Introducción
La península de Nicoya, en el noroeste de Costa Rica, pertenece al exclusivo grupo de las cinco Zonas Azules del planeta, aquellas regiones donde la longevidad de sus habitantes supera por márgenes considerables los promedios mundiales. Junto con Okinawa en Japón, Cerdeña en Italia, Icaria en Grecia y Loma Linda en California, Nicoya constituye un laboratorio natural que desafía las concepciones convencionales sobre el envejecimiento. Allí, en comunidades donde el trabajo físico es parte de la rutina diaria y los ingresos económicos son modestos, residen actualmente 61 personas centenarias según los registros de la Asociación Península de Nicoya Zona Azul.
El dato contradice de raíz la premisa de que una vida larga depende de la riqueza material. En esta franja de la provincia de Guanacaste, que abarca los cantones de Santa Cruz, Hojancha, Carrillo, Nandayure y parte del cantón de Nicoya, la pobreza supera el promedio nacional costarricense y durante décadas el aislamiento geográfico fue la norma. La paradoja ha mantenido ocupados a demógrafos, epidemiólogos y genetistas de todo el mundo, que buscan desentrañar qué combinación de factores convierte a esta región en un caso único dentro del continente americano.
Desarrollo
El concepto de Zona Azul fue acuñado por los demógrafos Michel Poulain y Gianni Pes, y posteriormente popularizado por el periodista Dan Buettner en colaboración con National Geographic. Nicoya ingresó formalmente en este mapa global de la longevidad a partir de una conversación académica ocurrida en 2005. Ese año, durante una conferencia en Francia, Poulain interrogó al demógrafo costarricense Luis Rosero-Bixby, fundador del Centro Centroamericano de Población de la Universidad de Costa Rica, sobre si existían regiones particularmente longevas en ese país. Rosero-Bixby confirmó que, en efecto, en Nicoya los adultos mayores morían a tasas un 20 por ciento inferiores a las del resto de Costa Rica, país que ya de por sí ostenta la segunda esperanza de vida más alta de América, solo superada por Canadá.
En 2008, Rosero-Bixby publicó en la revista científica Demography un estudio que cuantificó con precisión la magnitud del fenómeno. Sus conclusiones fueron contundentes: un hombre de 60 años residente en Nicoya tenía cuatro veces más probabilidades de convertirse en centenario que otro costarricense, siete veces más que un japonés y diez veces más que un estadounidense. El trabajo se basó en el proyecto CRELES (Costa Rican Longevity and Healthy Aging Study), un estudio longitudinal con más de 7.000 observaciones que analizó durante años múltiples variables de salud, nutrición y entorno en la población adulta mayor costarricense.
La dieta tradicional mesoamericana constituye uno de los pilares que la ciencia ha identificado como factor protector. Los habitantes centenarios de Nicoya consumieron durante la mayor parte de sus vidas lo que localmente se conoce como las tres hermanas: frijoles, maíz y calabaza. Esta base alimentaria, complementada con arroz, frutas tropicales como el mango, la papaya y el marañón, verduras como el pejibaye y el culantro de coyote, y cantidades moderadas de huevos, lácteos artesanales y carne de animales de corral, proporciona una combinación de proteínas vegetales, fibra, carbohidratos complejos de liberación lenta y antioxidantes. Los estudios nutricionales del CRELES documentaron que la ingesta calórica de los nicoyanos es modesta pero suficiente, con cenas ligeras consumidas alrededor de las seis de la tarde, un patrón coherente con el principio de restricción calórica moderada que la gerontología asocia con una mayor esperanza de vida.
A este perfil nutricional se suma un factor geológico que ha despertado particular interés entre los investigadores. El agua subterránea de la península de Nicoya es la más dura de Costa Rica, es decir, la que presenta la mayor concentración de calcio y magnesio disueltos, resultado de su filtración a través de antiguas formaciones de piedra caliza. Décadas de consumo de esta agua se han asociado con una densidad ósea significativamente superior en la población longeva, lo que se traduce en tasas de fracturas de cadera marcadamente inferiores a las registradas en otros países. Adicionalmente, el magnesio presente en el agua ha sido vinculado con una mejor salud cardiovascular, lo que coincide con la baja prevalencia de enfermedad isquémica del corazón documentada entre los centenarios nicoyanos.
