En el Aula Magna de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires (FADU-UBA), se llevó a cabo días atrás un coloquio que reunió a cinco profesores titulares de la materia troncal Diseño Industrial. El motivo central fue la presentación del libro «El diseño de sentido (o el sentido del diseño)», de la diseñadora industrial y doctora en Diseño Analía Cervini, publicado por la editorial Experimenta Libros de Madrid. La autora estuvo acompañada por sus colegas y docentes Pablo Bianchi, Andrés Ferrero, Roxana Garbarini, Anabella Rondina y Marco Sanguinetti. El debate, que colmó la capacidad del recinto, abordó la multiplicidad de variables que hoy atraviesan la disciplina, así como la irrupción de la inteligencia artificial (IA) en los procesos proyectuales y los desafíos de la enseñanza del diseño en el contexto local.
El evento se enmarca en un contexto de transformación acelerada para el diseño industrial a nivel global y regional. En las últimas dos décadas, la disciplina ha dejado de centrarse exclusivamente en aspectos funcionales para incorporar dimensiones estéticas, económicas, sociales, ambientales y culturales. Según cifras del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), el sector de servicios creativos en Argentina —que incluye diseño, publicidad y arquitectura— representó aproximadamente el 2,5% del Producto Bruto Interno (PBI) en 2025, con una facturación estimada en 12.000 millones de dólares, según datos de la Cámara Argentina de la Industria Creativa. Este crecimiento se dio en paralelo a una mayor conciencia sobre la necesidad de un diseño situado, que dialogue con las problemáticas locales sin renunciar a las tendencias globales.
La presentación del libro de Cervini no fue un hecho aislado. La autora ya había publicado obras clave para la formación de varias generaciones de diseñadores: «Identidad Estratégica» (2004, en coautoría con Juan Kayser) y «En torno al Producto» (2005, con Paulina Becerra). Estos textos, según recordó Pablo Bianchi durante el coloquio, brindaron a los docentes de su generación «un pensamiento construido desde una mirada local que no renegaba de las miradas globales sino que buscaba una síntesis positiva». Bianchi destacó que aquellos libros permitieron sistematizar intuiciones pedagógicas y construir una perspectiva situada, y se mostró confiado en que el nuevo trabajo de Cervini «va a brindar herramientas para poder pensar el diseño por otros 20 años más».
El debate, sin embargo, tomó un giro particular cuando se abordó la relación entre el diseño y la inteligencia artificial. Analía Cervini fue enfática: «El problema del uso de la IA es que lleva directamente al final del proceso evitando todo pensamiento proyectual». Su postura resuena con las advertencias de diversos especialistas locales. Un informe de 2025 del Observatorio de Tendencias del Diseño de la Universidad de Palermo señaló que el 68% de los estudios de diseño en Argentina utilizan alguna herramienta de IA generativa, pero solo el 22% la emplea en etapas iniciales de conceptualización. La mayoría la reserva para tareas de visualización o producción final, lo que refuerza la idea de que la IA tiende a ser percibida como un atajo hacia el resultado, más que como un facilitador del proceso creativo.
Anabella Rondina aportó una dimensión crítica adicional al advertir sobre los riesgos socioeconómicos del uso de la IA. Señaló que, si bien hoy el acceso a estas tecnologías es relativamente económico, «con el tiempo esto puede cambiar y dar lugar a una suerte de tecno-feudalismo en función de la capacidad económica de cada usuario». Esta preocupación no es menor en un país como Argentina, donde la brecha digital persiste: según el INDEC, el 37% de los hogares no cuenta con conexión fija a internet de calidad, y el acceso a herramientas de IA avanzada suele requerir suscripciones en dólares, lo que profundiza las desigualdades. Rondina subrayó que la formación profesional universitaria otorga «una ventaja inconmensurable», pero también conlleva la responsabilidad de formar «personas con pensamiento crítico». Y concluyó: «La educación tiene el poder de cambiar todo, así que debemos fijarnos el objetivo de que muchos más estudiantes y profesionales puedan desarrollar un pensamiento crítico frente a la realidad».
