La publicación de ‘Instrucción de novicias. Vidas del convento barroco para guiar tu presente’ (Blackie Books) irrumpe en el panorama editorial con una propuesta que desafía las narrativas convencionales sobre la clausura femenina. Detrás de este volumen se encuentran Ana Garriga y Carmen Urbita, un dúo de investigadoras españolas que operan bajo el seudónimo de Las hijas de Felipe y que han construido una obra donde la erudición académica se entrelaza con un estilo que simula el diálogo íntimo entre amigas. El resultado es un texto que, según las propias autoras, funciona como una suerte de crónica de la bilocación: la capacidad de estar simultáneamente dentro y fuera de los muros del convento.
El libro no se limita a describir la vida cotidiana de las monjas carmelitas, jerónimas, clarisas, ursulinas y benedictinas entre los siglos XVI y XVII. Su aporte central radica en reinterpretar el convento como un espacio de resistencia y producción, no como un simple refugio espiritual. En una época donde el destino femenino estaba marcado por el matrimonio, la maternidad y la subordinación doméstica, vestir el hábito representaba una salida concreta: evitaba los partos múltiples, liberaba a las mujeres de las obligaciones familiares y abría la puerta a una autonomía relativa que la sociedad secular les negaba.
La investigación de Garriga y Urbita se apoya en fuentes documentales de archivos conventuales, tratados espirituales y correspondencia epistolar. A partir de ese corpus, las autoras reconstruyen prácticas que la historiografía tradicional había minimizado. Entre ellas, la gestión económica de los monasterios como unidades productivas complejas. Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, fundó diecisiete conventos carmelitas descalzos entre 1562 y 1582, lo que implicó no solo una labor espiritual sino también una tarea administrativa de gran escala: adquisición de propiedades, negociación con autoridades civiles y eclesiásticas, administración de rentas y supervisión de talleres internos.
Ese perfil gerencial contrasta con la imagen pasiva que durante siglos se atribuyó a las religiosas. Las autoras documentan cómo los conventos funcionaban como pequeñas empresas donde las monjas producían bienes —dulces, bordados, manuscritos, medicamentos— que luego comercializaban en los mercados locales. La clausura, lejos de ser un aislamiento absoluto, permitía una forma de inserción económica que garantizaba la supervivencia de la comunidad y, en algunos casos, acumulaba un poder considerable.
El libro también aborda la dimensión intelectual de la vida conventual. Los monasterios eran depositorios de saber: bibliotecas, archivos, escuelas de música y espacios de escritura. Sor Juana Inés de la Cruz, en el México colonial, se convirtió en una celebridad literaria desde su celda, y su obra teatral, poética y ensayística sigue siendo objeto de estudio. Casos como el suyo demuestran que el convento podía ser una plataforma para la producción cultural femenina en un contexto donde las mujeres tenían vedado el acceso a las universidades.
Las autoras comparan esa realidad con la experiencia contemporánea de las universidades de élite anglosajonas, como la de Brown en Rhode Island, donde ellas mismas investigaron. Establecen un paralelismo provocador: así como los claustros barrocos acumulaban libros y conocimiento, los campus universitarios actuales funcionan como centros de saber con exigencias de dedicación intensiva —catorce horas diarias frente a los libros o la computadora— y una vida social limitada. La disciplina académica moderna, sugieren, guarda una similitud estructural con los votos religiosos: renuncia a ciertos placeres mundanos a cambio de pertenencia a una comunidad de saber.
Sin embargo, las diferencias son notables. Mientras las monjas del barroco encontraban en el rezo silencioso una herramienta introspectiva que podía derivar en reflexión libre —las autoras se preguntan con ironía qué certeza había de que realmente estuvieran rezando—, la universidad contemporánea impone una productividad medible en publicaciones y créditos. La comparación no busca equiparar ambas experiencias, sino iluminar cómo ciertas estructuras de encierro y dedicación han servido históricamente para la producción de conocimiento.
El estilo de ‘Instrucción de novicias’ merece un análisis aparte. Garriga y Urbita escriben con una velocidad narrativa que se asemeja a un diálogo entre amigas, pero sostienen esa ligereza aparente con un rigor documental que no cede en ningún momento. Cada especulación sobre las costumbres monásticas está anclada en fuentes verificables, aunque el tono sea especulativo y lúdico. Esa combinación permite que el lector se identifique con las mujeres retratadas sin caer en el anacronismo psicologista. Las autoras no pretenden ‘dar voz’ a las monjas, sino reconstruir sus estrategias a partir de los rastros que dejaron.