El perfil clínico de esta población, analizado en un estudio de 2017 liderado por Madrigal-Leer y publicado en Aging Clinical and Experimental Research, reveló que los centenarios de Nicoya presentaban baja incidencia de diabetes, enfermedad pulmonar obstructiva crónica y polifarmacia, es decir, un consumo mínimo de medicamentos. Dormían un promedio de ocho horas diarias y mantenían índices de masa corporal predominantemente dentro de rangos normales.
La actividad física integrada en la vida cotidiana representa otro vector explicativo. En Nicoya no existen residencias geriátricas ni la noción de retiro pasivo. El trabajo físico —caminar largas distancias, cultivar la tierra, cuidar animales— forma parte de la rutina hasta edades muy avanzadas y constituye lo que los especialistas denominan actividad física de baja intensidad pero constante, un patrón que la evidencia epidemiológica asocia con una menor mortalidad por todas las causas.
El entramado social y el sentido de propósito —el plan de vida que mencionan los propios centenarios— completan el cuadro. Investigaciones cualitativas han documentado que los longevos de Nicoya mantienen vínculos familiares estrechos, reciben visitas frecuentes de vecinos y participan activamente en la vida comunitaria. La pertenencia a una comunidad con fuertes lazos intergeneracionales opera como un amortiguador del estrés crónico, factor que la psiconeuroinmunología ha vinculado con el acortamiento de los telómeros y el envejecimiento celular acelerado. Además, la mayoría profesa alguna forma de espiritualidad o fe religiosa que proporciona un marco de significado existencial.
El componente genético, aunque menos comprendido, no debe subestimarse. Rosero-Bixby y otros investigadores han señalado que la ascendencia chorotega —el pueblo indígena que habitó la región antes de la conquista española— podría haber legado variantes genéticas que interactúan favorablemente con el entorno. Sin embargo, los científicos advierten que no existe un único gen de la longevidad, sino probablemente una compleja interacción entre múltiples polimorfismos genéticos y las condiciones ambientales descritas.
Un factor institucional frecuentemente pasado por alto es el sistema de salud costarricense. Costa Rica fue uno de los cuatro casos de estudio del influyente informe de la Fundación Rockefeller Good Health at Low Cost, gracias a su sistema de seguro de salud público casi universal y su red de atención primaria que realiza visitas periódicas a los hogares de las personas mayores. Todos los centenarios nicoyanos documentados cuentan con algún tipo de pensión, ya sea del Régimen No Contributivo o del Régimen de Invalidez, Vejez y Muerte de la Caja Costarricense de Seguro Social.
El caso de José Flores Flores, un hombre de 119 años residente en la región, ha captado la atención mediática internacional. Aunque su edad figura en los registros oficiales costarricenses, el proceso de certificación ante organismos internacionales como Guinness World Records aún se encuentra en curso, y algunos investigadores llaman a la cautela antes de confirmar una marca que lo convertiría en la persona más longeva del mundo. Su historia, reconstruida por el diario español El País, ilustra tanto el potencial excepcional de la región como las dificultades metodológicas inherentes a la validación de edades extremas en poblaciones con registros civiles históricamente menos robustos.
Implicancias
La existencia de Nicoya como Zona Azul tiene implicancias que desbordan el ámbito académico y tocan el núcleo de las políticas públicas sobre envejecimiento. La constatación de que la longevidad excepcional puede florecer en contextos de escasez material relativa cuestiona el paradigma que equipara salud con gasto sanitario creciente y medicalización de la vejez. Sugiere, en cambio, que intervenciones de bajo costo —como garantizar acceso a agua de calidad, preservar dietas tradicionales frente a la penetración de ultraprocesados, mantener redes de atención primaria con componente domiciliario y fomentar la cohesión comunitaria— podrían rendir dividendos en términos de años de vida saludable muy superiores a los de estrategias farmacológicas costosas.
