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Nicolas Winding Refn regresa con ‘Su propio infierno’: una parodia poco inspirada tras una década de ausencia

Nicolas Winding Refn, el cineasta danés responsable de títulos como Drive y The Neon Demon, ha vuelto a la dirección después de una década sin estrenar un largometraje. Su nueva película, Su propio infierno, llega con una advertencia explícita: una de sus protagonistas, mientras espera el comienzo de un rodaje, sentencia que «esta película va a ser un infierno». Es uno de los pocos chistes y muchos guiños de un director que, en sus propias palabras, quiso reivindicarse tras un largo periodo de inactividad. Sin embargo, el resultado dista de ser una obra redentora.

El contexto de este regreso es fundamental para entender la propuesta. Refn se mantuvo alejado de la cámara durante diez años, periodo en el que enfrentó una afección coronaria que lo mantuvo clínicamente muerto durante media hora antes de ser reanimado. El director ha bromeado agradeciendo «a Dios por matarlo y mandarlo de vuelta», y asegura que esa experiencia lo impulsó a empezar de cero y sirvió como inspiración central para Su propio infierno. Esa motivación, sin embargo, no se traduce en una narrativa coherente.

La trama de Su propio infierno es difusa, como la niebla que cubre la metrópolis retrofuturista en la que transcurre. Tres actrices se reúnen en un hotel para rodar una película: una estrella de cine (Sophie Thatcher, vista en Hereje y Compañera perfecta), su madrastra —que fue su mejor amiga hasta que se involucró con el padre de la estrella— y una influencer debutante. El filme está a cargo de Johnny Thunders, padre de la estrella y esposo de la examiga, y buena parte de la trama se centra en las tensiones casi siempre sexuales de ese triángulo. En otra línea narrativa completamente distinta, el Soldado K se enfrenta a todo tipo de pintorescos villanos en la Tokio de posguerra para rescatar a su hija del infierno. Mientras tanto, en algún otro tiempo y espacio —o no—, un asesino en serie conocido como El Hombre de Cuero acecha a hijas ajenas para abrirles el tórax al medio con sus vistosos guantes negros con diamantes engarzados.

Winding Refn impone un tono generalizado distante y artificial en las actuaciones de todo su elenco. Buena parte de los diálogos rara vez refieren a la escasa acción en pantalla y son «boutades» (comentarios ingeniosos). «¿Y quién quiere que la gente se pueda identificar con una?», pregunta con sarcasmo una de las chicas, en una frase que sirve como ejemplo de los dos puntos anteriores. Ese tono uniforme vuelve la atmósfera agobiante, y el aspecto visual tampoco colabora demasiado. Refn lleva a fondo el expresionismo cinematográfico que inició en Drive, su reconversión como director. Su propio infierno encandila con sus constantes colores saturados, con el fucsia, el azul y el rosa bien saltones predominando en la paleta, como si al mismo tiempo quisiera homenajear a Hello Kitty y a Blade Runner. En este ambiente hostil, la música aporta un poco de amabilidad, a cargo del italiano Pi.

El reparto incluye a Sophie Thatcher, quien venía de brillar en Hereje y Compañera perfecta, pero aquí queda atrapada en un personaje unidimensional. La estrella de cine que interpreta no logra trascender el estereotipo de diva atormentada. Su madrastra, interpretada por una actriz que no se menciona en el texto original, cumple con el rol de femme fatale sin matices. La influencer debutante aporta poco más que una presencia decorativa. En la línea del Soldado K, el actor principal no logra transmitir la urgencia del rescate de su hija, y los villanos de la Tokio de posguerra son caricaturescos. El Hombre de Cuero, con sus guantes negros y diamantes, es un villano que parece sacado de una película de serie B, pero sin la ironía necesaria para ser disfrutable.

La estructura narrativa fragmentada no ayuda. Refn salta entre las tres historias sin transiciones claras, dejando al espectador confundido sobre qué es real y qué no. La metrópolis retrofuturista, con su niebla constante, podría ser un personaje más, pero se queda en un decorado vacío. La fotografía, a cargo de un colaborador habitual de Refn, abusa de los filtros de color hasta el punto de que las escenas pierden profundidad. Los primeros planos, tan característicos del director, aquí se sienten gratuitos.

