Poco más de 50 años separan el inicio y el final de ‘Érase una vez en Harlem’ (Once Upon a Time in Harlem), un documental que nació como respuesta a los estereotipos raciales degradantes que proyectaba el cine de productores blancos. El documentalista William Greaves (1926-2014) comenzó a esbozar la idea en 1969 y la producción pudo terminarse recientemente gracias al trabajo de su hijo David y su nieta Liani.
«Me quedó claro que a menos que nosotros los negros comenzáramos a producir información para el cine y la televisión, siempre habría una distorsión de la imagen negra», señaló Greaves en aquel momento. Tres años más tarde, en 1972, comenzó a trabajar en lo que consideraba el material audiovisual más importante que jamás había filmado: un largometraje que reunía a figuras supervivientes del llamado Renacimiento de Harlem, un período entre las décadas de 1920 y 1930 en el que la vida intelectual y artística de ese barrio neoyorquino tuvo una poderosa actividad, con nuevas expresiones culturales que abarcaban la literatura, la música, la danza y las artes plásticas. En aquel entonces se lo denominó ‘New Negro Movement’.
Harlem empezó a convertirse en un distrito negro a comienzos del siglo XX y a partir de 1919 se consolidó como un barrio con numerosos clubes de jazz. En 1920 era la capital cultural de la comunidad negra y centro de la actividad jazzística en Nueva York. Greaves centró el documental en un cóctel en la casa de Duke Ellington en agosto de 1972, en un intento por tomar de primera mano las voces de músicos, bailarines, escritores y pintores que habían vivido aquel período transformador para la vida cultural afroamericana y que corría el riesgo real de pasar al olvido.
El realizador invitó al cóctel a los supervivientes de aquella época que pudo localizar; algunos no se habían visto en décadas. Entre ellos estaban el pianista Eubie Blake (1887-1983) y el cantante y compositor Noble Sissle (1889-1975); el pintor Aaron Douglas (1900-1979), el escritor Richard Bruce Nugent (1906-1987), el poeta Arna Wendell Bontemps (1902-1973) y el fotógrafo James Van Der Zee (1886-1983). Si bien el encuentro se realizó en la casa de Ellington, Duke no pudo estar presente por un problema de salud y la anfitriona fue su hermana Ruth.
La reunión se filmó con cuatro cámaras y dos equipos de filmación que estuvieron recorriendo el departamento para captar conversaciones y, sobre todo, transmitir esa pasión con la cual hablaron los protagonistas de aquellos años venturosos en Harlem. «No hubo nada preparado, la idea fue que todo fluyera con naturalidad», según contó David Greaves. Fueron cuatro horas en las que el grupo compartió recuerdos entrañables, anécdotas y humor que fueron abriendo la puerta para un gradual intercambio sobre política, idioma y legado. David Greaves, que tenía 22 años en 1972, participó de la filmación bajo la dirección de su padre. «Él era consciente de las personas involucradas», recordó.
El contexto histórico del Renacimiento de Harlem es fundamental para entender la magnitud del proyecto. Este movimiento cultural, que se extendió aproximadamente entre 1918 y 1937, marcó un antes y un después en la producción artística e intelectual afroamericana. Harlem, un barrio de Manhattan que a principios del siglo XX experimentó una transformación demográfica significativa, se convirtió en un epicentro de creatividad. La Gran Migración, que llevó a cientos de miles de afroamericanos del sur rural a las ciudades del norte industrializado, contribuyó a este fenómeno. Figuras como Langston Hughes, Zora Neale Hurston, Claude McKay y el propio Duke Ellington emergieron de este entorno, desafiando las narrativas racistas dominantes y redefiniendo la identidad negra en Estados Unidos.
La relevancia de este documental radica en su enfoque testimonial directo. William Greaves, un pionero del cine independiente afroamericano, buscó capturar las voces de los protagonistas antes de que desaparecieran. La demora de cinco décadas en la finalización del proyecto refleja tanto las dificultades de financiamiento como la complejidad de un material que requería un tratamiento cuidadoso. David Greaves y Liani Greaves retomaron el trabajo con el objetivo de preservar la integridad de la visión original. Según declaraciones de la familia, el proceso de posproducción incluyó la restauración de las imágenes y el diseño de una narrativa que respetara el fluir espontáneo de la conversación.
El film no solo documenta un encuentro, sino que se erige como un archivo vivo de una generación que transformó la cultura estadounidense. La decisión de filmar en la casa de Ellington, un símbolo del éxito y la sofisticación negra, añade una capa simbólica: el lugar donde el jazz y la alta cultura se encontraban. La ausencia de Duke Ellington, quien falleció en 1974, es una muestra de las limitaciones del proyecto, pero también un recordatorio de la urgencia de registrar estas memorias.
Las implicancias de esta obra trascienden el ámbito cinematográfico. En un contexto actual de debate sobre representación y memoria histórica, ‘Érase una vez en Harlem’ ofrece un contrarelato a las narrativas dominantes. La distorsión de la imagen negra en los medios, denunciada por Greaves en los años sesenta, sigue siendo un tema vigente. La producción de información propia, como él señaló, es una herramienta de empoderamiento. El documental se convierte así en un documento educativo y en un testimonio de resistencia cultural.
Además, el proceso de realización, que abarcó más de medio siglo, plantea interrogantes sobre la preservación del patrimonio audiovisual. Muchos proyectos de cineastas independientes afroamericanos de esa época quedaron inconclusos por falta de recursos. La finalización de esta obra por parte de las generaciones siguientes subraya la importancia de la continuidad familiar y del compromiso con la memoria. David Greaves, testigo directo de la filmación, aporta una perspectiva única que garantiza la fidelidad al espíritu de su padre.
La estructura del documental, basada en la conversación espontánea, evita el formato de entrevista tradicional. Las cuatro horas de metraje original probablemente hayan sido editadas para condensar lo esencial, pero el objetivo es mantener la naturalidad. Los participantes, todos ellos figuras clave del Renacimiento, ofrecen anécdotas que iluminan aspectos poco conocidos del movimiento: desde las tensiones políticas internas hasta la influencia del arte africano en la estética modernista. La mezcla de humor y reflexión sugiere un ambiente de camaradería, pero también de conciencia sobre la importancia de su legado.
En términos de consecuencias, el estreno del documental puede contribuir a una revalorización del Renacimiento de Harlem en la educación y en la crítica cultural. La obra se suma a otros esfuerzos por rescatar figuras olvidadas, como el fotógrafo James Van Der Zee, cuyo archivo visual es fundamental para entender la vida cotidiana del Harlem de entreguerras. La inclusión de artistas menos conocidos, como Richard Bruce Nugent, abiertamente homosexual en una época de represión, añade diversidad a la narrativa.
La conclusión es informativa: ‘Érase una vez en Harlem’ es un documental que condensa medio siglo de historia y que finalmente ve la luz gracias a la perseverancia de la familia Greaves. Su valor reside en la autenticidad de las voces que lo integran y en su capacidad para desafiar los estereotipos que motivaron su creación. La obra no solo cierra un ciclo iniciado en 1969, sino que abre una ventana para que las nuevas generaciones accedan a un período crucial de la cultura afroamericana, contado por sus propios protagonistas.
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