Hay algo inquietante en los animales cuando aparecen en un libro: cuanto más intentamos acercarnos a ellos, más evidente se vuelve aquello que nos separa. No son solamente criaturas que observamos, comemos, encerramos o amamos: son una forma de medir los límites de nuestra propia humanidad. Esa intuición recorre dos libros recientes que, desde escenarios opuestos, convergen en una misma pregunta: ¿qué vemos cuando miramos un animal? Historias de animales (Eterna Cadencia), de Kate Zambreno, y Una exposición (Sigilo), de Ieda Magri, parten de escenas muy diferentes –los zoológicos emplazados en escenarios urbanos y el sacrificio de una vaca en medio del campo– pero terminan cercando la misma duda: ¿qué hacemos con aquello que no podemos comprender del todo? ¿Y cuánto de animal hay en nosotros cuando dejamos de pensarnos como una especie excepcional?
En ambos libros la literatura aparece como un modo de encontrar ciertas verdades en medio de la incomodidad y la incertidumbre. Con los animales como brújula y punto de partida. La coincidencia no es azarosa: en los últimos años, la llamada ‘cuestión animal’ ha dejado de ser un tema marginal de la filosofía para instalarse en el centro de los debates sobre ética, biopolítica y representación. Las obras de Zambreno y Magri se inscriben en esa tradición, pero la desplazan hacia un territorio más incómodo: no se trata de defender a los animales ni de denunciar su explotación, sino de examinar qué le ocurre al sujeto humano cuando se enfrenta a una alteridad que no puede reducir a sus categorías.
Kate Zambreno: alrededor de la jaula
‘Creo que es importante al menos en parte disociar cuando se está en el zoológico para evitar pensar en las vidas de los animales que han pasado toda su existencia en cautiverio. Vemos a los animales a través de los rostros curiosos de nuestros hijos’. La frase con la que Kate Zambreno abre Historias de animales contiene una pequeña trampa. Parece describir una estrategia de defensa, pero enseguida la escritura la desarma. El zoológico en las crónicas mezcla de ensayo de Zambreno deja de ser un lugar para contemplar animales y se convierte en una máquina para producir preguntas sobre la mirada.
Con una traducción ágil y fresca de Cecilia Pavón, la primera parte del libro reúne crónicas y reflexiones nacidas de visitas a zoológicos, muchas de ellas realizadas junto a sus hijos. La autora observa a los animales y a sus observadores: familias, niños, teléfonos, gestos de aburrimiento, entusiasmo o desazón. En el zoológico, el animal está encerrado y exhibido, mientras que el visitante queda atrapado en una relación de miradas. Sus semblanzas, intercaladas con datos de célebres animales en cautiverio, meten el dedo en la llaga. Con trazos simples movilizan la reflexión en torno a dónde empieza el animal y dónde termina el ser humano.
El animal es narrado como esa otredad enigmática que no termina de encajar dentro de nuestras categorías. En ese sentido, Zambreno encuentra una resonancia con el filósofo Emmanuel Levinas y su idea del rostro como aquello que nos enfrenta a una alteridad irreductible. Hay algo en común entre la caricia, el rostro y la mirada animal. Todas son formas de acercarse a un otro sin terminar de poseerlo. El libro está lleno de desvíos eruditos que no funcionan como gestos snobs sino como una manera de ampliar la pregunta. Aparecen la historia de los zoológicos, la fotografía, el arte y distintas voces del pensamiento contemporáneo. En un pasaje se lee: ‘Se dice que Vladimir Nabokov sintió por primera vez el destello de inspiración para Lolita después de leer en un periódico la historia de un simio del Jardín Zoológico de Berlín que había dibujado los barrotes de su propia jaula’. Ese detalle, aparentemente anecdótico, condensa el problema central: el animal que representa su encierro, que deja una huella de sí mismo en el gesto de dibujar, se convierte en un sujeto que mira y no solo en un objeto mirado.
Ieda Magri: la vaca como interrupción
Si Zambreno trabaja con la mirada urbana y la lógica de la exhibición, Ieda Magri parte de un episodio rural y ritual: el sacrificio de una vaca en medio del campo. Una exposición (Sigilo) se construye alrededor de esa escena, que funciona como una interrupción en la vida cotidiana de quien la observa. La vaca no está enjaulada ni exhibida: está siendo matada para ser comida. Y sin embargo, la autora la convierte en un acontecimiento que obliga a preguntar qué significa mirar a un animal que va a morir.