En cuanto a las implicancias, Su propio infierno representa un paso en falso en la carrera de Refn. Después de Drive, el director se convirtió en un referente del cine de autor con inclinaciones comerciales. The Neon Demon, estrenada en 2016, generó polémica pero también admiración por su audacia visual. Desde entonces, Refn se dedicó a proyectos televisivos y a la producción, pero su regreso al cine era esperado con expectación. La década de ausencia, marcada por su problema cardíaco, generó una narrativa de resiliencia que la película no cumple. La crítica especializada ha sido mayoritariamente negativa, señalando que la película es pretenciosa y vacía. En taquilla, el estreno ha sido discreto, y las redes sociales se han llenado de comentarios decepcionados.

El impacto de Su propio infierno en la industria es limitado. Refn sigue siendo un nombre respetado, pero esta película no añade nada a su filmografía. Para los seguidores del director, es un tropiezo; para el público general, una curiosidad olvidable. La película se estrenó en un número reducido de salas y su paso por festivales fue discreto. No ha generado el debate que sí provocó The Neon Demon, ni ha conectado con la audiencia como Drive.

En conclusión, Su propio infierno es una parodia poco inspirada de los temas que Refn ha explorado antes: la violencia estilizada, la sexualidad tortuosa y la alienación urbana. La advertencia inicial de que la película sería un infierno se cumple, pero no en el sentido que el director probablemente pretendía. La experiencia de haber estado clínicamente muerto no se traduce en una obra trascendente, sino en una sucesión de imágenes coloridas y diálogos ingeniosos que no logran construir una historia coherente. Refn quiso reivindicarse, pero apenas logró una parodia de sí mismo. El infierno, esta vez, es para el espectador.

El director danés ha declarado en entrevistas que su intención era hacer una película que reflejara el caos de la mente humana tras una experiencia cercana a la muerte. Sin embargo, el caos en pantalla no está estructurado; es simplemente confuso. La mezcla de géneros —thriller, ciencia ficción, drama— no se integra bien. Los diálogos, que pretenden ser ingeniosos, resultan vacíos. La violencia, que en Drive era efectiva, aquí es gratuita. La estética, que en The Neon Demon era fascinante, aquí es abrumadora.

La película dura 145 minutos, una extensión excesiva para una historia tan dispersa. El montaje, a cargo de un editor habitual de Refn, no logra dar ritmo. Las escenas se suceden sin construcción de tensión. El clímax, cuando las tres líneas narrativas convergen, es confuso y anticlimático. El final abierto deja más preguntas que respuestas, pero no de la manera que invita a la reflexión, sino de la que genera indiferencia.

En el contexto del cine contemporáneo, Su propio infierno se suma a una lista de películas de directores consagrados que regresan tras años de ausencia con resultados irregulares. Refn no es el primero ni será el último. Pero su caso es particular porque su estilo visual había sido su sello distintivo, y aquí ese estilo se vuelve en su contra. La saturación de colores, que antes era hipnótica, ahora es agotadora. La cámara lenta, que antes era elegante, ahora es pretenciosa. Refn parece haber perdido la capacidad de sorprender.

Los actores, por su parte, no logran elevar el material. Sophie Thatcher, que había demostrado talento en películas anteriores, aquí parece perdida. Su personaje no tiene arco narrativo. La madrastra, interpretada por una actriz de renombre, no tiene suficiente tiempo en pantalla para desarrollar su conflicto. La influencer, un personaje que podría haber sido una crítica mordaz a la cultura digital, se queda en un cliché. El Soldado K, interpretado por un actor de acción, no tiene la presencia necesaria. El Hombre de Cuero, el asesino en serie, es un villano olvidable.

La banda sonora, a cargo del italiano Pi, es uno de los pocos aspectos destacables. Mezcla sintetizadores con instrumentos tradicionales japoneses, creando una atmósfera que a veces contrasta con la imagen. Pero no es suficiente para salvar la película. La música, como el resto, se siente desconectada de la narrativa.

En definitiva, Su propio infierno es una oportunidad perdida. Refn tenía la oportunidad de contar una historia personal sobre la vida, la muerte y la resurrección, pero se perdió en su propia estética. La película no es un infierno para el director, sino para quien la ve. La reivindicación que buscaba no llega. Su legado sigue descansando en Drive y, quizás, en Pusher. Esta nueva obra no añade nada nuevo, solo confirma que el estilo de Refn, sin una historia sólida, es insuficiente.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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