En 1949, Thomas Mann regresó a Alemania. Lo hizo después de dieciséis años de exilio, huyendo primero del nazismo y luego de la guerra. El Premio Nobel de Literatura volvía a un país en ruinas, dividido entre las potencias vencedoras. Ese viaje es el punto de partida de Tierra de mi padre, la nueva película del realizador polaco Pawel Pawlikowski, que se posiciona como una de las obras más destacadas del año 2026.
Pawlikowski no es un desconocido para la crítica. Con Ida (2013) ganó el Óscar a la mejor película extranjera. Con Cold War (2018) compitió en Cannes y se llevó el premio a la mejor dirección. Ambas cintas exploraron las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial en la sociedad polaca y europea. Tierra de mi padre cierra esa trilogía informal. Pero esta vez el foco no está en Polonia, sino en Alemania. Y el protagonista no es un personaje ficticio, sino una figura histórica: Thomas Mann.
El filme se centra en un momento particular de la vida del escritor, más que en su obra. Mann, interpretado por Hanns Zischler, llega a la Alemania de la posguerra para preparar una serie de discursos. El motivo oficial es el bicentenario del nacimiento de Johann Wolfgang von Goethe, pilar de la cultura alemana. Pero el trasfondo es otro: Mann quiere visitar tanto el sector controlado por los estadounidenses como el soviético. Su presencia se convierte en un objeto de propaganda para ambas Alemanias.
La película no arranca con Mann. Arranca con su hijo Klaus, interpretado por August Diehl. Klaus está al teléfono con su hermana Erika. Su sarcasmo no oculta una profunda depresión. Erika espera reunirse con él y con su padre en Fráncfort. La relación entre los tres es el núcleo emocional del relato. Pero es la relación entre Thomas y Erika la que sostiene la película.
Sandra Hüller compone a una Erika vital y desconcertante. Hüller, vista en Anatomía de una caída (2023) y Zona de interés (2023), impone una presencia magnética. Su personaje es impredecible. No se sabe cómo reaccionará en cada escena. Eso la vuelve terriblemente atractiva. Erika no tolera la hipocresía. En los agasajos a su padre hay encumbrados fascistas y nazis. Ella no dejará pasar la oportunidad para manifestar lo que siente.
Thomas Mann, en cambio, se muestra medido. Zischler lo interpreta con una contención que solo se quiebra cuando enfrenta a los fascistas. Mann fue utilizado por las dos Alemanias. Cada una quería aprovecharse de él, chuparle la sangre y vanagloriarse de su presencia. La película testimonia el inconformismo de Erika. Y también el del propio Mann, a sus 74 años, seis antes de morir.
El director Pawlikowski se concentra en la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias inmediatas. Lo hace con una mirada equidistante. Se preocupa por sus personajes como seres que sufren. Y mucho. La película no juzga de forma maniquea. Plantea cómo tratar no solo a los criminales de guerra, sino también a los que fueron cómplices de atrocidades humanitarias. Esa pregunta recorre todo el metraje.
El aspecto formal es otro de los grandes hallazgos. La fotografía en blanco y negro de Lukasz Zal, colaborador habitual de Pawlikowski, construye una Alemania destruida. El diseño de arte refleja un estado de descomposición. Las ruinas no son un decorado: son un personaje más. La cámara registra los escombros, las calles vacías, los edificios agujereados. Todo contribuye a una atmósfera de devastación material y moral.
Pero Tierra de mi padre no es solo un ejercicio de estilo. Es un drama de personajes. Las escenas en las que padre e hija comparten su intimidad son las más altas de la película. Allí el film conmueve. A veces con palabras. Otras veces con el sonido de la música. Pawlikowski se nutre de Bach, el músico predilecto de Klaus. En una escena, Thomas y Erika escapan e ingresan a una iglesia en ruinas. Un organista toca una obra de Bach. Esa escena basta para que la película se convierta en una de las mejores del año.
El contexto histórico es clave para entender la obra. Thomas Mann abandonó Alemania en 1933, cuando los nazis llegaron al poder. Vivió en Suiza, luego en Estados Unidos. En 1949, cuando regresó, Alemania estaba dividida en cuatro zonas de ocupación. La Guerra Fría comenzaba. Mann visitó tanto la zona occidental como la oriental. En la República Democrática Alemana fue recibido con honores, pero también con recelo. En la República Federal, su figura generaba admiración y desconfianza.
La película explora esa ambigüedad. Mann no era un político, pero su voz tenía peso. Sus discursos denunciaban la complicidad alemana con el nazismo. Pero también llamaban a la reconciliación. Eso le valió críticas de ambos lados. Erika, su hija, era más radical. Ella no estaba dispuesta a olvidar ni a perdonar. La tensión entre padre e hija refleja las contradicciones de una sociedad que intentaba reconstruirse sobre escombros físicos y morales.
Pawlikowski ya había abordado estos temas en Ida y Cold War. En Ida, una novicia descubre su origen judío en la Polonia de los años sesenta. En Cold War, una historia de amor imposible en el contexto de la Guerra Fría. Ambas películas ganaron premios internacionales y consolidaron al director como una de las voces más importantes del cine europeo contemporáneo. Tierra de mi padre cierra esa trilogía con una exploración de la complicidad y la culpa colectiva.
El elenco acompaña con solidez. August Diehl, conocido por Inglourious Basterds (2009) y Un escondite en el corazón (2016), compone a un Klaus Mann atormentado. Klaus fue un escritor talentoso, pero siempre a la sombra de su padre. La película sugiere esa tensión sin subrayarla. La relación entre Klaus y Erika también tiene sus matices. Los hermanos comparten una complicidad que oscila entre el afecto y la ironía.
La película se estrenó en el Festival de Cannes 2026, donde recibió críticas entusiastas. La prensa especializada destacó la fotografía, las actuaciones y la capacidad de Pawlikowski para combinar lo íntimo con lo histórico. Algunos críticos señalaron que el ritmo es pausado, pero que la recompensa emocional es alta. La Academia podría tenerla en cuenta para la temporada de premios.
En términos de implicancias, Tierra de mi padre invita a reflexionar sobre la memoria histórica. ¿Cómo se juzga a los cómplices? ¿Qué lugar ocupan los artistas en tiempos de crisis? ¿Es posible reconciliarse sin olvidar? La película no da respuestas cerradas. Plantea preguntas incómodas. Y eso es parte de su valor. En un momento en que el mundo asiste al resurgimiento de discursos nacionalistas y autoritarios, la obra de Pawlikowski adquiere una relevancia incuestionable.
El regreso de Mann a Alemania no fue un acto de nostalgia. Fue un acto político. La película lo muestra como un hombre que intenta entender lo que pasó, pero que también carga con su propia culpa. Mann se exilió, pero otros no pudieron hacerlo. La película no lo juzga, pero tampoco lo absuelve. Esa ambigüedad es su mayor fortaleza.
Tierra de mi padre es una de las mejores películas de 2026. No solo por su calidad artística. También por su capacidad para conectar el pasado con el presente. El cine de Pawlikowski no ofrece consuelo fácil. Ofrece preguntas. Y en tiempos de respuestas rápidas, eso es un mérito enorme. La película se estrena en cines de Argentina y América Latina en noviembre de 2026. Una cita obligada para quienes buscan un cine que piense.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