Magri, escritora y crítica brasileña, trabaja con una prosa que oscila entre el registro etnográfico, la memoria y la reflexión filosófica. Su libro se inscribe en una tradición que va de Clarice Lispector a João Guimarães Rosa, donde lo animal aparece como un punto de fuga de la conciencia humana. La vaca de Magri no es un símbolo: es un cuerpo concreto que sangra, que pesa, que resiste. Y esa materialidad es precisamente lo que desestabiliza al observador. La exposición del título remite tanto al acto de mostrar como al de exponerse: la autora se expone a la mirada del animal, y en ese gesto, la jerarquía entre sujeto y objeto se invierte.
Lo que separa y lo que une
La comparación entre ambos libros revela una estructura común. En los dos casos, el animal funciona como un dispositivo óptico: no para ver al animal, sino para ver lo que el animal hace visible sobre nosotros. En Zambreno, el zoológico es un espacio donde la relación de dominación se disfraza de curiosidad. En Magri, el matadero es un espacio donde la violencia se vuelve rutina. Pero en ambos, la mirada se convierte en un problema ético.
La pregunta por la mirada animal no es nueva. En 1977, John Berger publicó ‘Why Look at Animals?’, un ensayo que sigue siendo una referencia ineludible. Berger sostiene que el zoológico es el monumento a la desaparición del animal: la última forma de contacto entre especies en un mundo donde la producción industrial eliminó esa relación. Antes, el animal era un compañero de trabajo y un ser con el que se compartía el espacio. Después de la Revolución Industrial, el animal se convirtió en un objeto de consumo y de espectáculo. Zambreno y Magri escriben en ese mundo, y sus libros pueden leerse como respuestas a la pregunta de Berger.
Otra referencia clave es Jacques Derrida y su reflexión sobre ‘el animal que por lo tanto soy’. En una conferencia de 1997, Derrida habló de la vergüenza de estar desnudo frente a su gato, una vergüenza que no era la de la desnudez física sino la de la mirada animal que lo despojaba de su condición de sujeto soberano. Esa escena –un filósofo desnudo frente a un animal– resuena en las páginas de Zambreno, donde la autora se descubre siendo vista mientras mira.
Implicancias: la crisis de la excepcionalidad humana
El impacto de estas obras excede el ámbito literario. La pregunta por la mirada animal tiene consecuencias filosóficas, éticas y políticas. En primer lugar, pone en crisis la noción de excepcionalidad humana que ha sostenido la modernidad. Si el animal no es solo un objeto de consumo o de contemplación, entonces las categorías que organizan nuestra relación con él –derecho, propiedad, protección– deben ser revisadas. El animal como sujeto de derecho es una figura que ya tiene presencia en varios países, y estos libros contribuyen a ese debate desde la literatura.
En segundo lugar, los libros de Zambreno y Magri plantean una pregunta sobre la representación. ¿Cómo se escribe sobre un animal sin reducirlo a un símbolo de lo humano? La respuesta que ofrecen pasa por la incomodidad: no se trata de hablar por el animal, sino de escribir desde la imposibilidad de acceder a su experiencia. Esa imposibilidad es productiva: obliga a revisar el lenguaje, los géneros, las formas. Zambreno mezcla ensayo, crónica y memoria. Magri oscila entre la narración y la reflexión. En ambos casos, la literatura funciona como un espacio de pensamiento donde las certezas se erosionan.
En tercer lugar, hay una dimensión biopolítica. La forma en que tratamos a los animales no es separable de la forma en que tratamos a los humanos. Las lógicas de confinamiento, exhibición, explotación y consumo que organizan el zoológico y el matadero también organizan otros espacios sociales. Zambreno escribe sobre el encierro en contextos urbanos; Magri, sobre el sacrificio en contextos rurales. Pero ambos describen dispositivos de poder que atraviesan la vida cotidiana.
Conclusión informativa
Historias de animales y Una exposición no ofrecen respuestas definitivas. Su valor está en la precisión con la que formulan las preguntas. Kate Zambreno, con su prosa fragmentaria y erudita, y Ieda Magri, con su escritura material y reflexiva, construyen dos aproximaciones complementarias a un mismo problema: la mirada animal como espejo roto de la condición humana. En un momento en que la relación con los animales se ha vuelto un tema central de la ética contemporánea, estos libros ofrecen una contribución significativa: muestran que mirar a un animal no es un acto neutral, sino una operación que involucra al sujeto que mira y lo transforma. La literatura, en ambos casos, no resuelve la incomodidad: la vuelve pensable.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