El contexto histórico es fundamental para entender el fenómeno. Los siglos XVI y XVII en España y sus dominios americanos coinciden con la Contrarreforma, un periodo de reafirmación católica tras el Concilio de Trento (1545-1563). En ese marco, los conventos femeninos se multiplicaron y se convirtieron en instituciones clave para la Iglesia. No solo cumplían funciones espirituales, sino también educativas, asistenciales y económicas. Las monjas administraban hospitales, escuelas para niñas y talleres artesanales. En algunos casos, sus redes de influencia llegaban a las cortes virreinales y a la nobleza local.
Ese poder no estaba exento de tensiones. Las autoridades eclesiásticas vigilaban de cerca la ortodoxia de las comunidades y, en particular, las prácticas místicas que podían desviarse de la doctrina. Santa Teresa de Jesús enfrentó sospechas de los inquisidores antes de ser reconocida como reformadora. Sor Juana Inés de la Cruz sufrió la censura del obispo de Puebla y terminó renunciando a sus libros y a la escritura. La historia de las monjas barrocas es, por lo tanto, una historia de negociación constante con el poder patriarcal, tanto dentro como fuera de la Iglesia.
Las implicancias de este libro trascienden el ámbito académico. En un momento de debate sobre el rol de las mujeres en la historia y la visibilidad de las experiencias femeninas, ‘Instrucción de novicias’ ofrece un modelo de investigación que combina rigor y accesibilidad. No se trata de una obra de divulgación simplificada, sino de un ensayo que asume que el lector puede manejar complejidad conceptual si se le presenta con claridad y humor. Ese enfoque ha sido bien recibido por la crítica y por un público amplio, lo que sugiere una demanda creciente de narrativas históricas que no sacrifiquen profundidad por entretenimiento.
El libro también invita a repensar la relación entre encierro y creatividad. Los conventos eran espacios cerrados, pero dentro de ellos florecieron formas de arte, pensamiento y organización social que desafiaron las expectativas de género. Las monjas no eran víctimas pasivas de un sistema opresivo, sino agentes que utilizaron los recursos disponibles —la oración, la escritura, la música, la gestión económica— para construir vidas con sentido propio. Esa lección resuena en el presente, cuando las mujeres siguen enfrentando obstáculos estructurales en el acceso al conocimiento y al poder.
Las autoras, por su parte, se presentan como personajes de su propia escritura. El encierro en la Universidad de Brown les permitió experimentar una disciplina análoga a la de las monjas, aunque con objetivos distintos. Esa experiencia personal se integra en la narración sin caer en el yo autobiográfico excesivo. El resultado es un texto que se lee como una conversación erudita, donde la complicidad entre las autoras se convierte en un recurso retórico que acerca al lector.
En términos de estructura, ‘Instrucción de novicias’ combina capítulos temáticos con digresiones que exploran casos específicos. Se abordan cuestiones como la jerarquía interna de los conventos, las diferencias entre órdenes religiosas, el papel de las monjas legas, la sexualidad y el cuerpo en la clausura, y las formas de sociabilidad permitidas. Cada capítulo se apoya en una selección de fuentes que incluye tratados de teología mística, manuales de confesores, biografías espirituales y documentos administrativos.
La conclusión que emerge de esta obra no es un juicio moral sobre el pasado, sino una invitación a observar con atención las estrategias que las mujeres han desarrollado para navegar sistemas restrictivos. El convento barroco, lejos de ser un mundo cerrado y homogéneo, aparece como un ecosistema complejo donde convivían la devoción, la política, el comercio y el arte. Esa complejidad es la que ‘Instrucción de novicias’ logra transmitir con una prosa que, sin renunciar al dato preciso, se permite la especulación y el juego.
En definitiva, el libro de Garriga y Urbita se suma a una corriente historiográfica que busca descentrar las narrativas tradicionales y recuperar las voces y prácticas de las mujeres en la historia. Su aporte específico radica en el enfoque interdisciplinario —historia, literatura, estudios de género, teoría organizacional— y en un estilo que hace accesible un material de archivo denso. Para quienes se interesan por la historia de las mujeres, la historia cultural del barroco o simplemente por las formas en que el conocimiento se produce en condiciones de encierro, ‘Instrucción de novicias’ ofrece una lectura que informa y estimula la reflexión.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
