Hay libros que se escriben, libros que se leen y libros que se habitan. Manuel Marín Navarro, profesor de Dibujo jubilado de Vélez-Málaga, ha llevado esta última categoría a un extremo literal: durante seis años, siete meses y 23 días —un cómputo que él mismo registró con precisión casi notarial— copió íntegramente a mano El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha en caligrafía gótica adaptada. El resultado es ‘El Quixote Axárquico’, un volumen de cerca de 20 kilogramos que contiene aproximadamente 344.000 palabras y 2,1 millones de caracteres distribuidos en 1.305 páginas de gran formato. La obra no solo es una proeza física y caligráfica, sino también un gesto de reivindicación patrimonial: el título recupera la grafía original del siglo XVII —’Quixote’ con ‘x’— y la fusiona con el nombre de la comarca que habita, la Axarquía malagueña.
El punto de partida del proyecto fue tan simple como desmedido. Marín Navarro, que atesora unos 300 ejemplares diferentes del Quijote en su biblioteca personal —entre ellos un ejemplar valorado en 6.000 euros y una versión en miniatura que debe leerse con lupa—, decidió que no bastaba con coleccionar la obra inmortal de Cervantes. Había que reescribirla. Y hacerlo, además, con una disciplina monástica. Durante más de media década, el calígrafo dedicó entre siete y ocho horas diarias a trazar cada carácter con tinta china, utilizando una decena de plumas artesanales fabricadas por él mismo, diseñadas específicamente para lograr la densidad y angulosidad propias de la escritura gótica.
La caligrafía gótica, desarrollada en el norte de Europa a partir del siglo XI y extendida por todo el continente durante la Baja Edad Media, se caracteriza por sus trazos rectos, angulosos y compactos, con una marcada ruptura de las curvas respecto a la minúscula carolingia que la precedió. Fue la escritura dominante en los manuscritos medievales y en los primeros libros impresos europeos, incluida la Biblia de Gutenberg. Sin embargo, en España la tradición gótica convivió con formas más cursivas como la escritura cortesana, y su uso decayó progresivamente desde el siglo XVI con la irrupción de la escritura humanística de influencia italiana. Que Marín Navarro haya elegido precisamente esta grafía para su empresa no es un capricho estético: es una declaración de intenciones sobre el peso histórico de la palabra escrita.
Para la confección de la obra, el autor siguió un ritual minucioso que él mismo ha descrito en entrevistas. «Pongo música del XVII, me meto dentro del personaje, leo primero el capítulo, me hago la idea y después empiezo a escribir», explica. Ese proceso implicaba una inmersión total en el universo cervantino. «He disfrutado una barbaridad», sintetiza. Pero la empresa no estuvo exenta de dificultades. Durante el extenso periodo de trabajo, Marín Navarro enfermó de coronavirus y confiesa que en algunos momentos pensó que la tarea «era interminable». Aun así, sostiene que el reto conseguido «se puede considerar una locura» y añade, con ironía cervantina, que «Don Quijote es otra locura».
El libro no solo es una transcripción caligráfica. Incorpora ilustraciones realizadas por medio centenar de artistas de la comarca de la Axarquía, convirtiendo la obra en un proyecto colectivo de alcance comarcal. Esa dimensión colaborativa conecta directamente con la historia local, ya que Miguel de Cervantes estuvo en Vélez-Málaga al menos en dos ocasiones durante su etapa como recaudador de impuestos para la Corona de Felipe II, en la década de 1590. La presencia del escritor en esta tierra, aunque breve, deja un rastro documental que Marín Navarro ha querido honrar vinculando su obra con el territorio.
La materialidad del libro impone desafíos adicionales. Con sus 20 kilos de peso y dimensiones monumentales, su encuadernación requiere «una piel de vaca completa» para las tapas, según explica el propio autor, que se encuentra en busca de un encuadernador capaz de realizar el trabajo. Marín Navarro tiene previsto encargar un facsímil para uso personal y donar el original al Ayuntamiento de Vélez-Málaga, con una condición taxativa: que no se venda ni se reproduzca. Una decisión que contrasta con la valoración económica que él mismo estima: «alrededor del millón de euros si se contara el trabajo de seis años y pico a ocho horas diarias».
Desde una perspectiva económica, el cálculo es revelador. Seis años y medio a ocho horas diarias representan aproximadamente 19.000 horas de trabajo. Aunque la cifra de un millón de euros pueda parecer simbólica, lo cierto es que el valor del manuscrito como pieza única difícilmente podría establecerse mediante parámetros convencionales de mercado. No existen equivalentes directos: la última gran transcripción manuscrita del Quijote conocida data de las ediciones facsimilares del siglo XIX, y ninguna fue ejecutada con caligrafía gótica artesanal ni con plumas fabricadas por el propio autor. El valor patrimonial, sin embargo, es incalculable en términos de dedicación, técnica y significado cultural.
En el plano social, la obra de Marín Navarro plantea preguntas incómodas sobre la relación contemporánea con la escritura. En una era dominada por la inmediatez digital, la mensajería instantánea y la inteligencia artificial generativa, dedicar siete años de la vida —casi 19.000 horas— a trazar a mano más de dos millones de caracteres constituye un acto casi subversivo. Es una declaración sobre el valor del tiempo, la artesanía y la paciencia en un mundo que ha desterrado las tres. «El Quijote muestra la importancia de tener sueños aunque parezcan imposibles y nos tachen de loco», señala Marín Navarro, resumiendo en una frase la ética que sostiene su trabajo.
La obra se inscribe además en una tradición más amplia de manuscritos monumentales que han marcado hitos en la historia del libro. Desde los grandes evangeliarios irlandeses como el Libro de Kells hasta los códices iluminados del scriptorium de San Martín de Tours, pasando por las biblias atlánticas del románico, la humanidad ha tendido a medir su ambición cultural por el tamaño y la complejidad de sus libros. ‘El Quixote Axárquico’ dialoga con esa tradición milenaria, pero lo hace desde un lugar inesperado: la casa de un profesor jubilado en un pueblo de la costa malagueña, armado con plumas de su propia invención y una perseverancia que solo puede calificarse de quijotesca.
Marín Navarro, que resume su experiencia diciendo que «se ha comido y bebido el Quijote, lo ha olido», asegura que la obra de Cervantes «habla de todo: del amor, la humildad, la fidelidad, el arte, la pobreza, la riqueza». Y concluye con una afirmación que es también una advertencia, un legado y una invitación: «Por eso hay que leerlo». El libro ya está terminado. Falta la encuadernación. Y luego, el depósito en el Ayuntamiento de Vélez-Málaga, donde quedará a resguardo de cualquier transacción comercial. Un tesoro de veinte kilos que pesa, sobre todo, por el tiempo que contiene.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
