En un contexto global donde los grandes museos europeos atraviesan profundas transformaciones, una noticia sacude el panorama cultural sudamericano: el Centro Pompidou de París, ícono de la modernidad y el arte contemporáneo, cerrará sus puertas hasta 2030 para una renovación integral. Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, emerge una nueva institucionalidad artística que promete reescribir las reglas del juego. Se trata del Centro Pompidou Paraná, el primer museo de la red Pompidou en América, que se erigirá en la ciudad brasileña de Foz de Iguazú, en el corazón de la Triple Frontera entre Brasil, Argentina y Paraguay. Su inauguración está prevista para diciembre de 2028, y su diseño, a cargo del arquitecto paraguayo Solano Benítez, propone una ruptura con los cánones tradicionales: utilizará ladrillos de tierra colorada, un material ancestral y local, para construir un espacio que aspira a descentralizar los relatos del arte contemporáneo y a poner en valor el potencial de América Latina como productora de conocimiento.
La historia de los centros Pompidou fuera de Francia no es nueva. Desde la apertura de la sede de Metz en 2010, la institución francesa ha explorado modelos de expansión que combinan la marca parisina con las particularidades locales. Sin embargo, el proyecto de Foz de Iguazú representa un salto cualitativo. No se trata de una simple sucursal, sino de una alianza estratégica entre la Secretaría de Estado de Cultura de Paraná y el Centre Pompidou, que busca generar un polo cultural en una región caracterizada por su diversidad y su condición de frontera tripartita. La elección de Foz de Iguazú no es azarosa: la ciudad, conocida mundialmente por las Cataratas del Iguazú –Patrimonio Mundial de la Unesco y una de las Siete Maravillas Naturales del planeta–, es un territorio donde conviven comunidades indígenas, inmigrantes de diversas procedencias y una rica tradición cultural que se nutre del intercambio transfronterizo.
El arquitecto Solano Benítez, ganador del León de Oro de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016, ha desarrollado un lenguaje arquitectónico propio basado en el uso de materiales elementales, especialmente el ladrillo cerámico. Su enfoque rechaza la importación acrítica de soluciones formales y tecnologías de alto costo, y en su lugar parte de lo que el territorio ofrece: materia prima local, mano de obra, clima y cultura constructiva. En el caso del Pompidou Paraná, Benítez aprovechará la tierra colorada característica de la región –un suelo rico en hierro que le da su tonalidad rojiza– para fabricar ladrillos que no solo cumplen una función estructural, sino que también cuentan una historia geológica y cultural. «La arquitectura debe ser una consecuencia de su lugar», ha declarado el arquitecto en diversas entrevistas, subrayando su convicción de que la innovación no proviene de la tecnología importada, sino de la inteligencia aplicada a los recursos disponibles.
El proyecto se levantará en un terreno cercano al Aeropuerto Internacional de Foz de Iguazú, a unos diez minutos del Parque Nacional del Iguazú. Esta ubicación estratégica establece una relación directa entre el arte contemporáneo, la movilidad internacional y una de las mayores reservas de mata atlántica del continente. La conexión con el aeropuerto no es casual: se espera que el museo atraiga a visitantes internacionales que ya viajan a la región para conocer las cataratas, generando así un nuevo motivo de turismo cultural. Según datos de la Secretaría de Turismo de Paraná, la región recibió más de 1,5 millones de visitantes en 2023, y se proyecta un incremento del 20% para 2028, impulsado en parte por el nuevo museo.
La dimensión conceptual del trabajo de Benítez es uno de los aspectos más relevantes del Centro Pompidou Paraná. Su propuesta transforma los recursos locales, los saberes constructivos y los contextos culturales en un lenguaje universal, desplazando la mirada hacia el Sur Global como un territorio de invención y experimentación. En este sentido, el museo no solo albergará exposiciones de arte contemporáneo, sino que también funcionará como un laboratorio de ideas donde se crucen la arquitectura, el diseño, la ecología y las culturas originarias. El edificio contará con espacios flexibles para exposiciones temporales, una colección permanente centrada en artistas latinoamericanos, talleres de producción, un auditorio y áreas públicas abiertas a la comunidad.
La elección de Foz de Iguazú como sede del primer Pompidou en América no está exenta de desafíos. La Triple Frontera es una región compleja, marcada por flujos migratorios, tensiones geopolíticas y una rica diversidad cultural. Pero precisamente allí radica su potencial: el museo aspira a ser un puente entre Brasil, Argentina y Paraguay, promoviendo el diálogo intercultural y la cooperación regional. En un momento en que el mundo debate sobre la descolonización de los museos y la repatriación de obras, el Pompidou Paraná se presenta como una alternativa: en lugar de exportar un modelo europeo, se importa una institución que se adapta y se enriquece con el contexto local.