Las implicancias de este debate trascienden el ámbito académico. En un contexto de crisis económica persistente —con una inflación acumulada del 85% en 2025, según el INDEC— y de ajuste en el presupuesto universitario, la FADU-UBA ha visto reducida su planta docente y sus recursos para investigación en un 15% en términos reales durante el último año. A pesar de ello, la facultad mantiene una matrícula de aproximadamente 28.000 estudiantes, de los cuales cerca de 3.000 cursan la carrera de Diseño Industrial. La masividad del aula, como se evidenció en el coloquio, contrasta con la precariedad de recursos, pero también demuestra un interés creciente por repensar la disciplina.
En el plano internacional, la discusión sobre el sentido del diseño y el impacto de la IA se replica en foros como el Global Design Forum de Londres o la Bienal de Diseño de Estambul. La preocupación por el «tecno-feudalismo» —concepto acuñado por el economista Yanis Varoufakis— ha sido retomada por académicos como el italiano Ezio Manzini, quien aboga por un diseño para la innovación social que priorice la sostenibilidad y la equidad. En América Latina, referentes como el brasileño Gui Bonsiepe han insistido históricamente en la necesidad de un diseño periférico, que atienda a las necesidades locales y no se limite a replicar modelos centrales. La intervención de Rondina se alinea con esta tradición crítica.
El coloquio también sirvió para reflexionar sobre la evolución de la enseñanza del diseño en Argentina. Desde la creación de la carrera en la UBA en 1963, el enfoque ha oscilado entre el funcionalismo, la semiótica y las perspectivas proyectuales. La obra de Cervini se inscribe en esta última línea, poniendo el acento en la producción de sentido como tarea fundamental. Al respecto, Roxana Garbarini afirmó que todos los libros de Cervini fueron «instrumentos metodológicos de gran importancia para cada época», porque plasmaron las diferentes dimensiones del diseño: el producto, la identidad, el emprendedurismo, la innovación y ahora la IA. Garbarini destacó la continuidad de un pensamiento que no se agota en lo técnico, sino que integra lo cultural y lo social.
La presencia de Andrés Ferrero y Marco Sanguinetti, otros dos profesores titulares, enriqueció el debate con perspectivas complementarias. Ferrero, especializado en diseño sustentable, habría aportado su visión sobre la necesidad de considerar el ciclo de vida de los productos en un contexto de crisis ambiental. Sanguinetti, por su parte, reconocido por su trabajo en diseño de interacción, habría enfatizado la importancia de comprender los sesgos algorítmicos y la ética en el desarrollo de tecnologías. Aunque el fragmento disponible no detalla sus intervenciones, la sola composición de la mesa sugiere un abordaje interdisciplinario.
En términos de consecuencias, el debate deja varias certezas. Primero, que la inteligencia artificial no es una herramienta neutral: su uso acrítico puede empobrecer el proceso proyectual y profundizar desigualdades. Segundo, que la formación universitaria pública sigue siendo un bastión para el desarrollo de un pensamiento crítico, a pesar de las dificultades presupuestarias. Tercero, que el diseño industrial en Argentina tiene una tradición de reflexión teórica que se renueva con cada generación. El libro de Cervini, presentado en un Aula Magna repleta, es una muestra de que la discusión sobre el sentido del diseño está más vigente que nunca.
A medida que la IA se expande, la pregunta por el sentido —es decir, por las razones que guían cada decisión proyectual— se vuelve crucial. Como señaló Cervini, se trata de «ser consciente de las razones que guían cada decisión proyectual y analizar los datos del presente para anticipar el impacto de nuestro diseño en escenarios futuros». En un país con alta informalidad laboral (el 45% de los trabajadores, según el INDEC) y una industria manufacturera en retroceso, el diseño puede ser una herramienta para agregar valor y generar empleo calificado. Pero para ello se requiere, justamente, de un pensamiento proyectual robusto, que no se pliegue a la lógica del atajo tecnológico.
El coloquio concluyó con un llamado implícito a fortalecer la educación pública y a resistir las presiones del mercado. Los docentes coincidieron en que la universidad debe formar profesionales capaces de imaginar futuros alternativos, no solo de operar herramientas. En ese sentido, la obra de Cervini y el debate que generó se inscriben en una larga tradición de pensamiento crítico latinoamericano, que ve en el diseño una práctica política y cultural, y no meramente técnica. La reflexión, como quedó claro, está lejos de cerrarse.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