Sin embargo, el panorama no es estático ni está exento de amenazas. En 2023, el propio Luis Rosero-Bixby publicó en Demographic Research un estudio titulado The vanishing advantage of longevity in Nicoya, Costa Rica: A cohort shift, en el que documentó que la ventaja de longevidad de los hombres mayores en Nicoya está desapareciendo progresivamente. El análisis, basado en datos de mortalidad del período 1990-2020 para cohortes nacidas antes de 1950, mostró que el fenómeno está impulsado principalmente por efectos de cohorte: las generaciones más jóvenes no están replicando los patrones de longevidad de sus predecesores. La zona geográfica donde la ventaja persiste se ha reducido a un pequeño corredor de aproximadamente 25.000 habitantes entre Hojancha y la localidad costera de Sámara.
Las causas de este declive son objeto de investigación activa, pero los científicos apuntan a la conjunción de varios factores: el cambio en los patrones alimentarios con la introducción de productos ultraprocesados típicos de la transición nutricional global, la reducción de la actividad física cotidiana conforme se mecanizan las labores agrícolas, la fragmentación de las estructuras familiares tradicionales, y posiblemente alteraciones en la composición mineral del agua subterránea vinculadas a cambios en los patrones de precipitación asociados al cambio climático.
El Quinto Informe del Observatorio del Envejecimiento de Costa Rica, publicado en 2025, advierte que el cambio climático representa un riesgo concreto para la sostenibilidad de la Zona Azul. Las modificaciones en los regímenes de lluvia pueden alterar la composición química de los acuíferos, reduciendo la concentración de calcio y magnesio. Las inundaciones y la erosión del suelo aumentan el riesgo de contaminación hídrica, lo que podría obligar a tratar el agua con procesos que alteren su composición natural. Adicionalmente, la viabilidad de los cultivos tradicionales —maíz, frijoles, frutas tropicales— está amenazada por la variabilidad climática.
Conclusión
La península de Nicoya representa un caso de estudio excepcional para la gerontología y la salud pública global. La evidencia científica acumulada durante dos décadas —desde los trabajos pioneros de Rosero-Bixby y el proyecto CRELES hasta los perfiles clínicos de Madrigal-Leer y las advertencias recientes del Observatorio del Envejecimiento— converge en señalar que la longevidad nicoyana no obedece a un único factor sino a una constelación de elementos que interactúan sinérgicamente: una dieta mesoamericana tradicional basada en las tres hermanas, agua excepcionalmente rica en calcio y magnesio, actividad física integrada en la vida diaria sin solución de continuidad, vínculos sociales densos y un sistema de salud con fuerte componente de atención primaria.
La paradoja de que esta longevidad excepcional haya florecido en una región de bajo desarrollo socioeconómico no implica que la pobreza sea virtuosa, sino que ciertos determinantes de la salud —la calidad del agua, la cohesión social, una dieta no procesada— pueden operar como factores protectores incluso en contextos de limitaciones materiales. La lección para las políticas de envejecimiento saludable es clara: no se trata de replicar la escasez sino de identificar y preservar los mecanismos protectores que esa escasez, por razones históricas y geográficas, mantuvo intactos.
El hallazgo de que la ventaja está desapareciendo en las cohortes más jóvenes añade urgencia a la investigación y a la acción. Nicoya podría estar ofreciendo al mundo, en tiempo real, un experimento natural sobre qué sucede cuando los factores que promovieron una longevidad extraordinaria durante generaciones comienzan a erosionarse. Documentar ese proceso con rigor científico, y extraer lecciones aplicables a otras poblaciones, constituye uno de los desafíos más relevantes para la demografía y la epidemiología del envejecimiento en las próximas décadas.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
