La adolescencia es, por definición, una etapa de transformación. En ese tránsito, los padres juegan un papel crucial: deben estar presentes, pero también otorgar espacio para que los jóvenes ganen autonomía, aprendan de sus errores y construyan sus propios recursos. La psicóloga española Pilar Cebrián, especializada en adolescencia y autora del libro ‘Querido hijo me caes fatal’, aborda estos desafíos en sus redes sociales y en entrevistas como la concedida a El País, donde advierte sobre los riesgos de la sobreprotección y la importancia de una comunicación estratégica.
Cebrián sostiene que acompañar a los hijos sin caer en la sobreprotección es uno de los grandes desafíos de la crianza. Su enfoque se centra en distinguir entre los comportamientos esperables de la edad y las señales que indican un problema que requiere atención profesional. Para ella, la comunicación es fundamental, pero no se trata de forzar a los adolescentes a hablar, sino de generar las condiciones para que puedan hacerlo cuando lo necesiten.
En la entrevista, la psicóloga explica que los adolescentes aprenden por el ejemplo y la observación. ‘La comunicación es la clave para no generar conflictos mayores. Si desde pequeños hemos abierto un canal de comunicación con ellos, cuando lleguen a esta etapa en la que no se entienden ni ellos mismos, recurrirán a nosotros’, afirma. En ese sentido, aclara que no se debe obligar al adolescente a contar nada, sino buscar espacios donde pueda comunicarse. ‘Tenemos que ser los mejores estrategas en esta etapa de la vida de nuestros hijos’, plantea. Y agrega: ‘Lo que hay que hacer es darles la oportunidad de contárnoslo y explicarles lo que podamos sin sonar a sermón’.
El equilibrio entre presencia y autonomía
Uno de los puntos centrales de su mensaje es la necesidad de evitar la sobreprotección. Cebrián advierte que los padres suelen sobreproteger con la excusa del amor y el miedo a que les pase algo a sus hijos. ‘Tengo tanto miedo de que le pase algo a mi hijo que le sobreprotejo tanto que evito que tenga herramientas que le van a proteger el día de mañana’, ejemplifica. En esa línea, explica que cuando los adultos se anticipan a cada problema y tratan de resolverlo antes de que sus hijos tengan la oportunidad de enfrentarlo, les niegan la posibilidad de aprender de esas experiencias. ‘Si nosotros les protegemos y les decimos lo que va a pasar, ellos no lo viven y no son capaces de encontrar sus propias herramientas’, sostiene.
Esta idea se conecta con el concepto de aprendizaje por observación y experiencia. Para Cebrián, los adolescentes aprenden por el ejemplo y la observación, por lo que es fundamental permitirles atravesar situaciones desafiantes con el acompañamiento adecuado, pero sin sustituir su accionar. ‘Tenemos que entender la adolescencia como una etapa de aprendizaje en la que nosotros podemos ser buenos maestros si sabemos jugar bien la partida. Y tenemos que asumir que es normal que nos enfademos, que haya conflictos y que no todo salga perfecto’, insiste.
El conflicto como oportunidad
Lejos de ver el conflicto como un fracaso, la psicóloga lo considera una parte inherente del proceso. De hecho, uno de los errores principales que identifica es pretender que tanto los hijos como los padres respondan siempre a un ideal de perfección. En la entrevista, Cebrián señala que el error está en no aceptar que la adolescencia implica roces y desencuentros. ‘Es normal que nos enfademos’, dice, y sugiere que los padres deben asumir esa realidad para no caer en la frustración o en la culpa.
Desde una perspectiva psicológica, la adolescencia se caracteriza por la búsqueda de identidad y la necesidad de separación de las figuras parentales. Los jóvenes atraviesan cambios hormonales, cognitivos y sociales que los llevan a cuestionar normas y a explorar nuevos roles. En este contexto, la sobreprotección puede obstaculizar el desarrollo de habilidades de afrontamiento y resiliencia. Cebrián enfatiza que los padres deben ser ‘buenos maestros’ que guían sin imponer, que permiten el error y que están disponibles para dialogar cuando el adolescente lo requiera.
