Espectáculos

El impacto que provoca darse cuenta que Leticia Brédice es el Gordo Casero

El estreno de Milagro en el Teatro Santa María marcó un hito en la escena teatral porteña. No por el despliegue de producción ni por una parafernalia escénica desmedida. Todo lo contrario. El escenario aparece despojado. Sin silla. Sin mesa. Sin teléfono de línea. Solo Leticia Brédice y su sobrina Ananda Li Brédice, quien oficia de maestra de ceremonias en un ritual que coquetea con el freak show.

La obra arranca con Ananda, vestida como para ir a Palacio sobre un escenario más pelado que el más modesto de los teatros del off. La chica anuncia lo que se viene. Habla de la aparición de una mujer de clase alta, una Figueroa Alcorta, rubia madura, descocada, que dejará salir al hombre elefante que lleva adentro. La advertencia es clara: esto no será un stand up convencional.

El público que colmó la sala el viernes pasado tenía un aire de under chic. Todo el mundo se parecía a Mike Amigorena. En las butacas se alentaba como si Brédice estuviera por dar un recital. Clima de regreso para alguien que vive con la puerta entornada. La expectativa flotaba en el aire. Y no era para menos.

Leticia Brédice es una maestra del absurdo. Va narrando historias de puño y letra de una manera que solo podría hacerlo Alfredo Casero. La conexión es inmediata. De hecho, uno recuerda que trabajaron juntos en A Todo Culorr, un programa de televisión que fue debut y despedida. No es un stand up. Son tal para cual. Entonces aparecen carcajadas sueltas, risas incómodas, algún aplauso mal puesto, pero nunca reacciones solidarias.

Milagro se desangra en escena y actúa una cosa profundamente teatral que no sabemos definir. Hay un episodio del personaje en Mar del Plata. Unas vacaciones accidentales en La Bristol. Tratándose de una sola persona, el texto podría trastabillar con la fiaca de un libreto standapero. Eso no ocurre. Poder diferenciarlo es un hallazgo imprevisto.

Decir que la obra trata sobre María de los Milagros Figueroa Alcorta, una mujer atravesada por una historia de vida dura y marginal con una infancia de madre alcohólica y blá, sería una tremenda picardía. El contenido está en otro lado. En la intensidad de nuestra Gena Rowlands. En la bestialidad que transmite Brédice.

Al final te vas con un pequeño nudo en el pecho porque cuando termina la obra Leticia y Ananda, tía y sobrina, se dan un abrazo que rompe la cuarta pared. Un piedrazo contra el espejo.

La conexión con Casero no es fortuita. Ambos comparten un código común: el humor absurdo como herramienta de disección social. Casero, con su Gordo Casero, construyó un personaje que navegaba entre la ternura y el disparate. Brédice hace lo propio desde otro registro. Su Milagro es un vehículo para explorar los márgenes. Para exponer las grietas de una sociedad que prefiere mirar para otro lado.

El unipersonal no es un monólogo tradicional. Es una performance. Es un acto de resistencia. Brédice no busca la complicidad fácil del público. Busca la incomodidad. La risa nerviosa. El silencio espeso. Y lo logra.

La crítica especializada ya habla de un antes y un después en la carrera de Brédice. No es para menos. Milagro es una obra que trasciende el formato. Es un espejo deformado de la realidad argentina. Un espejo que, como el de la obra, se rompe en mil pedazos.

El impacto que provoca darse cuenta que Leticia Brédice es el Gordo Casero no es menor. Es la confirmación de que el teatro argentino sigue produciendo artistas capaces de romper moldes. De generar preguntas incómodas. De incomodar al establishment.

La temporada en el Teatro Santa María continúa. Las funciones se agotan. El boca a boca hace su trabajo. Milagro se convierte, función tras función, en un fenómeno. No por el marketing. No por los premios. Sino por la potencia de una actriz que, en escena, lo da todo.

La obra se despide con un abrazo que rompe la cuarta pared. Un gesto simple. Un gesto enorme. Leticia y Ananda. Tía y sobrina. Dos generaciones sobre un escenario. Una historia que se repite. Una historia que se transforma. El teatro como espacio de memoria. El teatro como espacio de lucha.

Milagro no es una obra para todos los públicos. Es una obra para los que se animan a mirar de frente. Para los que no le temen al ridículo. Para los que entienden que el arte, a veces, es un piedrazo contra el espejo.

Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.

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