico involuntario pero coherente. Si la novela narra el derrumbe del cuerpo y de la identidad de una militante desde la ficción, el segundo libro es un ejercicio de no ficción que recupera la memoria de la madre y la tía de la propia autora, propietarias de una mercería-librería en Elgoibar. Alberdi lo explicó con precisión: cuando publicó ‘Jenisjoplin’ sintió de inmediato que quería volver a contar aquella época, ya no desde la épica patriarcal de la fuerza y el coraje, sino desde la mirada de las mujeres que permanecieron siempre en la trastienda. La comparación entre ambos registros es reveladora: lo que en la novela es clivaje, surco y trompada narrativa, en el ensayo memorialístico se convierte en archivo doméstico, en conversación entre generaciones de mujeres que sostuvieron un comercio mientras el país se desintegraba y se reconstruía a la vez.\n\nEl contexto histórico que ambas obras iluminan resulta indispensable para comprender su densidad. La España de la transición y del primer gobierno socialista (1982-1986) atravesó una reconversión industrial que devastó el tejido productivo del País Vasco, con tasas de paro juvenil que empujaron a segmentos enteros de una generación hacia los márgenes. Diversos estudios sobre el consumo de opiáceos en España señalan que a mediados de los años 80 había más de cien mil heroinómanos en el país, y que el llamado ‘problema de la droga’ funcionó como chivo expiatorio frente a desigualdades estructurales y desajustes del modelo político-económico. En paralelo, el conflicto armado entre ETA y el Estado alcanzaba uno de sus picos de recrudecimiento, con procesos de ilegalización de organizaciones políticas y una cultura de la clandestinidad que imponía silencios y jerarquías internas. La novela de Alberdi no elige entre esos dos vectores: los superpone. La militancia y la enfermedad coexisten en el mismo cuerpo, y el cuerpo se vuelve el terreno donde se libran simultáneamente la biopolítica estatal, la disciplina médica y la resistencia subjetiva.\n\nLa crítica académica ha subrayado ese desplazamiento. Un análisis publicado en la revista ‘Castilla. Estudios de Literatura’ (2024) sostiene que ‘Jenisjoplin’ se adscribe a las narrativas del VIH/sida pero se diferencia de las tendencias predominantes porque el relato del cuerpo enfermo no parte de personajes homosexuales ni de los marcos urbanos más emblemáticos de la pandemia, sino de una mujer, en un contexto sociopolítico periférico y atravesado por un conflicto nacional. La vivencia de la enfermedad se articula, según ese trabajo, a través de la resistencia y el conflicto, tanto con el propio cuerpo como con la biopolítica encarnada por la disciplina médica. En una línea complementaria, investigaciones sobre la novela postcrisis en la España plurilingüe observan que el conflicto de género y la problemática del sida suelen quedar eclipsados por el conflicto armado vasco en la narrativa dominante, y que el mérito de Alberdi consiste precisamente en dar voz a narrativas marginadas y desafiar la hegemonía de ese relato nacional.\n\nExiste, además, una dimensión lingüística que no puede separarse del contenido. Alberdi escribe en euskera, y lo justifica con una analogía que expuso durante la entrevista: del mismo modo que al leer una novela rusa se espera sentir que es una novela rusa, y al leer un libro de relatos argentino se quiere escuchar ese castellano argentino, sus personajes no pueden ser narrados en otra lengua que los contenga con esa precisión. El dato no es anecdótico. El euskera es una lengua minorizada cuyo sistema literario, según el marco teórico de los polisistemas, se considera joven y débil: entre 1545 y 1879 se publicaron apenas 194 obras, de las cuales 101 eran traducciones y solo 12 obras originales no religiosas. La unificación del euskera aprobada por Euskaltzaindia en 1968 y el movimiento de las ikastolas en las décadas de 1960 y 1970 fueron determinantes para la consolidación de un ecosistema propio. En la última década, más de 400 obras escritas originalmente en euskera fueron traducidas a una treintena de lenguas, con el respaldo del Instituto Etxepare y el trabajo sostenido de traductores como piezas estratégicas de visibilidad global.\n\nLas implicancias de esta circulación exceden lo literario. La labor de editoriales independientes como Consonni, que ha publicado tanto ‘Jenisjoplin’ como ‘La trastienda’ y ‘Reverso’ en castellano, ha modificado el mapa de acceso a la literatura vasca en el ámbito hispanohablante, donde durante décadas la traducción desde el euskera fue residual. En términos culturales, el efecto es doble: por un lado, permite que lectores argentinos y latinoamericanos accedan a una cosmogonía narrativa construida desde una lengua sin parentesco conocido en Europa; por otro, instala en el debate público un tema que la ficción hispánica frecuentemente evita: la memoria del VIH/sida como conflicto generacional, con sus duelos diferidos y sus cuerpos estigmatizados. Alberdi señaló en ese sentido que la traducción de autoras vascas fue durante mucho tiempo escasa y que ese déficit comenzó a revertirse apenas en los últimos años.\n\nLa invitación al Filba 2026, cuya 18.ª edición se desarrolla entre el 30 de septiembre y el 4 de octubre con cerca de cien participantes y figuras como Emmanuel Carrère y Claire Keegan, ubica a Alberdi en un circuito que ya la había recibido en la FIL de Guadalajara y el Toronto Festival of Authors, y que la incluyó en la antología internacional ‘Lumbung stories’, editada simultáneamente por ocho editoriales en siete idiomas en el marco de documenta fifteen. La participación de una autora que escribe en una lengua minorizada dentro de un festival de la escala del Filba plantea una tensión productiva: la de una literatura que reclama historicidad propia sin renunciar a la circulación global.\n\nEn la conversación entre sus dos libros aparece, además, el eje que Alberdi formuló con mayor nitidez y que da título a esta nota: todas las deconstrucciones de identidad dan miedo. La frase resume el programa de una obra que no ofrece reconciliaciones fáciles. Nagore Vargas no es un personaje ejemplar ni un símbolo: es una subjetividad que se desarma a medida que el diagnóstico avanza, mientras el discurso político que la sostenía pierde eficacia frente a la materialidad del cuerpo. En ‘La trastienda’, esa misma época reaparece filtrada por la memoria de dos mujeres que no protagonizaron la épica, pero que sostuvieron la vida cotidiana mientras el país cambiaba de piel. Leída en conjunto, la obra de Alberdi no propone una tesis sobre la identidad vasca, sino una serie de capas: la lengua como territorio, el cuerpo como campo de batalla biopolítico, la memoria familiar como contrapeso de la historia oficial y la traducción como forma de supervivencia cultural.\n\nEl desplazamiento que la autora describe —pasar de la épica de la fuerza y el coraje a la mirada de las mujeres en la trastienda— no es una corrección moral del pasado, sino un cambio de escala narrativa. Donde el relato dominante veía héroes y traidores, ella registra comercios, mostradores, rutinas y duelos silenciosos. Es en ese gesto donde reside la consistencia de un proyecto literario que atraviesa dos libros, dos géneros y dos lenguas, y que llega a Buenos Aires con la misma pregunta que lo originó: qué queda de una identidad cuando se le retiran, una por una, todas sus certezas.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