El rol de la comunicación estratégica
La comunicación, entonces, se convierte en una herramienta estratégica. No se trata de interrogar constantemente al hijo, sino de crear un clima de confianza y disponibilidad. ‘No tienes que obligarle a que te cuente nada, sino buscar espacios donde pueda comunicarse’, señala. Esto implica, por ejemplo, aprovechar momentos cotidianos como las comidas o los traslados para conversar de manera informal, sin la presión de una entrevista formal. La psicóloga también sugiere evitar los sermones y las respuestas impulsivas, y en su lugar optar por la escucha activa y la validación emocional.
Otro aspecto que resalta es la importancia de que los padres gestionen sus propios miedos. El temor a que los hijos sufran puede llevar a conductas controladoras que, a largo plazo, generan dependencia y baja autoestima. Cebrián insta a los adultos a reflexionar sobre sus propias ansiedades y a confiar en que los adolescentes son capaces de resolver problemas si se les brinda la oportunidad. ‘Tenemos que ser los mejores estrategas’, reitera, lo que implica planificar y anticipar sin invadir.
Implicancias sociales y educativas
Las declaraciones de Cebrián se enmarcan en un debate más amplio sobre los estilos de crianza contemporáneos. En las últimas décadas, diversos estudios han señalado un aumento de la sobreprotección parental, fenómeno conocido como ‘hiperparentalidad’ o ‘padres helicóptero’. Este estilo, caracterizado por una intervención excesiva en la vida de los hijos, se asocia con dificultades en la autonomía, ansiedad y baja tolerancia a la frustración en los jóvenes. La pandemia de COVID-19 acentuó estas dinámicas, al incrementar la dependencia de los adolescentes respecto de sus familias.
En el ámbito educativo, los especialistas coinciden en que la escuela debe complementar el trabajo de las familias, fomentando la autonomía y la resolución de conflictos. Sin embargo, la sobreprotección también se manifiesta en el ámbito escolar, con padres que intervienen en las calificaciones o en los conflictos entre compañeros. Cebrián aboga por un cambio de mentalidad: entender la adolescencia como un periodo de entrenamiento para la vida adulta, donde los errores son oportunidades de aprendizaje y no fracasos que deben evitarse a toda costa.
Desde una perspectiva cultural, la sociedad actual valora la protección infantil como un signo de buen parenting, pero a veces confunde protección con control. La línea entre acompañar y sofocar es delgada. Cebrián propone una parentalidad basada en la confianza, la comunicación y la gradualidad en la autonomía. Esto implica, por ejemplo, permitir que los adolescentes tomen decisiones sobre su tiempo libre, sus amistades o sus estudios, con el correspondiente acompañamiento y supervisión no intrusiva.
En términos de salud mental, la sobreprotección puede contribuir a la aparición de trastornos de ansiedad y depresión en los jóvenes, al no desarrollar habilidades para manejar el estrés y la adversidad. La psicóloga hace hincapié en que los padres deben estar atentos a las señales de alerta, pero sin confundir los altibajos normales de la adolescencia con patologías. La clave está en observar cambios drásticos en el comportamiento, el aislamiento o la caída del rendimiento escolar, y en ese caso buscar ayuda profesional.
Conclusión: educar para la autonomía
En síntesis, el mensaje de Pilar Cebrián es claro: la adolescencia es una etapa de aprendizaje mutuo en la que los padres deben equilibrar la presencia con la distancia, la protección con la confianza. Anticipar cada problema y resolverlo por los hijos les impide vivir experiencias formativas y construir sus propias herramientas. La comunicación estratégica, la tolerancia al conflicto y la aceptación de la imperfección son pilares para acompañar a los jóvenes en su camino hacia la adultez. Como ella misma señala, se trata de ser ‘buenos maestros’ y de asumir que la crianza no es un camino perfecto, sino un proceso lleno de aprendizajes compartidos.
Este artículo fue generado o asistido por inteligencia artificial dentro de un proyecto experimental de automatización de contenidos.
