Arquitectura

La arquitectura frente al desafío digital: el caso de Slantis y la brecha tecnológica en la industria

La industria de la arquitectura y la construcción ha sido, históricamente, una de las más resistentes a la incorporación de tecnología en sus procesos productivos. Mientras otros sectores como la manufactura, la banca o el comercio minorista atravesaron transformaciones digitales profundas en las últimas tres décadas, la producción de proyectos arquitectónicos continúa, en gran medida, apoyada en tareas manuales, documentación fragmentada y una escasa integración entre las distintas etapas del ciclo de vida de una obra. Esa brecha, que se repite tanto en Montevideo como en Nueva York, según coinciden referentes del sector, constituye el punto de partida de Slantis, una firma fundada por las arquitectas Andy Robert y Mercedes Carriquiry que combina conocimiento disciplinar y tecnología para optimizar procesos, implementar metodologías BIM (Building Information Modeling) y acompañar a los estudios en la adopción de nuevas herramientas.

El fenómeno no es nuevo. Desde los años noventa, la irrupción del diseño asistido por computadora (CAD) prometió una revolución que, en la práctica, se limitó a reemplazar el tablero de dibujo por una pantalla, sin modificar la lógica fragmentada de producción. La aparición del BIM en la década de 2000, impulsada por casos emblemáticos como el del edificio One World Trade Center en Nueva York o el proyecto Crossrail en Londres, introdujo la posibilidad de centralizar la información en un modelo único y colaborativo. Sin embargo, su adopción masiva sigue siendo despareja: según datos de la Encuesta Nacional de BIM en Estados Unidos, apenas un 40% de los estudios de arquitectura lo implementa de manera integral, mientras que en América Latina la cifra desciende al 20%, de acuerdo con relevamientos de la Cámara Argentina de la Construcción (Camarco).

En Argentina, el camino hacia la digitalización del sector tuvo hitos concretos. En 2019, el Gobierno nacional lanzó el Plan Nacional de BIM, con el objetivo de que todas las obras públicas incorporaran esta metodología para 2030. La medida, inspirada en experiencias europeas como la británica, buscó estandarizar procesos y reducir sobrecostos, que en la construcción argentina alcanzan, según la Cámara Argentina de la Construcción, hasta un 30% debido a errores de coordinación y retrabajos. A pesar de ello, la implementación efectiva avanzó lentamente: la falta de capacitación, la resistencia al cambio en estudios tradicionales y la ausencia de incentivos económicos claros en un contexto de crisis inflacionaria retrasaron los plazos previstos. En 2023, solo un 15% de los proyectos públicos licitados incluían requisitos BIM, según datos del Ministerio de Obras Públicas.

El caso de Slantis se inscribe en esa tensión entre la necesidad de modernización y las dificultades estructurales del sector. La firma, que nació de la experiencia de sus fundadoras en estudios internacionales —Mercedes Carriquiry trabajó en el taller de Jean Nouvel en París—, identificó dos problemas centrales que resuenan con los diagnósticos locales. Por un lado, la persistencia de procesos manuales y repetitivos: si en la mitad de un proyecto se modifica un tipo de ventana, alguien debe corregir a mano el plano, la lista de materiales, el presupuesto y los detalles constructivos. Como el arquitecto, el ingeniero y la fábrica trabajan con archivos separados, esa corrección se repite en cada eslabón de la cadena. Por otro lado, la escasa colaboración entre etapas: diseño, proyecto ejecutivo y obra operan con manuales y prácticas propias, y la información se reconstruye desde cero en cada pasaje.

Ese diagnóstico coincide con estudios internacionales. Un informe de la consultora McKinsey de 2020 señaló que la industria de la construcción es la segunda menos digitalizada del mundo, solo por detrás de la agricultura. La misma fuente estima que la adopción de tecnologías colaborativas podría generar un ahorro de hasta 1,2 billones de dólares anuales a nivel global para 2030. En Argentina, la Cámara Argentina de la Construcción advirtió en 2022 que la falta de digitalización impacta directamente en la productividad: mientras la manufactura creció un 3% anual en eficiencia en la última década, la construcción lo hizo a un ritmo del 1%.

Slantis trabaja precisamente sobre esos cuellos de botella. Entre sus proyectos se destacan la ampliación del campus de YouTube en San Bruno, California; el desarrollo de geometría, diseño para fabricación y ensamblaje, y planos de taller para la plaza de la torre 270 Park Ave, de Foster & Partners, un rascacielos de 60 pisos en Nueva York; y el diseño de interiores para varias tiendas de Yves Saint Laurent en América. La firma no solo implementa software, sino que busca modificar la forma de producir proyectos: arma un modelo completo del edificio —un gemelo digital— y desde allí coordina todas las disciplinas, evitando la duplicación de tareas y los errores de coordinación.

La experiencia internacional muestra que este enfoque rinde frutos. En Chile, el programa Construye 2025, impulsado por la Cámara Chilena de la Construcción, logró que el 45% de las grandes empresas del sector adoptaran BIM en sus procesos, con una reducción promedio del 15% en los plazos de obra. En Brasil, el gobierno de San Pablo exigió BIM en todas las licitaciones públicas a partir de 2021, lo que derivó en un aumento del 20% en la eficiencia de los proyectos estatales, según la Fundación Getulio Vargas. Estos antecedentes contrastan con la lentitud argentina, donde la adopción sigue dependiendo de iniciativas privadas y de la voluntad de estudios y desarrolladores.

Las implicancias de esta brecha son múltiples. En términos económicos, la baja digitalización encarece las obras, retrasa los plazos y desalienta la inversión en infraestructura. En términos sociales, una construcción más eficiente podría traducirse en viviendas más accesibles y en una mayor capacidad de respuesta ante emergencias habitacionales. En términos ambientales, la metodología BIM permite calcular con precisión los materiales, reduciendo desperdicios: según el World Business Council for Sustainable Development, la construcción genera el 40% de los residuos sólidos urbanos a nivel mundial, una cifra que podría reducirse hasta un 30% con procesos digitales integrados.

El caso de Slantis, sin embargo, no está exento de desafíos. La implementación de BIM requiere inversión inicial en software, capacitación y reestructuración de equipos, algo que los estudios pequeños —mayoría en Argentina— difícilmente puedan afrontar sin apoyo externo. Además, la resistencia cultural al cambio es significativa: muchos arquitectos formados en la tradición del proyecto analógico ven en la digitalización una amenaza a la creatividad o una burocratización del oficio. La propia Andy Robert lo sintetiza: “La innovación en arquitectura pasa menos por incorporar software que por cambiar la forma de producir proyectos”.

En conclusión, la transformación digital de la arquitectura es un proceso en marcha pero desigual. Mientras experiencias como la de Slantis demuestran que es posible optimizar procesos y competir en el mercado global, la brecha tecnológica en Argentina y América Latina sigue siendo un obstáculo estructural. El contraste con los avances de Chile, Brasil y los países desarrollados evidencia que la adopción de BIM no es una moda, sino una condición para la competitividad futura. La pregunta ya no es si la arquitectura adoptará la tecnología, sino a qué velocidad y con qué costos sociales y económicos quedará rezagada si no lo hace.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *