El Teatro Colón vivió una noche cargada de emociones. La reposición de Los cuentos de Hoffmann, de Jacques Offenbach, se transformó en un homenaje póstumo a Eugenio Zanetti, el talentoso artista cordobés que falleció el 18 de septiembre pasado mientras se encontraba en plenos ensayos de esta producción. Zanetti fue el factótum de la puesta, responsable de la escenografía, el vestuario y la dirección de arte. Su partida dejó un vacío irreparable en el equipo, pero también un legado visual que quedará en la memoria del público porteño.
La temporada lírica 2026 del Colón había previsto esta reposición como penúltimo título. Nadie imaginó que sería el último trabajo de Zanetti. La noticia de su muerte conmocionó al ambiente teatral. Y la función se convirtió, de hecho, en un acto de despedida. Sobre el escenario, cada telón, cada traje, cada luz parecía hablar de su ausencia. El público, consciente de la tragedia, aplaudió con respeto y admiración.
Pero más allá del homenaje, la obra en sí misma plantea un desafío mayúsculo. Los cuentos de Hoffmann es una ópera de génesis problemática. Offenbach la concibió al final de su carrera, basándose en la obra de Jules Barbier y Michel Carré, quienes a su vez retomaron la figura real de E.T.A. Hoffmann, pionero de la literatura fantástica. La muerte de Offenbach dejó partes sin concluir. Ernest Guiraud completó la orquestación y añadió recitativos. Con el tiempo, la obra se convirtió en un rompecabezas de versiones. En el siglo XX se le sumaron arias y conjuntos. Las ediciones críticas de las últimas décadas la han revisado una y otra vez. Christian Peter la llamó “ópera de geometría variable”. Y no le falta razón.
Esta producción de 2019, ahora repuesta, apuesta fuerte a lo visual. Zanetti despliega una fantasía extravagante, ecléctica, sin pretensiones de coherencia dramática. La escenografía es imponente. El vestuario mezcla trajes decimonónicos con vestidos de los años veinte. Hay guiños metateatrales y cinematográficos. Todo fluye como una sucesión ininterrumpida de estímulos visuales. El espectador no debe buscar la lógica narrativa, sino entregarse al vértigo de las imágenes.
La batuta de Carlo Montanaro no estuvo a la altura de las circunstancias. No logró evitar desfases, incluso dentro de la misma orquesta, como se apreció en la introducción del acto de Olympia. Tampoco propuso una lectura interesante. Se limitó a una correcta concertación. Los cuerpos estables cumplieron con su habitual profesionalismo. Pero faltó esa chispa que convierte una función correcta en una noche memorable.
En el plano vocal, el tenor francés Jean-François Borras, formado en la escuela gala, hizo gala de excelente estilo y buen gusto. Su dicción fue perfecta. Sin embargo, su desempeño encontró falencias en los agudos, que sonaron “empujados”. No fue una actuación redonda. A su lado, la mezzosoprano Annalisa Stroppa, ya conocida por el público del Colón, se destacó con gracia escénica y adecuado estilo en el doble rol de La Musa y Nicklausse. Su interpretación fue uno de los puntos altos de la noche. La inclusión del bellísimo concertato final “Des cendres de ton coeur réchauffé” realzó su actuación.
El resto del elenco cumplió sin sobresaltos. La puesta en escena, con su despliegue visual, logró tapar algunas grietas musicales. Pero los puristas habrán notado las costuras. La dirección escénica, a cargo del propio Zanetti, apeló a un lenguaje cinematográfico que por momentos hizo olvidar las limitaciones vocales. La iluminación y la maquinaria escénica funcionaron a la perfección. El Colón mostró una vez más su capacidad técnica.
Más allá del homenaje, la reposición plantea interrogantes sobre el futuro de la producción. Sin Zanetti, ¿se podrá mantener el mismo nivel? La respuesta es incierta. Pero por ahora, el público disfrutó de un espectáculo único. La función del sábado 10 de octubre de 2026 quedará en la historia del Colón como la despedida de un artista irrepetible.
Eugenio Zanetti fue un creador inclasificable. Nacido en Córdoba, Argentina, en 1946, estudió arquitectura y luego se volcó al diseño de producción. Ganó un premio Óscar por la dirección de arte de Restauración (1995). Trabajó en cine, teatro y ópera. Su estilo barroco, recargado, siempre sorprendió. En el Colón dejó su huella en varias producciones. Esta Los cuentos de Hoffmann es, quizás, su testamento artístico.
La ópera de Offenbach, mientras tanto, sigue siendo un enigma. Sus múltiples versiones, sus finales alternativos, sus personajes ambiguos. La historia de Hoffmann, el poeta atormentado, se presta a infinitas lecturas. Zanetti eligió la más visual. La más onírica. La más alejada del realismo. Y en ese gesto, encontró una coherencia propia.
El público, de pie, aplaudió largamente. Algunos lloraron. Otros, simplemente, contemplaron el escenario vacío. La música de Offenbach se apagó. Pero la imagen de Zanetti, proyectada en cada rincón del teatro, permanecerá. Los cuentos de Hoffmann volvió al Colón. Y lo hizo con un emotivo homenaje a quien fuera su alma mater. Un cierre circular. Un adiós con sabor a gloria.
La temporada lírica 2026 continúa. Pero esta función quedará marcada. No solo por la calidad artística, sino por el contexto. La muerte de Zanetti tiñó todo de melancolía. Y el Colón, una vez más, demostró que es un espacio donde la vida y el arte se entrelazan. A veces, de manera trágica. A veces, de manera sublime. Esta vez, ambas cosas a la vez.
Para los amantes de la ópera, la cita era imperdible. Para los seguidores de Zanetti, un acto de despedida. Para el teatro argentino, una pérdida irreparable. Los cuentos de Hoffmann seguirá representándose en el mundo. Pero esta versión, con la firma de Zanetti, ya es historia. Una historia de fantasía, de música y de dolor. Una historia que el Colón supo contar con respeto y emoción.
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