El impacto económico y social del proyecto también es significativo. La construcción del museo generará empleo local y dinamizará la economía de la región, especialmente en los sectores de la construcción, el turismo y los servicios culturales. Según estimaciones de la Secretaría de Cultura de Paraná, la obra demandará una inversión inicial de aproximadamente 50 millones de dólares, financiados en partes iguales entre el gobierno estatal y la institución francesa. Además, se espera que el museo atraiga a unos 500.000 visitantes anuales una vez inaugurado, lo que representaría un ingreso adicional de 30 millones de dólares por año para la región.
Sin embargo, no todo es consenso. Algunos sectores locales han expresado preocupación por el posible impacto ambiental de la construcción en un área cercana a la mata atlántica, uno de los biomas más amenazados del planeta. Los responsables del proyecto han asegurado que se seguirán estrictos estándares de sostenibilidad, incluyendo el uso de energías renovables, la gestión de residuos y la preservación de la vegetación nativa. Además, se ha comprometido la creación de un programa de educación ambiental dirigido a la comunidad.
La comparación con el Pompidou de París es inevitable. Mientras el original, diseñado por Renzo Piano y Richard Rogers, se prepara para una metamorfosis que lo mantendrá cerrado hasta 2030, el nuevo centro en Foz de Iguazú emerge como un símbolo de renovación y descentralización. No se trata de competir con la sede parisina, sino de complementarla y ampliar su alcance. En palabras de Laurent Le Bon, presidente del Centre Pompidou, «este proyecto representa una oportunidad única para repensar el papel de los museos en el siglo XXI, llevando el arte y la cultura a nuevos territorios y audiencias».
La elección de Solano Benítez no es menor. Su obra, caracterizada por el uso de ladrillo y técnicas constructivas de bajo costo, ha sido reconocida internacionalmente por su capacidad de generar belleza y funcionalidad con recursos mínimos. En proyectos como el Pabellón de Paraguay en la Bienal de Venecia de 2016, Benítez demostró que la arquitectura puede ser a la vez poética y socialmente responsable. Su enfoque resuena con la filosofía del Pompidou Paraná: un museo que no se impone sobre el paisaje, sino que emerge de él.
El Centro Pompidou Paraná se inserta en una tendencia más amplia de descentralización cultural en América Latina. En los últimos años, ciudades como Medellín, Lima y Buenos Aires han visto la apertura de nuevos museos y centros culturales que buscan descentralizar la oferta artística y promover el turismo cultural. En Brasil, el Instituto Inhotim en Minas Gerais y el Museo de Arte de São Paulo (MASP) son ejemplos de instituciones que han logrado proyección internacional sin renunciar a su identidad local. El Pompidou Paraná se suma a esta corriente, pero con una particularidad: es la primera vez que una institución europea de primer nivel establece una sede permanente en la región.
El proyecto también plantea interrogantes sobre el futuro de las instituciones culturales en la era post-pandemia. La crisis sanitaria aceleró la digitalización y puso en cuestión el modelo tradicional de museo como espacio físico. En este contexto, el Pompidou Paraná apuesta por lo presencial, por la experiencia sensorial del ladrillo y la tierra, por la interacción comunitaria. Su diseño incluye amplias terrazas y espacios abiertos que invitan a la apropiación pública, en línea con las demandas de una sociedad que reclama espacios de encuentro y participación.
La construcción del museo comenzará en 2025, una vez finalizados los estudios técnicos y ambientales. Se espera que la obra genere alrededor de 800 puestos de trabajo directos y 2.000 indirectos. Además, se ha firmado un acuerdo con la Universidad Federal de Integración Latinoamericana (UNILA), con sede en Foz de Iguazú, para desarrollar programas de formación en museología, curaduría y gestión cultural, que contribuyan a fortalecer el ecosistema artístico local.
En definitiva, el Centro Pompidou Paraná no es solo un museo. Es una declaración de principios: la cultura no tiene centro ni periferia, sino múltiples nodos de creación y diálogo. La tierra colorada de Foz de Iguazú, transformada en ladrillo, se convierte en el símbolo de una arquitectura que honra sus raíces y se proyecta hacia el futuro. Mientras París se renueva, América Latina construye. Y lo hace con sus propias manos, su propia tierra y su propia voz.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
